Una acción que comienza 50 años antes

Los Colorados de Bolivia rechazaron a la caballería chilena en la Batalla del Alto de la Alianza, en 1880, en el marco de la Guerra del Pacífico.
Historia (gráfica) de la Guerra del Pacífico

 

Javier Murillo de la Rocha *

En efecto, el 14 de febrero de 1879 marca el hecho decisivo de un proceso que se inicia, por lo menos, 50 años antes. Hay que recordar el tenor de las instrucciones que recibe Blanco Encalada, en el primer intento por destruir la Confederación Perú-Boliviana. Los términos reflejan la decisión desembozada de apoderarse de territorios y recursos que Chile necesita para resolver dos problemas que hereda del UtiPossidetis Iuris de 1810: un territorio pobre en recursos, sin los cuales no podrá financiar su futuro desarrollo, y encerrado entre la Cordillera de los Andes y el océano Pacífico, que lo hacen geopolíticamente vulnerable. Esos factores se encuentran al norte del Valle de Copiapó, más allá de sus límites; están en territorio de Bolivia y del Perú. 

La Confederación que une a estos dos Estados se convierte en el obstáculo principal para el avance de Chile en dirección norte. Por eso, Diego Portales, el creador de la geopolítica expansionista chilena, le escribe a Blanco Encalada, jefe militar de la primera invasión a territorio confederado, y sentencia sin ambages: “La posición de Chile frente a la Confederación Peruano-Boliviana es insostenible. No puede ser tolerada ni por el pueblo ni por el gobierno porque ello equivaldría a su suicidio. No podemos mirar sin inquietud y la mayor alarma la existencia de dos pueblos confederados, y que a la larga, por la comunidad de origen, lengua, hábitos, religión, ideas, costumbres, formarán como es natural un solo núcleo. Unidos estos dos Estados serán siempre más que Chile en todo orden de cuestiones y circunstancias. La Confederación debe desaparecer para siempre jamás del escenario de América (….) ésta debe ser su máxima, ahora, y ojalá fuera la de Chile para siempre.”

Luego vendrán la penetración pacífica y la arremetida diplomática, esta última reflejada penosamente en el Tratado de 1866, que desplaza la frontera hasta el paralelo 24º. 

Los avances en dirección norte, hacia el desierto de Atacama y Antofagasta en territorio boliviano, y Tarapacá bajo soberanía peruana, aumentaron en intensidad en la medida en que declinaba la economía chilena. El ciclo de la llamada economía portaliana, iniciado en 1831, estaba, en efecto, llegando a su fin. De acuerdo con  investigaciones serias hechas en Chile (Cariola y Sunkel), “decayó y entró en crisis en la década de 1870 (….) los pilares de las expansión económica —cobre, plata y trigo—, que habían alcanzado su auge máximo, iniciaron la crisis de esa década, un proceso definitivo de deterioro depresivo.”

De acuerdo con las crónicas de la época, esta crisis se vio agravada por la depresión mundial que se inició en 1873 y afectó seriamente al país vecino en 1876. Según el investigador chileno Luis Ortega (Ediciones Campus, Universidad Arturo Prat, vol. III, p. 147.), el presidente Aníbal Pinto Garmendía se lamentaba en sus apuntes personales: “La situación económica del país es muy mala y la perspectiva es de empeoramiento no de mejoría. La cosecha ha sido pésima y el precio del cobre en Europa baja como nunca. Un año malo sobre una situación muy delicada ya no puede dejar de producir fuertes influencias. Si algún descubrimiento minero o alguna otra novedad por el estilo no vienen a mejorar la situación, la crisis que de años se está sintiendo se agravará”.

Según la misma fuente consultada, el presidente Pinto tenía buenas razones para escribir de manera tan pesimista a fines de 1878. Pero ¿en qué pensaba el Presidente cuando escribió “si algún descubrimiento minero o alguna otra novedad por el estilo no vienen a mejorar la situación”? ¿pensaba en el yacimiento de salitre en las inmediaciones de Taltal, en territorio chileno, como el descubrimiento que le permitiría al país mantener su conexión externa y sortear los desafíos planteados por la crisis? ¿o pensaba en los yacimientos de Antofagasta, tan bien conocidos por su cercano Francisco Puelma? ¿o en los de Tarapacá?, donde otros cercanos a él, Blas Cuevas, Roberto y Tomás Délano, Rafael Larraín, José Gabriel Palma y José Manuel Balmaceda, habían realizado inversiones a comienzos de la década de 1870.

