‘Amazoniando’

Homero Carvalho Oliva*

La región amazónica de Bolivia abarca más de dos tercios del territorio nacional y forma parte, a través de sus afluentes, de la cuenca mayor del río Amazonas o río de las Amazonas, nombrado así por Francisco de Orellana en homenaje a las mujeres guerreras que encontraron en su expedición. 
Claudia Rodríguez Monarca, investigadora de la literatura amazónica, publicó en el Taller de letras de dicha universidad su ensayo Estrategias de reterritorialización en la poesía amazónica contemporánea, en el que señala: “Referirse a la poesía amazónica supone el reto de la delimitación de varios criterios que tienen que ver con coordenadas espaciales, temporales, estéticas, lingüísticas, sociohistóricas, culturales y nacionales. 
No obstante, un punto de confluencia desde las distintas regiones y países es que ha sido históricamente incomprendida y marginada por el centralismo de las grandes urbes. 
La propia antropología reconoce que desde el siglo XVIII la selva fue concebida, en términos generales, como una “región inepta para la civilización”, en contraste con la región de los Andes, al menos propicia para un eventual progreso o desarrollo. Margarita Serje (1999) ha señalado que “Allende la cordillera Oriental, la exuberante vegetación verde de la Amazonía era un territorio sin historia donde campeaba la ‘barbarie’, donde los hombres —aún los ‘racionales’— caían, sometidos por la ley de la selva, a la condición humana más abyecta o al imperio de los instintos”. 
Pineda Camacho (2005) lleva esta reflexión al ámbito literario al referirse a La vorágine, de José Eustasio Rivera, “cuando, en 1924, fue publicada La vorágine, los letrados bogotanos apenas pudieron comprenderla y fue leída como el eco de una naturaleza salvaje donde los hombres se contagiaban —en una especie de mimesis— de la misma condición salvaje”. 
Ésta fue la tónica, durante mucho tiempo, no sólo de los letrados y críticos colombianos; la literatura amazónica no existió a los ojos de la crítica oficial, vinculada a la academia y al canon, en ninguno de los países que afiataban sus literaturas nacionales. 
Este aspecto se ha ido revirtiendo gracias a la investigación generada en esos espacios, primero por antropólogos, como Stefano Varese y Hugo Niño, y luego por escritores amazónicos e investigadores, como los bolivianos Homero Carvalho y Nicomedes Suárez Araúz, los peruanos Manuel Marticorena, Ricardo Virhuez, Roger Rumrill, Raúl Bardales, María Chavarría y Manuel Cornejo; los colombianos Miguel Rocha Vivas, Beatriz Alzate, Juan Álvaro Echeverri, Roberto Pineda Camacho, Fernando Urbina y Juan Carlos Galeano, entre otros (…) El migrante, si bien necesita ese tiempo de la memoria, debe sentir que pisa tierra firme en el tiempo de lo cotidiano, que logra agenciarse en ese tercer espacio. 
El agenciamiento, no obstante, como etapa de culminación de la instalación en otro territorio, supone etapas de transición desde el trauma del desprendimiento y el desarraigo de su terruño, pero también de la ajenidad en el nuevo espacio”.
En este contexto se ubica la poesía de nuestro amigo Palmiro, lector de los clásicos de la literatura universal, latinoamericana y boliviana. 
Palmiro declara: “Ser hijos de la luz, a pesar de la obsesión del eclipse, implica la espectral ilusión del arcoíris —patria de todas las banderas— anunciando el cese de la lluvia”.
En el poema Riberalta: “Barranca Coloreada de inocencias/ Puerto la Cruz de dioses lejanos/ Ribera-alta de ilusiones inacabadas/ Riberalta sorprendente/ y almendrada sueño inconcluso de caucho y vigilia/ tus ubres repletas aguardan la audacia/ en tus montes. / Así te cristianaron/ los fundadores de tus calles”.
Y en La madre de mi padre, uno de los que más me agradan: 
“Abuela quería decirte/ que no defraudé tus consejos, / los seguí en todas sus letras, / no expuse mis pequeñas manos/ a la inmensidad de la selva, /a la bravura irreverente de los ríos/ que desafían el coraje de nuestra gente.
 /Opté por tu visionaria/ premonición de sabiduría:/
“Con esas maningas hijo/ a usted no le queda más remedio que estudiar”. / 
Eso hice abuela/ lo sigo haciendo para compensar/ la pequeñez de mis manos”.
En la lectura del poemario, los lectores descubrirán compromiso social, político y ecológico, sin descuidar el lado romántico y tierno de la vida, sencillamente porque un luchador revolucionario no podría serlo si no lleva en su corazón el latido de la humanidad. 
Los invito a recorrer la amazonía de la mano de Palmiro Soria, muchas gracias.

*Escritor, poeta y gestor cultural