[Opinión] Superar Charaña

Democracia Directa

La Declaración de Ayacucho, del 9 de diciembre de 1974, fue el pilar de las tratativas que meses después germinaron en el denominado Abrazo de Charaña para resolver el enclaustramiento marítimo boliviano.

En ese documento, asumido en Lima por representantes de Perú, Bolivia, Panamá, Venezuela, Colombia, Argentina, Ecuador y Chile, se expresa “la más amplia comprensión a la situación de mediterraneidad que afecta a Bolivia, situación que debe demandar la consideración más atenta hacia entendimientos constructivos”.

El documento fue resultado de un trabajo previo del dictador chileno Augusto Pinochet, quien, a inicios de 1974, ordenó a la Cancillería chilena buscar “los medios diplomáticos necesarios para neutralizar por lo menos por seis meses a Bolivia”, ya que era altamente probable una V2, esto es, tener que enfrentar a dos vecinos simultáneamente: Perú y Bolivia.

Advertía con preocupación el aumento del potencial bélico peruano, especialmente con importantes compras hechas en la Unión Soviética, la activa participación de Perú en el mundo internacional, donde había incrementado sustantivamente sus relaciones con la URSS, Cuba y con los países situados detrás de la Cortina de Hierro (Confidencias limeñas, Demetrio Infante, 2014).

Con esa misión se formó el Grupo Charaña, integrado por Gastón Illanes, Demetrio Infante, entre otras personas, bajo dirección del subsecretario de Relaciones Exteriores, capitán de Navío infante de Marina Claudio Collados.

En consecuencia, el 8 de febrero de 1975 se iniciaron las negociaciones con Bolivia.

“Soy portador del saludo fraterno del pueblo chileno al pueblo de Bolivia. Estoy emocionado y contento”, expresó Pinochet mientras Banzer correspondía y refería: “Este abrazo reinicia una amistad que es necesaria para ambos pueblos”. 

El objetivo de Pinochet era claro y Banzer confió en la buena voluntad de su interlocutor.

De acuerdo con el libro La Historia oculta del Régimen Militar, de Ascanio Cavallo, Manuel Salazar y Oscar Sepúlveda, en el inicio de las tratativas las cancillerías de ambos países “barajaron cuatro alternativas para resolver la salida al mar”.

Ellas eran un corredor a través de la frontera peruano chilena, un enclave en algún lugar de la costa chilena, una compensación económica o la instalación de un polo de desarrollo tripartito, refiere el texto.

Al final, la propuesta aterrizó en la que hizo Chile el 19 de diciembre de 1975: la cesión de una costa marítima soberana situada entre el casco norte de la ciudad de Arica hasta la Línea de la Concordia, unida al territorio boliviano por una franja territorial, igualmente soberana, pero luego Chile introdujo varias condiciones, entre ellas el canje de territorio, lo que provocó su fracaso.

Banzer, resignado, señaló que la única manera de hablar fuerte y lograr que Bolivia retorne a las costas del océano Pacífico “será cuando el país sea una potencia económica en la región”. El dictador no se equivocó.

La Bolivia de hoy no es la misma de las tratativas de Charaña y esta vez no caerá en la estrategia chilena y recuperará su acceso soberano al mar. Y lo hará apegado al marco de la Corte Internacional de Justicia (CIJ).

Como consecuencia, estará en manos de las autoridades chilenas una solución certera a la mediterraneidad y, por qué no, la misión de superar las conversaciones de Pinochet y Banzer, que más allá de una acción ante una amenaza evidente es uno de los compromisos que esa nación asumió para resolver la agresión que provocó en 1879, cuando invadió el puerto boliviano de Antofagasta y que la CIJ tomará en cuenta.