La respuesta está más que clara. El alivio a las tribulaciones del mandatario chileno y los recursos para recuperar la quebrantada economía de su país estaban al norte del paralelo 24º. Esa “alguna novedad por el estilo” era, sin duda, la guerra de expoliación. Y así fue.

Todos los datos consultados, de fuentes chilenas, coinciden en que los territorios conquistados permitieron recuperar de manera ascendente la economía del vecino país, fundamentalmente por las masivas exportaciones del guano y el salitre, y después como efecto de la explotación del cobre.

El segundo acto en el escenario expoliatorio antes descrito vendrá por medio del Pacto de Tregua y, especialmente, del Tratado de 1904, que selló el enclaustramiento geográfico de Bolivia, decretado a partir del 14 de febrero de 1879: un tratado impuesto por la fuerza. De ahí que es una falacia que se sostenga que fue libremente consentido. Nadie puede ejercer la libertad para consentir en perderla. Es un grosero contrasentido. 

Pero la estrategia de los sucesivos gobiernos de Santiago, de alejarnos cada vez más de las costas del Pacífico, continuará, sin pausa, a partir de entonces: desde 1895 hasta la fecha, Chile fue degradando sistemáticamente las posibles fórmulas para devolverle a Bolivia su cualidad marítima y soslayando, cada vez, con menos desenfado, su renuencia a negociar una posible solución para el enclaustramiento geográfico impuesto a nuestro país, lo que demuestra que en 1879 comenzó el enclaustramiento, pero que las acciones para alejar cada vez más a Bolivia del océano Pacífico continuarán sin pausa a lo largo de los pasados 139 años.

La demostración de los hechos históricos es incontestable: en 1895, Chile ofreció transferirle a Bolivia las provincias de Tacna y Arica, aunque eran territorios de los que no podía disponer en ese momento, sino después del plebiscito pactado en el Tratado de Ancón. En 1950 reduce sus ofrecimientos a un corredor al norte de Arica, aunque sujeto a compensaciones que no tengan carácter territorial. En 1975 se compromete a negociar la cesión a Bolivia de esa misma franja territorial, pero esta vez bajo onerosas condiciones, entre las que se destaca la irritante exigencia de un canje territorial, sumada a la desmilitarización de la zona y la utilización del cien por ciento de las aguas del río Lauca, arbitrariamente desviado en 1962.

A partir de 1987 se negará a considerar cualquier propuesta de solución y comenzará a declarar que jamás se comprometió con Bolivia a devolverle su cualidad marítima mediante un acceso soberano al océano Pacífico y, por lo tanto, que no tiene nada que negociar con nuestro país.

Después de una breve reflexión que se expresa a través del Comunicado de Algarve, que estableció la Agenda sin Exclusiones, y la de los 13 puntos, ninguna de las cuales se cumplió, los gobiernos de Santiago retomaron con prepotencia su discurso en sentido de que todos los asuntos referidos a la soberanía territorial  y a la naturaleza del acceso de Bolivia al Pacífico fueron definitivamente resueltos por el Tratado de 1904, y, por consiguiente, no hay nada pendiente de negociación con Bolivia.

Pero los compromisos forman parte de los registros históricos y no pueden ser borrados de un plumazo. Bolivia recurre a la Corte Internacional de Justicia, para exigirle a Chile que honre esos compromisos y se retome un proceso de negociaciones conducidas de buena fe para lograr un acuerdo que le otorgue a Bolivia un acceso soberano al océano Pacífico.

Hoy estamos próximos a la fase de los alegatos orales, luego de que la Corte, en septiembre de 2015, desestimó la objeción preliminar de supuesta falta de competencia de la CIJ para conocer y pronunciarse sobre el fondo de la demanda boliviana.

Fue un hecho fundamental porque, al rechazar el recurso chileno, la Corte le dijo a Chile que la petición de fondo interpuesta por Bolivia no había sido resuelta por ningún tribunal ni por otros medios convencionales, y que, por lo tanto, existe una cuestión pendiente que debe ser resuelta mediante negociaciones. Si bien es cierto que declaró que en esta etapa no puede predeterminar el resultado final de éstas, está estableciendo claramente que existirán tales negociaciones, y eso es lo que ha pedido Bolivia, que siempre ha confiado en los medios pacíficos para resolver las controversias internacionales. 

*Ex canciller de Bolivia