Víctor Heredia, el canto, la lucha y la paz

[Espacio de Formación Política]

Por Alejo Brignole

Cierta vez un periodista argentino le preguntó a un colega boliviano si conocía a Víctor Heredia. Ante la respuesta negativa, el primero comenzó a cantar una canción titulada Aquellos Soldaditos de Plomo. Entonces el periodista boliviano respondió… ¡Sí, lo conozco! Y comenzaron a cantar a dúo.

Sin dudas, la anécdota refleja de manera sutil la gloria más grande a la que puede aspirar cualquier artista, que es pertenecer al acervo profundo de un pueblo y que sus obras trasciendan la identidad individual del creador. En ello consiste la inmortalidad y en ese abrazo anónimo de millones adquiere su forma.

Víctor Heredia, que nació en Buenos Aires el 24 de enero de 1947, ya forma parte del Parnaso cultural latinoamericano relacionado con la música, habitado por otros ilustres autores vivos y otros ya idos en su terrenalidad. Un Olimpo al que ya ascendieron los chilenos Víctor Jara o Violeta Parra, y los argentinos Mercedes Sosa o Atahualpa Yupanqui, entre otros. O los uruguayos Daniel Viglietti o Alfredo Zitarrosa. Sin obviar, por supuesto, a nuestro combativo Nilo Soruco.

Por fortuna, Heredia sigue en los escenarios mundanos y pertenece a la maravillosa generación de cantautores que dieron testimonio de las luchas latinoamericanas del último medio siglo, igual que los cubanos Silvio Rodríguez o Pablo Milanés y los brasileños Chico Buarque, Maria Bethânia o Caetano Veloso. Ellos representaron —representan— una forma de resistencia social y cultural que es, después de todo, la única capaz de ganar batallas con victorias perdurables. León Gieco, otro grande resistente de la música popular argentina, dirá en una de sus canciones: La cultura es la sonrisa con fuerzas milenarias / ella espera mal herida, prohibida o sepultada / a que venga el señor tiempo y le ilumine otra vez el alma.

El geist de una sociedad, el alma de un pueblo de la que nos hablara Hegel en su filosofía, sin dudas le debe a la música uno de sus mayores cimientos y a artistas como Víctor Heredia su argamasa más poderosa.

Este cantante hizo su debut en la ciudad de Córdoba, en Argentina, en 1967, en el escenario del Festival de Cosquín, cuando contaba con 19 años. El Viejo Matías, una balada triste con una épica derrotada y de hondo contenido social fue su primer gran éxito. Compuesta en 1970, vendió 13.000 copias sólo en su primer día de salir al mercado.

Desde entonces la carrera de Heredia fue un constante camino a la consagración. De ascendencia francesa (su apellido paterno es Cournou) e indígena (su abuela materna pertenecía a la etnia capayán del noroeste argentino, hoy ya extinta y culturalmente olvidada), Víctor vivió con exilio y pérdidas familiares los convulsos años de plomo de la historia argentina. Padeció persecución y censura durante la dictadura militar iniciada en 1976 con el auspicio de Washington. La Junta Militar que asoló el país secuestró a su hermana, María Cristina Cournou, junto a su esposo Nicolás en 1976. María estaba embarazada de cinco meses y hoy continúa desaparecida.

Este episodio reafirmó indefectiblemente las posiciones ideológicas del cantante que nunca abandonará y que le servirán como plataforma creativa para sus más grandes canciones, como Sobreviviendo y Todavía Cantamos, entre otras. Su propio padre era socialista y él abrevó de esas convicciones desde temprano, declarándose admirador del poeta chileno Pablo Neruda, a quien leyó con entusiasmo desde la adolescencia y al que le dedicó en 1974 un trabajo musical con sus poemas Víctor Heredia Canta Pablo Neruda.

Tal como Neruda, en su juventud, Víctor Heredia militó en el Partido Comunista, pero posteriormente elaboró una posición crítica y se apartó del PC por entender que el comunismo argentino adoptaba un papel pasivo y funcional a la dictadura militar.

Inmerso de lleno en la lucha cultural contra el legado genocida, estrechó sus vínculos con las organizaciones que presentaron cara al poder militar y apoyó a las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo, y también a organismos reivindicadores de los pueblos originarios.

Vendedor de millones de copias a lo largo de su carrera, el éxito temprano no significó un desvío existencial ni hedonista para el joven músico, sino un fuerte impulso en su humanismo combativo. Heredia es esa clase de artistas que mantienen una coherencia estética y a la vez que humana e ideológica a lo largo de los años y hacen de ello una marca indeleble, una impronta que sirve de guía para millones de seguidores aferrados a un referente cultural de lucha, pero también de inspiradora belleza.

Por supuesto, tal continuidad y prerrogativas no significaron que el camino artístico de este músico haya sido placenteramente llano. Por el contrario, en su medio siglo de permanencia no han faltado los debates políticos, los distanciamientos e incluso las traiciones políticas desde una izquierda no siempre coherente. Una izquierda que a veces aprovechó el humanismo desinteresado de un artista comprometido con su tiempo para obtener resultados alejados de las verdaderas luchas de nuestro continente. En este sentido, Víctor Heredia fue siempre respetado por su entrega sin fisuras a las mejores causas de la realidad latinoamericana.

Artista completo, al igual que Chico Buarque incursionó en la literatura y es autor de varias novelas que tuvieron muy buena crítica y aceptación: Alguien Aquí Conmigo, de 2004, y la posterior Rincón del Diablo, editada en 2006. Más tarde publicaría Los Perros, que fue finalista del Premio de Novela Emecé 2011. Igualmente la obra Mera Vida fue elegida como finalista del Premio Planeta de Novela 2006. Además, publicó un ensayo sobre música latinoamericana en 2008, titulado La Canción Verdadera.

Galardonado con variedad de premios (entre ellos en el Festival de Viña del Mar en cuatro ocasiones y el Premio Konex en dos oportunidades), Heredia fue un perfecto embajador latinoamericano allí donde ha sido convocado a cantar. Siempre combinando una impecable estética musical con sus ideas de profundos valores humanos. Algo —por otra parte— reconocido por quienes le acompañaron personalmente. La humildad y la horizontalidad de su carácter, a pesar de su enorme fama y talento, le han granjeado el amor de prácticamente todos sus contemporáneos en el ambiente musical.

En un mundo que se intuye en franco retroceso humanista para las generaciones futuras, el vínculo de los artistas con su pueblo y sus legados creativos significa un reaseguro moral, a la vez que lúcido. Un lugar donde volver la mirada y tomar apuntes sobre cómo debemos construir lo que nos dicta la imaginación para un futuro colectivo mejor. Sin dudas, las canciones de Víctor Heredia forman parte de ese catálogo bienhechor.

Sus verdades y bellas defensas de lo humano yacen enquistadas en nuestros pensamientos, en nuestras reflexiones y en nuestros combates cotidianos. Casi como una banda de sonido interna que fue escrita y cantada por éste y otros grandes de la cultura. La poética de Víctor Heredia fue convirtiéndose así, lenta pero seguramente, en la savia indispensable para continuar sobreviviendo —y avanzando— contra los detractores del género humano.