¿Es Israel un Estado tóxico?

Alejo Brignole *

Cualquier verdadero humanista estará de acuerdo en que el pueblo hebreo, esa entidad sociocultural y étnica llamada Israel, debe gozar de un territorio propio y vivir bajo un Estado-Nación que sirva de cobijo y referencia geográfica a un pueblo perseguido, segregado y aniquilado durante milenios.

Fue la Shoá u Holocausto perpetrado por Alemania durante el nazismo el que sirvió para concretar el viejo proyecto sionista de poseer una tierra, un espacio que diera cohesión territorial a un pueblo en la diáspora.

A partir de entonces, Israel tuvo la gran oportunidad de erigirse en un anhelado ejemplo de tolerancia entre los pueblos, de respeto a la dignidad humana y de la concordia como base fundamental para el progreso humano. Sin embargo Israel —sus políticos, gobernantes y los sectores religiosos más radicales— decidió perder para el mundo esta ocasión inmensa, bella y perdurable: decir nunca más a los genocidios, al odio racial y a la persecución de unos pueblos contra otros. 

Incluso haciendo un muy sencillo análisis histórico-político desde su fundación en 1948, el Estado de Israel no solamente reiteró con sus vecinos palestinos los crímenes aberrantes que padeció en los últimos dos mil años, sino que además copió algunas metodologías de sus verdugos alemanes. La terrible paradoja reside además en que muchos de aquellos judíos sionistas impulsores del nuevo Estado fueron los que padecieron en sus carnes los rigores del Auschwitz, Sobibor o Treblinka.

Tristemente, ello no bastó para abrazar con fuerza un humanismo a ultranza. Por el contrario, Israel fue perfilándose como una nación agresora, promotora de la tortura y del terrorismo de Estado. Con los años, Israel fue mutando en un Estado peligrosamente militarista que abandonó el concepto de su legítima defensa y puso su aparato bélico al servicio de su propio lebensraum, aquel espacio vital que los nazis buscaban hacia el Este europeo y que concluyó con el Holocausto de 6 millones de judíos polacos, alemanes, checoslovacos y de muchas otras nacionalidades.

Esa ambición expansionista alemana que Israel supo replicar en su ideología y en sus métodos hoy la padece el pueblo palestino, obligado a una convivencia atroz con un Estado que margina y arrasa a sus vecinos. Que los reduce a ghettos como la Franja de Gaza y los presiona instalando asentamientos de colonos ilegales que avanzan sobre un territorio palestino establecido y reconocido por la Resolución 181 de la ONU de 1947, entre otros protocolos.

Curiosamente, aquellos que critican los crímenes contra la humanidad que Israel perpetra casi a diario son inmediatamente acusados de antisemitismo. Acusación aplicada también a los defienden la idea de un Estado de Israel autónomo y soberano. Bajo este endeble escudo dialéctico, Israel justifica sus horrores y renueva así el pathos que el mundo debe erradicar y cuyo epítome fue aquel Holocausto de la II Guerra Mundial.

En 2002, el premio Nobel de Literatura el portugués José Saramago fue considerado persona non grata en Israel, por comparar la política israelí contra los palestinos con el campo de exterminio de Auschwitz. En respuesta a la reflexión del escritor, el Estado de Israel decidió censurarlo retirando todos sus libros a la venta en el país.

Teniendo en cuenta el ideario político y moral del autor portugués fallecido en 2010, reflejado además en toda su obra y en su pensamiento escrito (siempre en defensa de un humanismo a ultranza), difícilmente podemos acusar a Saramago de antisemita o con vestigios de cualquier postura racista o contraria a los valores humanos más universales.

Mucho antes de este episodio, el escritor italiano Primo Levi —sobreviviente de la Shoá y en cuya obra narra todo aquel horror— se fue distanciando política y emocionalmente del nuevo Estado de Israel por considerar que su deriva filosófica y política contradecía todo lo que él defendía: la tolerancia y el diálogo como punto de partida para una construcción civilizatoria.

La creciente brutalidad del terrorismo de Estado aplicado contra los palestinos produjo también severas grietas internas en el propio Ejército israelí. Muchos objetores de conciencia (también patriotas y amantes de un Israel soberano) comprendieron que algunas prácticas eran claramente genocidas y de lesa humanidad. Este movimiento denominado Omat LeSarev (Valor Para Negarse), también conocido como Refúsenik, aglutina a oficiales, pilotos militares y efectivos varios, que rehúsan ser parte de una guerra de expansión colonial, de matanzas sistemáticas y vulneraciones metodológicas de la dignidad humana. Al respecto, resulta imprescindible la lectura del libro Rompiendo Filas - Negarse a Servir en Gaza y Cisjordania, escrito por la periodista israelí Ronit Chacham, en el que reúne testimonios de soldados y oficiales de rango que repudian el giro fascista de su país.

Pero también en el campo diplomático Israel avanza por fuera del derecho internacional, siempre con la anuencia y el apoyo de Estados Unidos, al cual le debe su supremacía militar y estratégica (siempre a cambio de defender y sostener los intereses de Washington en Oriente Próximo).

Días pasados, Donald Trump reconoció oficialmente a Jerusalén como capital israelí y aseguró que EEUU trasladaría allí su Embajada. Acto seguido, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, propuso unilateralmente trasladar las embajadas internacionales a Jerusalén, cuando en realidad la ciudad goza de un estatus tutelado por las Naciones Unidas establecido por la Resolución 181 ya señalada y los Acuerdos de Camp David de 1978, bajo el auspicio de la Administración Carter (1977-1981), por ser una ciudad santa para las tres grandes religiones monoteístas. Al igual que la comunidad judía, el Islam y la fe católica tienen allí sus lugares más sagrados.

Con esta maniobra, Washington intenta legitimar lo que aún está en disputa diplomática y sujeto a resoluciones de la ONU, que no reconoce la soberanía de ningún Estado sobre la parte Oriental de la ciudad. Cuando Israel se anexionó formalmente en 1980 la parte Este de la Ciudad Santa después de haberla ocupado en la guerra de 1967, las representaciones diplomáticas establecidas en Jerusalén  —de las cuales 12 eran latinoamericanas— obedecieron la Resolución 478 del Consejo de Seguridad de la ONU y se fueron de allí. Hoy Washington promueve el camino contrario e incurre en una de sus muchas violaciones a los mandatos de la ONU.

Apenas siete países votaron a favor de la irresponsable propuesta de Trump el jueves 21 de diciembre en la Asamblea General de la ONU. Hubo en cambio 128 naciones que repudiaron la invitación de Trump, mientras que 35 se abstuvieron y otras 21 no ejercieron su voto. Y todo ello bajo las amenazas de Donald Trump de castigar a los que se pronunciaran en contra de las intenciones de Washington. Al respecto, el presidente Evo Morales escribió en Twitter: “Trump quisiera tener Estados sumisos, sin embargo, con los resultados de esta votación sobre Palestina en Naciones Unidas, tenemos Estados soberanos que representan a sus pueblos con dignidad e identidad. ¡Que viva la liberación de los pueblos del mundo!”.

Por fortuna, esas 128 naciones demostraron que el peso de la hegemonía estadounidense se encuentra en clara decadencia y que Israel es identificado, cada vez más, como un Estado tóxico para la convivencia internacional.

* Escritor y periodista