Polémica en verso

Homero Carvalho Oliva*

Édgar Oblitas Fernández, abogado, escritor y jurisconsulto, quien escribió cuentos, ensayos literarios e históricos, entre los que se destacan Dos maestros de América: René Moreno y Ricardo Palma, Lucas Jaimes Freyre en el Perú, Historia secreta de la Guerra del Pacífico, además de antologías como El cuento en el oriente boliviano, realizó un minucioso y erudito trabajo de investigación al compilar en dos tomos las más interesantes como tremendas polémicas que se hayan dado entre escritores e intelectuales bolivianos. 
El trabajo titulado La polémica en Bolivia pretende ser un “panorama de la cultura de la nación a través de las grandes polémicas suscitadas al calor de pasiones políticas, ideológicas y amorosas.
Entre los autores que lanzaron el guante y se batieron a duelos verbales, incluidos en estos dos tomos infaltables en una biblioteca, figuran personalidades de la talla de Franz Tamayo, Ricardo Jaimes Freyre, Tomás Manuel Elío, Augusto Céspedes, Tristán Marof, Sergio Almaraz Paz y muchos otros.
Nosotros hemos elegido un inusual pugilato verbal entre dos poetas que eligieron como arma lo que mejor conocían: el verso. Se trata de los vates Nicolás Ortiz Pacheco y Enrique Reyes Barrón, que se enfrentaron en una célebre polémica literaria que según Luis Ríos Quiroga “honró a las páginas del periodismo de Sucre”.
La cosa se originó cuando Ortiz Pacheco escribió un soneto criticando un desliz literario de su amigo y compañero de farras que fue publicado en un periódico de la capital boliviana. Herido de muerte por alguien que creía era su alma gemela, Reyes Barrón replicó con otro soneto “más hiriente y mordaz” para decirlo con palabras de Édgar Oblitas Fernández.
Menos mal que después de la bronca, los bardos se reconciliaron entre copas, como debe ser, y escribieron juntos un poema a la borrachera que los enemistó y los volvió a unir. 
Veamos los poemas. De Nicolás Ortiz Pacheco, 
“Para Adán en el Campo: Glorioso y vitalicio provinciano/ En Sucre se aclimata un lechuguino/ Que en métrica y prosodia es un pollino/ Y que en lugar de sesos tiene guano. // 
Con grandes aptitudes de hortelano/ Cultiva como nadie el desatino, / Y, cual cáscara cruda de pepino, / Es detestable, insípido y malsano.// Rey de pesebrera y sainete.../ Jamás se ruboriza...y es tan culto/ Que no distingue un nueve de otro siete.// En su ya muerta infancia no fue estulto/ Hoy progresa al revés, pero promete/ Llegar a ser modelo de asno culto”.
La respuesta de Enrique Reyes Barrón: “Pasó tu infancia por la sombra, el lodo, / Y conociste el vicio y lo espulgaste,/ Y te llamas poeta y sólo amaste/ La taberna, el prostíbulo, ¡beodo!/ Hábil gimnasta en reflexionar el codo,/ De Lombroso en sus libros figuraste,/ Parásito, amoral, que te ensañaste/ Con lo noble, lo virtuoso y todo.../ Encontraron magnífico santuario/ La protervia y el vicio en tu cabeza,/ Tu cabeza de fauno atrabiliario./ 
Ya que el Absinto a convertir empieza/ Tu débil cuerpo en miserable osario,/ Degenerado, mentecato, ¡Reza!”.

Y ahora el poema de la reconciliación, Borrachera, de Nicolás Ortiz Pacheco y Enrique Reyes Barrón: “Borrachera, eres dulce, loca eres, / Y naces al calor de cualquier vino; / Todo junto a tu ser es torbellino/ Y como ansiosa vives, pronto mueres. / Borrachera, mujer entre mujeres, / Con algo de diabólico y divino, / Envenenas con vino mi camino,/ Y me haces padecer en mis placeres.// 
Hoy día me acaricias y me besas/ Y me ofreces también el paraíso/ ¡Parecen realidades tus promesas!/ De pronto todo es vago, impreciso.../ Poeta tambaleas y tropiezas.../ ¡Todo tu hermoso sueño y se deshizo!”. Y vivieron felices y comieron perdices. 

*Escritor, poeta y gestor cultural