ALASITA Y EL EKEKO

 

Como Wirakocha te ha dado el arte del color yo te doy el arte de la suerte. De ahora en adelante serás el padre del Ekeko y él distribuirá los sueños...

Carlos F. Toranzos Soria*

Nos han hecho creer que el Ekeko es dios de la abundancia y de la suerte, y en su honor se organiza la Alasita.
Pues bien, vale la pena aclarar esto y dejarlo bien sentado. El Ekeko es un artesano, vendedor de todo, incluidas las ilusiones, los sueños y la Alasita, era el taller donde él trabajaba.
Era un día de esos, medio lluvioso y gris, aunque con sol y un cielo que demostraba que, una vez que se iba la nube, soltaba su azul profundo. Sus jaspes blancos y sus arcoíris no eran novedad.
Este artesano estaba sentado esperando que se disipe un poco la llovizna para seguir con un proyecto grande: el de construir un baúl que contuviera no sólo los objetos de utilidad, sino sueños que se harían realidad con la sola palabra de manifestarlo. Quiero un viaje, y zas, la maleta y los pasajes arreglados. Quiero una casa, zas, la casa hecha allá donde tú quisieras, y así sucesivamente. Había trabajado ya muchos años con la idea y había logrado poner en su baúl muchas cosas, pero faltaban muchas más. 
Miró el cielo ahora azul con copos de blancos gigantes entrelazando sus lenguas en abrazos. Entonces pensó que sería útil poner en el baúl también ese cielo azul y el arco iris que ahora se aparecía sobre las montañas.
Reprodujo en su papelito de diseño el arcoíris, no estaba satisfecho. Los colores no eran como los veía. Miró otra vez el cielo y vio que el arcoíris hacía gestos como que lo llamara. 
Se frotó los ojos, por supuesto no podía creer que un arcoíris lo llamara; qué absurdo más grande y ridículo encuentro sería. Sonrió y manos a la obra, mezcló blanco con rojo para hacer un rosa, un azul con verde para un amarillo, un rojo profundo, con el azul. En eso estaba, volvió a mirar el cielo y en su puerta estaba el arcoíris.
¡No puede ser! Se dijo. Miró su papelito y estaba tan blanco como al principio. No sabía que había pasado, vio cómo sus pinturas ¡estaban ahora vacías! 
Se asustó y rápidamente salió por la puerta. El color de su casa había cambiado, era como un cielo azul con nubes blancas y de su ventana salía un arcoíris con todos los colores. El artesano se puso de rodillas y sin querer abrir los ojos dijo en voz alta ¡Sólo quería dibujarte para tenerte siempre en nuestros sueños! El arcoíris lo envolvió completamente y se lo llevó al otro lado de la montaña. El artesano no podía creer lo que le pasaba, estaba volando, tocando las nubes, viendo el azul de ese cielo y su cuerpo era de colores, millones de colores. Su susto se fue perdiendo al encontrar tanta belleza. Lo que ahora tenía era una curiosidad infinita. ¿Por qué él? Era un artesano, vendía miniaturas, las reproducía para que todos pudieran soñar. 
¿Qué había pasado? ¿Qué pasaría con su Alasita? Su hermoso taller de miniaturas. Todo parecía tener un lugar ahora, no sentía miedo ni pena, sólo preguntas.
De pronto el arcoíris se convirtió en una mujer, los colores eran sus cabellos y sus ojos eran negros como la noche. Sus dientes blancos como las nubes, sus manos como la caricia de una brisa. La miró sin saber quién era ni cómo es que estuviera ahí. Sin atinar palabra, sólo mirándola, tocó su mano tibia y fresca. El arcoíris, le dijo en voz quedada y pausada. ¡Te has atrevido a imitar mis colores y te has atrevido a imitar mis cabellos! 
-Mana, mana warmisituy, mana (no, no mujercita, no) Yo sólo quería poner en un papelito para ponerlo en mi baúl de sueños. No era mi intención imitarte ni mucho menos. Wirakocha es mi testigo. Yo soy un artesano y vendedor de sueños, jamás imitaría tus colores, jamás lograría tener esa belleza de mezclas, es más traté y al ver que no podía me puse triste. -Eso es, dijo el arcoíris, has logrado con las mezclas hacer la magia que sólo Mama Ojllo sabía. ¿Quién te ha enseñado? ¿Cómo es que has logrado hacer el rojo y el amarillo y el verde, mis colores favoritos, tan perfectos, el amarillo y el morado y el azul y el rosa y el magenta, todos mis colores, cómo? ¿Quién te dio ese permiso?
- No lo sé, dijo el artesano, lo prometo no lo sé
En eso se oyó una risa suave y quieta, tranquila y hermosa. Era Wirakocha.
Arcoíris, le dijo, yo le he dado la magia de tus colores porque así mis hijos, mis hijas y los hijos y las hijas del dios Inti y de la diosa Killa podrán también tenerte entre sus reliquias. Podrán contarte entre sus colores y podrán soñar contigo.
Arcoíris agradeció a Tata Wirakocha y le pidió que perdonara su arrogancia de querer ser la única dueña de los colores. Que ahora se sentía más llena y más feliz de compartir y hacer parte de esa felicidad a los hijos de Inti y Killa. Se acercó al artesano y le dijo:
Como Wirakocha te ha dado el arte del color, yo te doy el arte de la suerte. De ahora en adelante serás el padre del Ekeko y él distribuirá los sueños y la felicidad, además como otra virtud, le daré la que sea el dios de la abundancia, la felicidad y la fertilidad. Miró a Wirakocha, él asintió y añadió. 
-Desde ahora todo quien salude al Ekeko con afecto y alegría, todo quien le respete, será bendecido por nosotros.
Arcoíris tomó la mano del artesano y se lo llevó de vuelta a su Alasita. Llegando al taller, le dio un beso en la frente y puso el Ekeko en sus manos.
Es así como nació el Ekeko, a quien los artesanos de Alasita lo hacen sonriente y construyen, en miniaturas, viajes, casas, comidas, sueños y alegrías. 
Sus ojos grandes y sonrientes siempre miran al cielo. Si con mucho cuidado le miras los ojos bajo la luz del sol, descubrirás que en sus ojos hay un arcoíris y en él verás el pelo de colores de la diosa.

*Docente emérito de la Universidad Anglia Ruskin, en Cambridge, Reino Unido