Ecuador y América Latina: ¿nuevas reglas de juego?

 

Por Alejo Brignole

Finalmente en la última consulta ecuatoriana triunfaron las propuestas del oficialismo liderado por el presidente Lenín Moreno, entre ellas una que abriría las puertas para inhabilitar a los opositores de la Alianza PAÍS para ejercer funciones públicas en el futuro.

Un referéndum que fue ilegítimo por no respetar los procedimientos establecidos constitucionalmente, pero que el Gobierno ecuatoriano apresuró para quitarse de en medio la potente figura del expresidente Rafael Correa, ahora antagonista de su antigua formación virtualmente secuestrada por una derecha que perdió las elecciones de abril último.

De la mano del nuevo presidente, los viejos enemigos que Correa combatió con esmero, ahora buscan una restauración oligárquica de proporciones preocupantes, y de paso devolver a Washington muchas prerrogativas perdidas durante el gobierno de la Revolución Ciudadana. La base militar estadounidense de Manta, entre ellas.

Podríamos utilizar esta página de análisis para comentar los números del sufragio y el panorama político planteado a partir de los resultados del domingo 4 de febrero, pero quizás sea conveniente ahondar en los nuevos escenarios continentales que este afianzamiento conservador augura para los próximos años. Nos permitimos citar y recomendar, eso sí, el destacable artículo de Atilio Boron (disponible en la web www.atilioboron.com.ar) titulado Ecuador: Ganó la derecha, ¿y ahora qué?, donde se desglosan con gran precisión las causas y el escenario político ecuatoriano tras el triunfo del Sí en el referéndum.

Aquí, en cambio, nos haremos algunas preguntas que emergen tras observar a una derecha continental que busca rediseñar el mapa social y político para este siglo XXI. Y la pregunta tal vez más perentoria sería… ¿Cuáles son los mecanismos que hacen posible que los gobiernos de izquierda vayan siendo rechazados por sus propios electorados, siendo éstos los primeros beneficiados y protegidos contra un neoliberalismo claramente antipopular? ¿Por qué una derecha históricamente corrupta y vaciadora de nuestras economías ahora puede utilizar la corrupción como arma para aislar a gobiernos que fueron constructores de esquemas soberanistas?

Habría que formular muchos otros interrogantes, pero éstos bastan para hacer un breve recorrido sobre las nuevas y agresivas sombras que Washington despliega para debilitar nuestros sistemas republicanos.

Según parece, asoman nuevas reglas de juego que obligan a revisar los límites que la izquierda debería reconsiderar en sus gestiones. La derecha y la prensa hegemónica demuestran una vocación destructiva de la institucionalidad, y ello impone otras formas de confrontar el neoliberalismo regional. Entre ellas, superar una cierta tendencia a la insularidad de los gobiernos bolivarianos. La cooperación internacionalista latinoamericana debe ser una clave fundamental para derrotar los avances estratégicos de Washington. Algo hasta ahora hecho con bastante deficiencia desde la muerte de Hugo Chávez.

Una de las primeras medidas de Mauricio Macri en Argentina fue quitar de la grilla pública al canal Telesur —verdadero bastión informativo opuesto a las operaciones mediáticas de Washington en toda nuestra región—. También invalidó el AFSCA (Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual), que era un ente autárquico de regulación de medios surgido de la Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual, que fue aprobada y consensuada por movimientos populares y organismos de base participativa. 

El nombramiento de jueces mediante decretos o la sanción de leyes laborales regresivas mientras se eliminan miles de millones de dólares en impuestos a multinacionales extranjeras, son parte del menú salvaje que la nueva oleada neoliberal dispone para nuestras naciones, en un intento de reconfigurar nuevamente a América Latina hacia un orden funcional a las necesidades de Washington y sus intereses en la zona, que son cuantiosos. Los gobiernos de Mauricio Macri, como el de Michel Temer en Brasil —surgido de un impeachment fraudulento a la presidenta Dilma Rousseff—, se han dedicado a adulterar y violar las respectivas garantías constitucionales en múltiples aspectos.

Y toda esta manipulación republicana y rebajamiento institucional —verdaderas ‘democraduras’ (democracias como dictaduras), tal como afirma el sociólogo Atilio Boron— son efectuados por presidentes manchados hasta el tuétano con causas por corrupción empresarial o en sus gestiones políticas. Macri y Temer, y también Kuczynski en Perú, son parte de este catálogo infame. Apoyados por el actual sistema comunicacional latinoamericano —también mundializado—, el discurso de una derecha elitista logra confundir y persuadir a electorados poco reflexivos e increíblemente olvidadizos de los desmanes que el capitalismo y las hegemonías externas les infligieron históricamente.

Y si las democracias de los países sumergentes estuvieron mirando con lupa las gestiones de los gobiernos bolivarianos y criticando sus intervenciones a una prensa concentrada y antidemocrática, hoy esas mismas democracias de doble rasero callan las inadmisibles rupturas republicanas y los acosos a la libertad de expresión que la derecha perpetra. Por caso, durante la campaña por el referéndum, Rafael Correa fue marginado brutalmente de los medios estatales y de la prensa corporativa.

Solamente por criticar la concentración mediática cuando era presidente, Rafael Correa fue increpado durante años por la prensa internacional o la Sociedad Interamericana de Prensa. Poderes que luego optaron por callar la intervención de AFSCA en Argentina, el barrido de Telesur, o la marginación preelectoral de Correa durante su campaña por el NO.

Por tanto… ¿Cuáles serían las nuevas pautas que los gobiernos bolivarianos deberían seguir de aquí en adelante? Evidentemente Washington y sus respectivos aliados locales avanzan a paso redoblado con tácticas posdemocráticas e intentan con éxito profundizar los conglomerados mediáticos y económicos que sostienen este andamiaje neocolonial y de poder blando.

Quizás vaya siendo hora de comenzar una agresiva tarea de reconfiguración mediática regional para ponerla en manos del Estado y de sus organizaciones de base (proyecto de hondo calado democrático ya contenido en la Ley de Medios ecuatoriana que hoy peligra, y en la Ley 26.522 de Argentina, ya derogada por Macri).

Habrá que dar un salto dialéctico en el actual juego posdemocrático dominado por Washington y aislar a aquellos medios, canales u oligopolios comunicacionales que contaminan la opinión pública con desinformación diseñada para desestabilizar.

El debate pendiente sobre el rol de la concentración mediática en esta era digital deberá darse, sin dudas, a partir de esta lucha de poderes donde no podemos ya fingir que existe la libertad de expresión. Lo que existe es una comunicación estratégica prácticamente orwelliana para dirigir la opinión pública hacia la agenda corporativa, y eso, sin dudas, es antidemocrático.

Perdamos el miedo a la confrontación y a las críticas de un mundo que igualmente demolerá nuestras iniciativas, por más humanistas que sean. Perdamos nuestra inocencia defensiva y hagamos lo necesario si no queremos perder a Nuestra América por segunda vez, y quizás para siempre.

* Escritor y periodista