¿Qué es la resistencia? Parte I

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

Toda resistencia es un acto político si consideramos el concepto platónico del zoon politikón (el hombre como animal político). Podemos hablar de resistencia armada, de resistencia política o civil y variantes de éstas últimas como la resistencia no-violenta, resistencia pasiva, etc.

Resistir —es decir, mantenerse en una posición determinada sin ceder terreno— resulta una parte ineludible de la convivencia humana, en tanto ésta está vertebrada por dinámicas de acción-reacción. Toda acción humana en sociedad tendría así una matriz política si aceptamos ciertas premisas del platonismo, pero también de otros pensadores muy posteriores.

Dentro de este marco, una forma común de resistencia es la desobediencia civil, aquella que enfrenta al ciudadano contra el sistema imperante. Sobre ésta, la mención del norteamericano Henry David Thoreau resulta ineludible, pues significó un capítulo importante en su formulación, como veremos. Sin embargo, Thoreau no fue el primero en darle significado a la desobediencia civil.

La resistencia como práctica podemos hallarla en testimonios tan antiguos como la Grecia clásica y en la figura de Sócrates, quien con sus críticas a la Polis ateniense fomentaba una forma de resistencia individual —pero de profundas connotaciones sociales— basada en razonamientos que cuestionaban a la democracia griega. Algo que, por otra parte, le costó la condena a suicidarse con cicuta, tal como describe Platón en su obra Fedón.

Pero fue Henry D. Thoreau en nuestra modernidad quien dictó una célebre conferencia en 1848 titulada La Desobediencia Civil (luego publicada como un pequeño ensayo) y allí expuso la vieja tensión entre los sistemas sociales y la ética individual. En el caso de Thoreau, su decisión personal de desobedecer las leyes se basó en una motivación profundamente moral y humanista: en 1846 se negó a pagar sus impuestos al Gobierno de Estados Unidos, ya que éste mantenía la esclavitud como una instancia legal y además emprendía guerras expansivas totalmente injustas. Thoreau se refería a la Guerra con México, que cercenó la mitad del territorio mexicano y duplicó el territorio estadounidense.

Por su decisión, Henry D. Thoreau fue a la cárcel, pero su ejemplo de resistencia individual fue un punto de inflexión en las sociedades modernas y en la filosofía social, que a partir de entonces elaboró todo un corpus filosófico de la resistencia con autores tan relevantes como los franceses Michel Foucault o Jacques Rancière, entre muchos otros.

El propio Mahatma Ghandi reconoció la fuerte influencia del texto de Thoreau en su decisión de luchar y liderar la resistencia contra la dominación británica en la India. Décadas más tarde, hacia 1960, Martin Luther King declaró que se había inspirado en el pensamiento y el ejemplo de Thoreau para iniciar la resistencia civil contra la segregación racial en Estados Unidos.

Por supuesto, Henry David Thoreau fue uno de los muchos que a lo largo de la historia moderna y antigua hicieron de la resistencia un capítulo decisivo de su vida. Sin embargo, el valor intrínseco de este puritano norteamericano nacido en 1817 es que dejó en evidencia la naturaleza trascendente del acto individual frente al sistema, y su capacidad de generar procesos sociales revolucionarios desde la propia órbita cotidiana.

Demostró que la resistencia personal desprovista de andamiajes políticos orgánicos puede también dejar profundas huellas civilizatorias y por tanto jamás debería ser considerada poco importante. Algo que comprendió muy bien Rosa Parks, la activista negra estadounidense que en 1955 se negó a ceder el asiento del autobús a un blanco, según marcaba la ley. Con su acto de resistencia personal y en un ámbito tan prosaico como un simple autobús urbano, Rosa Parks encendió la mecha de una lucha titánica por los derechos civiles afroamericanos y que tuvo en Martin Luther King su máximo líder.

De todos modos, las dimensiones posibles de la resistencia son infinitas. Casi como tantos seres humanos existen, pues la voluntad de resistencia debe ser contrastada todos los días en el universo personal de cada individuo.

De ahí que surjan fenomenologías muy claras en los individuos insertos en sociedad: el conformismo, la venalidad, el heroísmo, el individualismo o el altruismo pueden ser vistas como expresiones diferentes de esa voluntad de resistencia. Un conformista que carece de la voluntad de resistir sería, por tanto, el opuesto de un revolucionario, pues mientras el uno deja hacer y asume como válidas todas las premisas impuestas (incluso las más opresoras) el revolucionario buscará a través de su resistencia individual o colectiva derribar aquello que lo sujeta y tiraniza.

Desde esta perspectiva, los procesos sociales latinoamericanos (de todo el mundo, en realidad) son una cantera histórica inagotable para entender las tensiones planteadas entre los poderes establecidos y los movimientos de resistencia. Algo que Marx plantea magistralmente en su Manifiesto del Partido Comunista, en tanto convocatoria internacional a resistir los desmanes de un capitalismo insultante para la dignidad humana. El propio concepto marxista de la lucha de clases está impregnado de este espíritu de resistencia.

Curiosamente, tanto la obra de Henry D. Thoureau, como el Manifiesto del Partido Comunista, de Karl Marx y Friedrich Engels, fueron publicados en 1848 y sendos trabajos abrieron nuevas perspectivas sociales y políticas a ambos lados del Atlántico. No debemos omitir que 1848 fue un año convulso en Europa debido a la llamada Primavera de los Pueblos o Revoluciones de 1848 iniciadas en Francia, pero que gracias a la introducción del telégrafo y el ferrocarril, rápidamente se extendieron a Italia, Austria, Hungría y Alemania, siendo una revolución burguesa contra los últimos restos del absolutismo europeo fortalecido luego del Congreso de Viena de 1815, después de la definitiva derrota de Napoleón.

Pero también las revoluciones de 1848 fueron las primeras manifestaciones de resistencia organizada de una clase obrera ya más madura, después de un siglo de explotación salvaje bajo el capitalismo maquinista surgido de la Revolución Industrial. El Manifiesto del Partido Comunista fue, en ese contexto, un llamado mundial a la resistencia orgánica.

Por otra parte, de los infinitos ejemplos de resistencia colectiva que la historia nos ofrece, sin duda una de las muestras más contundentes y perdurables en el tiempo está en la Revolución Cubana. Una resistencia que supo amalgamar la voluntad individual, de cada ciudadano cubano, con la resistencia colectiva de una nación dispuesta a no doblegarse.

Cuba se convirtió así en el paradigma esencial de un fenómeno más grande, que es la resistencia latinoamericana frente a los imperialismos. Una resistencia que lleva siglos y donde brillan personajes como Tupac Katari, Toussaint L’Overture (el primer independentista negro de América Latina y de Haití), o Augusto César Sandino y Simón Bolívar, sin olvidar a Hugo Chávez o al Che Guevara. Y también al —probablemente— más grande resistente de la historia, que fue Fidel Castro (sigue en la próxima edición).