Nicanor y Violeta, Violeta y Nicanor

Violeta y Nicanor

Aitor Arjol*

El martes 23 de enero de 2018 fallecía Nicanor Parra a los 103 años de edad. Un alma ya centenaria y una de las grandes voces de la literatura hispanoamericana del siglo XX.
De igual forma se sucedieron los titulares más o menos grandilocuentes en torno a la figura del académico, poeta, artista y físico chileno, así como hermano mayor de una familia de artistas, de entre la que deseo nombrar esta vez a su hermana Violeta Parra.
El gran hombre detrás de tantos poemas, antipoemas y artefactos había fallecido en la Reina, su hogar cercano a Santiago de Chile, si bien en los últimos tiempos había residido en una casa frente al mar en Las Cruces, como si el océano Pacífico hubiera absorbido gran parte de sabiduría en forma de olas lentas y pausadas.
Tal y como fuera su deseo, Nicanor también fue enterrado como los marineros, con el pie en tierra, y relativamente cerca de las tumbas de Neruda y Huidobro. Una ceremonia próxima y sencilla, aunque tampoco estuviera exenta de alguna polémica particular a la que nos acostumbran los usuarios comunes en las redes sociales, estos últimos más bien enredados en discusiones descalificadoras y de carácter político allí donde únicamente se debiera hablar de la muerte del poeta.
El caso es que Nicanor había partido en busca de su hermana Violeta Parra, quien a su vez falleciera el 5 de febrero de 1967 en las circunstancias que ya conocemos. Dos hermanos en quienes la relación de afecto, confraternidad, consejo y cierta estela no fuera producto de la simple casualidad.
Efectivamente, Nicanor había ejercido como padre, amigo, referencia y amortiguamiento del fuerte carácter de su hermana Violeta, El antipoeta lo señalaba en una entrevista en “dos sesiones, grabadas los días 3 de agosto de 1989 y 2 de mayo de 1990, en la casa (…) En el sector oriente de Santiago, en La Reina Alta”, que le hiciera el profesor y crítico literario Leónidas Morales. 
Nicanor, que estaba “vestido de poncho largo”, hacía un recuento de tales y otros aspectos relacionados con Violeta Parra: algunos recuerdos de la infancia, el campo, el interés por la música, el día que ella llegó a Santiago de Chile con una mano delante y otra detrás, así como algunas circunstancias que rodearon su muerte en 1967.
“Estábamos aquí en una terracita, frente a la quebrada. Yo la tenía invitada a almorzar, el día sábado. Ella el martes partía a Europa, vía Buenos Aires. Se iba a quedar en Buenos Aires e iba a hacer una exposición ahí. Llegó tarde. Bien tarde (…) 
Ella se presentó con un amigo, Carlos Rodríguez creo que se llamaba. Vinieron en un jeep del Carlos Rodríguez. Carlos Rodríguez era un hombre joven, apuesto. No sé si era pololo de ella o un amigo no más. Almorzamos ahí, los tres (…)
Déjame cantarte la última canción”. Estúpidamente yo no entendía lo que quería decir la frase. Creí ese día que era la última canción de la sesión. Pero después me di cuenta que era la última de la última. Aquí ocurrió algo singular. “Día domingo en el cielo”: así se llamaba. (…)
Al día siguiente yo tenía unos invitados a almorzar y no tenía vino. A esta hora más o menos, dije yo, puchas, voy a buscar vino. Y se me ocurrió pasar por la casa que era de la Viola, la casita de madera que tenía ella (…)
Entonces pasé por ahí, en mi escarabajo blanco. Y dije, la Violeta debe tener vino. No estaba ahí la Violeta. Estaba la hija de la Violeta, la Carmen Luisa. Me dijo: “No tío, no hay vino aquí”. “¿Y la Violeta?” “En la carpa”. “Ah, entonces voy —le dije yo—, me voy a la carpa”. Y aquí sucedió algo diabólico. La Carmen Luisa me dice: “No vaya a la carpa, tío. No va a encontrar vino allá. La mamá no tiene vino ahí en la carpa”. Claro, era la una y media de la tarde ya. (…)
Estábamos a dos horas, dos o tres horas… del disparo (…)
Las cinco tendrían que haber sido… Yo estaba trasplantando un bambú allá detrás de la casa. Hacía calor. Y en plena ceremonia del trasplante del bambú, de repente vi que llegaba alguien, un enviado, un emisario. (…) Brotó de la nada, como un fantasma, mientras yo trasplantaba unas matas de bambú. “Don Nicanor, acaba de ocurrir una cosa terrible”. “Lo sospecho —respondo— ¿Por qué no la llevan a la posta?”. Se quedó en silencio mirando al suelo. Después me pasó una carta. Me dijo: “Esta carta estaba en las rodillas de ella”. Una carta con manchas de sangre… terrible… que no conoce nadie sino yo… Tal vez alguna vez me atreva a publicarla… Porque no deja títere con cabeza… A uno solamente… (…)

*Escritor español