Herbert Marcuse, el filósofo de la dominación tecnocrática

[Espacio de Formación Política]

Por Alejo Brignole

Surgido como uno de los intelectuales de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse no solamente diseccionó los mecanismos de las sociedades industriales avanzadas, ya fuesen capitalistas o de la esfera soviética, sino que además pensó al hombre inserto en tales esquemas, sujeto a dominaciones propias de la tecnificación, la producción y el consumo. Y aunque Karl Marx ya había explicado tales interrelaciones, Marcuse las amplió en un contexto histórico más allá de lo imaginado por Marx en sus escritos. Tal fue la influencia de este pensador político y social durante la década de 1960 (de gran efervescencia revolucionaria, debido en parte al faro doctrinal y la proyección histórica dimanada de la Revolución Cubana) que en los círculos intelectuales y políticos se llegó a hablar de ‘Las 3 M’: Marx, Mao y Marcuse.

Nacido en Berlín en 1898, le tocó luchar en la Gran Guerra de 1914. Terminado el conflicto, completó sus estudios de Filosofía en la Universidad de Friburgo, de donde se doctoró en 1922. En esos años primerizos admiraba a Martin Heidegger por su filosofía anclada a lo concreto y sin herméticas abstracciones. Algo que más tarde también caracterizará al pensamiento escrito del propio Marcuse. Pero la adhesión de Heidegger al emergente partido nazi durante los primeros años de Hitler terminó por distanciar a Marcuse de los postulados de aquél. El mismo Marcuse debió exiliarse de Alemania en 1934 por su doble condición de judío y marxista. Luego de algunos períodos en Suiza y Francia viajó a los Estados Unidos, donde continuó investigando con sus colegas de la Escuela de Frankfurt, que trasplantada a las universidades norteamericanas siguió con sus investigaciones sociales.

Considerado como el fundador o el padre de la Nueva Izquierda —méritos que él siempre negó o rechazó—, Herbert Marcuse fue y sigue siendo un pensador indispensable dentro del debate marxista de entreguerras y de la sociedad industrial avanzada.

En sus escritos, Karl Marx había pronosticado la crisis terminal del capitalismo debido a sus propias dinámicas (algo que ahora nos parece evidente), y muchos marxistas vieron en la crisis bursátil de 1929 un signo claro de esa decadencia, después de lo cual surgiría una sociedad socialista liberada de las imposiciones propias del esquema productivo capitalista. Sin embargo, lo que surgió luego de estas debacles económicas no fueron nuevas sociedades asentadas en el gobierno del proletariado, sino los fascismos alemanes e italiano, además del español, entre otros. Es decir, un tipo de Estado totalitario, vertical y con un modelo de organización humana y de producción industrial esencialmente capitalista.

Esta comprobación desalentó a muchos marxistas que llegaron incluso a abjurar de las tesis marxistas o a restarles validez.
Herbert Marcuse y otros integrantes de la Escuela de Frankfurt —como Theodor Adorno o Max Horkheimer— vieron en cambio la necesidad de organizar un sistema crítico del marxismo, pero no para impugnarlo, sino para adecuarlo e investigar sus derivaciones en un contexto complejo como el del siglo XX. Esta nueva línea interpretativa (lo que se denominó Teoría Crítica) tuvo derivaciones históricas relevantes que influyeron en procesos como el Mayo Francés y la Primavera de Praga (ambos de 1968), y la búsqueda de un socialismo con rostro humano alejado del totalitarismo soviético, que comenzó a ser criticado desde los propios círculos marxistas más vanguardistas.

Estas eclosiones renovadoras tuvieron en las ideas de Marcuse un sillar fundamental. A tal punto que sorprendió al propio Marcuse, que era ya un teórico anciano y se consideraba a sí mismo como un académico e intelectual sin ecos multitudinarios. El Mayo Francés catapultaría a Marcuse como un referente mundial de la nueva izquierda marxista crítica, poseedor de una mirada mucho más incisiva sobre aspectos hasta entonces poco reflexionados, o al menos reflexionados bajo una luz distinta. 

Marcuse amplió —digámoslo así— algunos aspectos de la teoría marxista y los analizó bajo la lupa de la alta tecnificación que caracterizó al capitalismo del siglo XX. Marcuse teorizó con gran profundidad las relaciones entre el hombre y la tecnología, y entre ésta y las formas ocultas de alienación que guarda su aplicación y uso. Luego de Marx, Marcuse supo reflexionar —quizás como nadie— sobre las estrechas relaciones entre la dominación tecnocrática y la democracia burguesa capitalista como vehículo de aquella dominación, no siempre notoria y hasta sutil.

Cuando Herbert Marcuse señala en su libro El hombre unidimensional, publicado en 1964 y calificado como el libro más subversivo del siglo XX, que “la dominación tiene su propia estética, y la dominación democrática tiene una estética democrática”, lo que estaba marcando era el carácter oculto de la alienación capitalista que se sirve de la tecnología como vía de sometimiento, mutilando al hombre en una sola dimensión regida por el consumo y la producción, junto con las necesidades ficticias que ésta crea. Para Marcuse, este hombre unidimensional relega lo que él llama “las necesidades transmateriales propias del ser humano” y se convierte en un individuo enajenado por su trabajo y las demandas generadas en el esquema capitalista destinadas a mantener la producción industrial. Sobre ello señala: “El aparato impone sus exigencias económicas y políticas para expansión y defensa sobre el tiempo de trabajo y el tiempo libre, sobre la cultura material e intelectual. En virtud de la manera en que ha organizado su base tecnológica, la sociedad industrial contemporánea tiende a ser totalitaria.”

En 1967 escribió un prefacio para la edición francesa de esta obra, en el que afirma: “Es preciso despertar y organizar la solidaridad en tanto que necesidad biológica de mantenerse unidos contra la brutalidad y la explotación inhumanas. Ésta es la tarea. Comienza con la educación de la conciencia, el saber, la observación y el sentimiento que aprehende lo que sucede: el crimen contra la humanidad.”

Aquí Marcuse (tengamos en cuenta que el prefacio es de 1967), cuando menciona al “crimen contra la humanidad”, se estaba refiriendo entre otras cosas a la Guerra de Vietnam, que era el conflicto cuestionado por entonces. Hoy de nuevo sus palabras resultan de una actualidad abrumadora por simple analogía. Lo que sucede actualmente con las guerras preventivas y el atropello militarista que vive el mundo del siglo XXI no son más que extensiones aumentadas de aquellos retrocesos que señalaba el filósofo.

Más adelante, en el mismo prefacio, Marcuse nos dice: “Una vez más, la enajenación de la totalidad absorbe las enajenaciones particulares y convierte a los crímenes contra la humanidad en una empresa racional.”

Esta empresa racional es la que observamos bajo la forma de tortura, la acumulación capitalista mediante el expolio de los pueblos y el atentado contra la naturaleza. Un crimen contra la humanidad que se ha convertido —como propone este pensador—en una empresa racional y aceptable para una sociedad enferma.

Para introducirse en el pensamiento de Herbert Marcuse, véanse entre otras obras: Eros y Civilización (1955). El hombre unidimensional - Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada (1964), Ed. Ariel 1987; La Sociedad Industrial y el Marxismo, Ed. Quintanaria (1968).