Destrucción hispánica de los códices mayas

Por Alejo Brignole

Desde hace algunas décadas tenemos la imagen de una España moderna y plenamente inserta en una Europa rica y unida. Sin embargo, en los hechos, España nunca dejó de ser esa entidad que describe la llamada Leyenda Negra y que nos relata un país castigado por el trauma del hambre endémica (hasta el siglo XX), enfrentado socialmente y despreciado por sus vecinos europeos, que vieron siempre en España a una nación africanoide, culturalmente exótica y racialmente inferior.

Si nos detuviéramos a investigar la historia peninsular en sus diversas épocas desde la unificación de las coronas de Castilla y Aragón o bien desde 1492 (año de la expulsión de los judíos y del primer viaje de Colón), veremos que ciertos parámetros culturales y políticos fueron una constante en su decurso. La conquista de América fue una sucesión de actos bárbaros, propios de una nación que a fines del siglo XV aún vivía en la época feudal, mientras que en el resto de Europa irrumpía el Renacimiento, lleno de nuevas ideas y cosmovisiones que darían paso a la modernidad.

Una de las expresiones reaccionarias más paradigmática en la oscurantista sociedad hispánica fue sin dudas la Inquisición. Las torturas, autos de fe y persecuciones heréticas alcanzaron un grado acorde al fanatismo religioso que la propia corona española legitimaba bajo su gobierno.

Para darnos una idea aproximada del sistema sangriento en que se sustentaban las monarquías españolas, señalemos el auto de fe que tuvo lugar en la Plaza Mayor de Madrid el 30 de junio de 1680, bajo el reinado de Carlos II, cuyo gobierno estuvo sometido a la influencia eclesiástica e inquisitorial. Allí fueron quemadas vivas 39 personas acusadas de prácticas heréticas, hechicería, etc. Creencias, por otra parte, enraizadas en una profunda cosmovisión medieval totalmente divorciada de las nuevas corrientes científicas y renovadoras que estaban cambiando a Europa en ese siglo XVII.

Analizar incluso la arquitectura peninsular del Renacimiento (siglo XV y XVI) nos puede dar una pauta del espíritu austero y castrante que impregnaba a toda la sociedad española. Y si en Italia, Alemania o Francia se construían palacios de unas líneas deslumbrantes, en España se erigían macizos castillos al uso medieval en pleno Renacimiento o residencias fúnebres como el Monasterio de San Lorenzo del Escorial, quizás la expresión edilicia y política más representativa de la psique colectiva hispánica. Allí residía el monarca, rodeado de muertos y clérigo fanáticos.

Sin dudas estos factores idiosincráticos aún perduran en la sociedad española de manera acechante y afloran cíclicamente. La Guerra Civil de 1936 fue una eclosión de este espíritu nunca superado. El autoritarismo corrupto y económicamente genocida del Gobierno actual del presidente Rajoy son facetas de una misma realidad, de una Leyenda Negra que prevalece en el espíritu colectivo y lo condiciona siglo tras siglo.

Una de estas atroces manifestaciones fue otro auto de fe llevado a cabo en Maní, en Yucatán (actual México), en la noche del 12 de julio 1562 por el obispo español Diego de Landa. En ese acto religioso punitivo (que era una instancia ceremonial de purificación aplicada por la Santa Inquisición), el poder eclesial y secular español destruyó casi la totalidad del legado escrito de la cultura maya contenido en unos códex, o textos hechos con papel de corteza de árbol, cuya calidad y durabilidad era superior a los papiros construidos por el Egipto de los faraones.

En estos códices estaba registrado mediante glifos figurativos todo el saber religioso, astronómico, científico y social de los antiguos mayas. 
El obispo Diego de Landa describiría los códex en su obra titulada Relación de las Cosas de Yucatán, escrita en torno a 1566: “unos libros de hojas a su modo encuadernados o plegados, en que tenían los indios sabios la distribución de sus tiempos, y conocimiento de plantas y animales, y otras cosas naturales, y sus antiguallas; cosa de grande curiosidad y diligencia. Pareciole a un doctrinero que todo aquello debía de ser hechizos y arte mágica, y porfió que se habían de quemar, y quemáronse aquellos libros”.

Los antecedentes históricos de aquel criminal acto de genocidio cultural podemos hallarlos en el viaje que el franciscano Diego de Landa hizo hasta la población de Maní en 1558 para formar un tribunal religioso que quedaría finalmente bajo jurisdicción inquisitorial.

En la localidad yucateca organizaría cuatro años más tarde los interrogatorios y torturas con que procuraban la confesión de apostasía de los indígenas. Los naturales fueron quemados con grandes velas en el pecho, la espalda y las piernas, o colgados de las manos atadas por detrás y con pesos en los pies. Desgarrados con pinzas o desollados mediante flagelación, dando también lugar a los abusos propios de una supremacía masculina altamente represiva y sistémica, como lo demuestra otro fragmento de la obra del obispo franciscano, que señala: “(…) en este mismo pueblo y en otro que se dice Verey, a dos leguas de él, ahorcaron a dos indias, una doncella (soltera) y otra casada, no porque tuvieran culpa sino porque eran muy hermosas (…) de estas dos hay mucha memoria entre indios y españoles por su gran hermosura y por la crueldad con que las mataron.”

Estas actuaciones, lejos de ser aisladas o excepcionales, formaban parte de un corpus administrativo y legal español pensado para someter a los pueblos originarios mesoamericanos y de todas las tierras conquistadas. Este carácter genocida no tuvo solamente un correlato demográfico, de exterminio físico, sino también —y principalmente— cultural y religioso, aunque ambas planificaciones fueron tan ineficientes como el propio imperio y fracasaron en sus propósitos. El poder español ni siquiera eliminó las lenguas originarias que hoy hablan amplios sectores sociales en América Latina. El quechua, el aymara, el guaraní o el nahuátl en México son la expresión viva de una resistencia triunfante.

Con el pretexto de civilizar, la hegemonía hispánica impuso una cultura que no era superior, sino apenas en el dominio de las armas de fuego, en la metalurgia y en la navegación.

Y si la argumentación civilizatoria se autojustificaba en los sacrificios humanos de las culturas aztecas, mexicas o totonacas, entre otras; en España se quemaban herejes, empalaban a mujeres acusadas de herejía, vertían agua hirviendo en la boca de sospechosas de tratos demoníacos o aserraban el cuerpo vivo de disidentes al poder eclesial o civil. La civilización era entendida, pues, bajo una mirada unilateral que prescindía de un análisis ontológico riguroso. Los civilizadores eran en realidad mucho más primitivos y brutales desde esta perspectiva ontológica y cultural. Por la misma razón fueron históricamente condenados por los humanistas ulteriores que analizaron la conquista y fueron dando forma a una acertada Leyenda Negra hispánica.

Obediente a esta matriz cultural represiva y carente de todo apetito progresista, el obispo Diego de Landa ordenó el 12 de julio de 1562 que fueran destruidos en la hoguera cinco mil ídolos y objetos sagrados, entre ellos 13 altares de piedra y 197 vasijas con motivos ceremoniales o costumbristas, además de los códices mayas y 27 rollos con dibujos y glifos.

Fue entre esas cenizas que se perdió para siempre una parte fundamental de la narración histórica precolombina, antes de la retrógrada noche surgida de España.