Bolivia y el ocaso del imperio

Carlos Tony Sánchez *

Los imperios en la azarosa historia de la humanidad surgen, crecen, llegan a su apogeo, declinan y luego invariablemente desaparecen. Hoy, somos testigos del declive del imperio norteamericano. Acosado por otras superpotencias en la búsqueda de hegemonía mundial; debilitado en su discurso ideológico con el cual se hizo abanderado de la libertad y la democracia, sufre también en su patio interior, su backyard, o como gustan de llamarle peyorativamente, ‘patio trasero’, los embates de naciones latinoamericanas que se resisten al dominio imperial, esta vez y al parecer, para siempre. 

La estoica resistencia cubana y el surgimiento de regímenes democráticos populares en Latinoamérica como el Sandinismo nicaragüense, la revolución bolivariana en Venezuela, el ascenso del PT en Brasil, el Kirschnerismo argentino, el destacado liderazgo de Correa en Ecuador y por supuesto, la revolución democrática y cultural bajo el liderazgo del Pdte. Evo Morales Ayma en Bolivia (elegido sucesivamente en 2006, 2009 y 2015), han puesto en jaque la política de dominio estadounidense. 

No han sido suficientes, para el imperio, los cuantiosos fondos multimillonarios para financiar furibundas campañas mediáticas de desprestigio, ni maniobras políticas arteras (Rousseff, Lula) ni las burdas intrigas gestadas en Bolivia… ni aún la vil estrategia de esa trinidad maligna Bush, Obama y Trump, dotando recursos para la subversión terrorista de Gobiernos democráticamente elegidos, como en el caso de Bolivia (con los intentos tanto de magnicidio como de separatismo) y el actual doloroso trance venezolano.

 
“La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer”, decía el dramaturgo B. Brecht, y cuan pertinentes son estas palabras en un contexto en el que los señores imperiales, los señores de la guerra y sus vasallos locales, intentan sobrevivir a los tiempos. Asimismo, el pueblo latinoamericano, de centenarias y sangrientas luchas libertarias, no acaba de asumir plenamente su derecho a la libertad. Acosado por la inmensa y feroz serpiente herida del Norte, que se niega a morir, las naciones del Sur persisten tenazmente en el camino de la dignidad y la libre determinación de los pueblos.

 
Quizá esta lucha bicentenaria deba llegar a la cúspide, la batalla final, la madre de todas las batallas. Algunas la situarán en Venezuela, por los ingentes recursos petroleros y biodiversidad que posee y el permanente estado de subversión al régimen democráticamente elegido.

Otros, como yo, consideran que será Bolivia el corazón estratégico de América del Sur, donde se dirima esto. Un pequeño país, sólido y de gentes extremadamente resilientes al infortunio, en el cual no ha cuajado la idea capitalista del hombre unidimensional del que hablaba Marcuse, modelado para la sociedad de consumo; ni existen los hombres formados en un terreno ultra específico que se ciñan al esquema productivo sin cuestionarlo, tipificación marxista, inadecuada para describir al boliviano, rebelde hasta los huesos. 

El hombre no adoctrinado por la sociedad de consumo, el hombre boliviano, en el cual subyacen todavía —por sus fuertes raíces culturales— los valores comunitarios por encima de los individualistas, podría ser el virus que certifique ‘la muerte anunciada’ (usando la certera frase de ‘Gabo’) del imperialismo norteamericano. La realidad es que Bolivia ha permanecido incólume, mientras las otras democracias populistas caían más allá de sus fronteras. Su economía floreciente y los cambios estructurales internos (realzados por organismos como la ONU, UE, Unesco y otros) fueron acompañados por un liderazgo que ha sentado presencia internacional de un país ignoto hasta hace unos años y que ha puesto, por ejemplo, en el banquillo de La Haya a los representantes de la oligarquía chilena en busca de solución al problema marítimo de Bolivia con Chile; logró la declaratoria universal del ragua, como derecho de la humanidad y quizás el más notable —como paradigma socio-histórico— es la incorporación de 36 naciones a su Constitución como Estado Plurinacional, con los aspectos inherentes a ello, como la revolución en el campo educativo, la cual se constituyó en modelo alternativo para otros países. 

El manejo de la economía de igual manera, la recuperación de los Hidrocarburos a través de la renegociación de contratos con empresas transnacionales (habitualmente voraces) mostró una ruta a seguir por otras naciones que buscan su independencia económica. Sin embargo habrá que señalar que la debilidad de la emergente nación pluricultural es la corrupción interna que la aqueja. La corrupción de los cuadros partidarios en un pueblo emergente hecho gobierno, es una condición resultante de la transición de un Estado de cuasi-esclavitud y marginalidad al poder político y sus prerrogativas. 

La reversión de la condición de corrupción interna, en la Revolución Democrática y Cultural (por eso se llama así, revolución), será a través principalmente de la continuidad de las políticas de erradicación de la pobreza (1 millón de bolivianos han dejado el umbral de la extrema pobreza); de la aplicación severa de la ley (que las hay); del ejemplo del liderazgo (que lo tiene) y del fortalecimiento del Sistema Educativo Plurinacional (SEP) bajo el nuevo paradigma educativo, que está siendo aplicado básicamente a las nuevas generaciones, con valores universales e internacionalistas, como la libertad, la justicia, la honestidad, la solidaridad, la responsabilidad, el respeto y la igualdad. Y hacer de ellos, los valores hegemónicos que rijan esta sociedad andina-amazónica. 

Ciertamente, en un país —en desarrollo—, de ingentes riquezas y en el camino hacia la industrialización, el tema de corrupción conlleva una carga mayor interna (robar en un contexto de pobreza es inadmisible) que la soportada por los otros países de la región. Y este asunto, al presente y muy a pesar de los notables avances socio-económicos, se muestra como el ‘caballo de Troya’, que usan —con preferencia— los detractores de los regímenes populares. Está visto. Por el otro lado, la doctrina del Shock de Mr. Friedman, aplicada en el Chile socialista, ya ha medio siglo atrás y hoy en la República Bolivariana no pudo funcionar en Bolivia por las razones anotadas. El modelo pluricultural, el llamado socialismo comunitario, ha llegado a ser —a pesar de los obstáculos internos y la subversión financiada por el imperio— un ‘horizonte de época’, como certeramente lo señala el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera. 

La imposibilidad del sistema global capitalista para sostenerse es tal que la soberanía de las naciones del Sur decretará su extinción al no permitirle la sobreexplotación de los recursos naturales ya escasos en un mundo en crisis. Quizás entonces dados los logros obtenidos por la Bolivia del extraordinario líder indígena Evo Morales, el modelo socialista comunitario boliviano, devenga en el ‘modelo’ alternativo a adoptarse en el futuro por la comunidad de naciones latinoamericanas. 

Ya no es una utopía el hecho de que nuestra América tenga ‘la voz de continente’, (ese fue leit motiv del comandante Hugo Chávez), pero la concreción de esa voz en ‘la voz de pueblos dueños de su propio destino’, de la cual hablaba el mártir de la democracia socialista Salvador Allende, es una tarea que habrá de culminarse, no sin extremos sacrificios. Dependerá del resurgimiento de los movimientos sociales alrededor de la unidad latinoamericana y del Caribe y un liderazgo firme e idóneo, que esta última carta del pueblo latinoamericano para lograr su permanente libertad, como antaño de España, hoy de los EEUU, culmine con la Patria Grande que soñaron nuestros libertadores y los venturosos días que sembraron con su sangre, nuestros antepasados.

* Profesor universitario y escritor.