Imposible traicionar lo ajeno

Dilema
Wankar
Para los marxistas, en todas sus variedades, comunistas, trotskistas, soy traidor, pues puse a un lado su bandera roja y levanté mi Wiphala. No les tomo a mal. Yo hubiera hecho lo mismo, conozco su estructura psicológica.
Toda mi juventud fui comunista. Dentro de la JCB, la querida ‘Jota’, me sentí feliz como nunca. Me sentí guerrero, útil a la liberación de mi pueblo.
No andaba de warmyrara, no me alcoholizaba ni drogaba. Los combates callejeros contra policías y falangistas eran diarios. Yo andaba oliendo a pólvora y dinamita. A menudo dormía en comisarías, sobre todo en la Garita de Lima y Puente Negro, hoy desaparecidas, en la DIN, en el DOP. Mi primera ‘grandeada’ en la cárcel de San Pedro fue en 1964, por terrorismo.
Como presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Derecho, Ciencias Sociales y Políticas, (el primero comunista), debía pronunciar un discurso en el paraninfo universitario del monoblock en la entrega de títulos. Estando detenido, preso no pude hacerlo.
Repito, me sentía feliz, excepto por mis malas relaciones con el Comité Central de PCB. Un hermano de Jorge Kolly Cueto, del CC, era general del ejército. No cabía en mi mente imaginar a mi camarada compartiendo la mesa familiar con un militar. Le decía:
—Balealo, o yo lo hago.
Las diferencias de clase se repetían dentro del PCB. Los dirigentes comían, vestían, vivían como burgueses. Hacían políticas, contubernios. Las bases comíamos, vestíamos, vivíamos como proletarios. No hacíamos política, combatíamos.
Los jerarcas nos aplaudían desde un balcón en El Prado, cuando intercambiábamos pedradas, patadas, puñetes con policías y falangistas. Yo les gritaba:
—¡Cabrones, no nos aplaudan, bajen a pelear como nosotros!
Me regañaban:
—Tienes revólver en lugar de cerebro.
Tras el rotundo fracaso militar del Che, no reclutó un solo guerrillero, quise unir a “mi” marxismo con mi pueblo, con el Indio, en mi libro quemado IDEOLOGÍA Y RAZA EN AMÉRICA LATINA. Me acusaron de “desviación indigenista”. Fue muy útil para mí. Abrí los ojos. No podía ser al mismo tiempo buen indio, rebelde, liberador y buen militante. Para ser buen comunista debía ser enemigo de mi propio pueblo, desconocer, negar su maravillosa sabiduría cósmica, su heroica guerra anticolonial de cinco siglos, debía olvidar mi propia lengua, comida, ropa, música, medicina. En resumen, debía enajenarme, alienarme al extremo de tratar de parecer aquello que no era y dejar de ser lo que sí era en realidad.
Frente a tal dilema no hubo mucho espacio para pensar. Los sentimientos, siempre más nuestros, más íntimos ya habían decidido.
Imposible darle la espalda a mi propio pueblo, traicionarlo. Me hubiera avergonzado al extremo de ser incapaz de verme en el espejo. Yo me había hecho comunista para liberar al pueblo indio. Estaba ahora claro. El marxismo no era la herramienta adecuada para liberar los Andes, Abya Yala. Eran el brazo izquierdo del colonialismo occidental, era el tentáculo ideológico, sincronizado, con el tentáculo religioso ahogaba a mi pueblo.
No podía, ni puedo traicionar a Jehová, pues nunca fui suyo, ni él fue mío. No podía, ni puedo traicionar a Marx, pues al no ser europeo nunca fui suyo ni él fue mío. Me equivoqué al creerlo herramienta liberadora. Ninguna cultura libera a otra cultura. Por ser ajena, extranjera. Peor si es europea, occidental.