El rey Tillerson visitando sus feudos

Por Alejo Brignole*

Durante la guerra hispano-estadounidense de 1898, España perdió los últimos reductos americanos de Cuba y Puerto Rico. Inspirado por el suceso, al año siguiente un genial escritor inglés llamado Rudyard Kipling escribió su célebre poema La Carga del Hombre Blanco (The White Man’s Burden, en inglés) y debajo del título incluyó un elocuente subtítulo: Los Estados Unidos y las Islas Filipinas.

En el texto, Kipling invitaba a llevar el trabajo y el esfuerzo de las razas superiores hasta los pueblos inferiores. A naciones tumultuosas y salvajes / Vuestros recién conquistados y descontentos pueblos / Mitad demonios y mitad niños —reza la primera estrofa—.

Rudyard Kipling ganaría en 1907 un merecido Premio Nobel de Literatura, pues su obra El libro de las tierras vírgenes (The Jungle Book. en inglés), publicado en 1894, fue un derroche de talento y genialidad literaria innegable. También resulta innegable que Kipling era un colonialista confeso y un racista doctrinario que le dio una plataforma estética y moral al imperialismo británico de la era victoriana. Inglaterra vivía su momento de mayor expansionismo global, incluida la India, donde había nacido Kipling como hijo de funcionarios coloniales.

El poema La Carga del Hombre Blanco (y su subtítulo) legitimaba abiertamente la apropiación estadounidense de Guam y las Islas Filipinas después del forzoso abandono español del archipiélago. Para la lógica anglosajona, España también formaba parte de esos pueblos atrasados a los que había que tutelar o bien despojar de territorios y derechos, tal cual se encargó Estados Unidos de hacer, barriendo los últimos vestigios coloniales españoles en América.

Este excurso literario inicial con detalles tan —aparentemente— lejanos de la política latinoamericana actual quizás pueda servirnos para entender que esa carga del hombre blanco continúa bajo otras retóricas y otras apariencias, pero con idéntica naturaleza y vocación de dominio.

El 6 de febrero culminó en Colombia la gira latinoamericana del secretario de Estado estadounidense, Rex Tillerson, con una agenda de conversaciones que buscó afianzar la maltrecha política de Patio Trasero, muy deteriorada desde la irrupción de Hugo Chávez y su contagioso germen bolivariano.

Aprovechando los éxitos de la derecha regional aupada gracias a los diseños mediáticos elaborados por Washington, los asesores de Trump buscan recuperar una política tutelar en nuestra región bajo una matriz represiva encubierta y una falaz cooperación bilateral como eje legitimador de nuevas injerencias. Y si caben dudas de que la carga del hombre blanco continúa, citemos aquí los conceptos que expresó Rex Tillerson en la Universidad de Texas poco antes de emprender su gira.

En su discurso hizo una encendida defensa de la Doctrina Monroe de 1823 (América para los americanos). Dijo textualmente que la doctrina “es tan relevante ahora como el día en el que fue redactada”, lo cual no dejó de ser una declaración imperialista en toda regla, precisamente en las vísperas de un viaje por cinco naciones soberanas: Jamaica, Perú, Argentina, México y Colombia.

No es casualidad que Rex Tillerson haya escogido para su recorrido a cinco países hoy gobernados por una derecha totalmente fiel e incondicional a los mandatos de la Casa Blanca, en lo que sería un retorno a aquel ‘Consenso de Washington’ que hizo estragos en las economías y el patrimonio latinoamericano en la década neoliberal de 1990.

Tillerson buscó de esta manera aceitar con los presidentes latinos (Peña Nieto de México, Juan Manuel Santos de Colombia, Mauricio Macri de Argentina, Pedro Pablo Kuczynski de Perú y el primer ministro jamaiquino Andrew Holness), los mecanismos de contención frente a una creciente influencia extra continental encarnada por China, y por Rusia, en menor medida.

También celebró acuerdos oficiales y extraoficiales para que organismos como la DEA y agentes del Pentágono, con la cooperación ineludible de la CIA, elaboren con los respectivos gobiernos una agenda de control y represión de la protesta social —algo que preocupa a Washington desde siempre—.

Las políticas de estos cinco gobiernos, claramente alineadas al establishment financiero, petrolero y corporativo del norte, dejarán un saldo de levantamientos sociales progresivos en los próximos años.

Ante esta perspectiva, para Washington resulta vital asegurar una metástasis de organismos y agencias estadounidenses en las estructuras nacionales latinoamericanas. Una entrega soberana que los presidentes señalados cumplen y celebran como verdaderas entidades felizmente colonizadas. La obsecuencia a Washington ha sido una constante en las biografías políticas y empresariales de todos los que hoy presiden estas cinco naciones visitadas.

No obstante hubo otras razones mucho más inquietantes —si cabe— para el paseo imperial del rey Tillerson (su nombre latino Rex, significa precisamente rey). Lo que el diplomático estadounidense trajo en la parte más tenebrosa de su agenda fue la intención de consolidar el cerco contra Venezuela y lubricar una respuesta diplomática coordinada ante un eventual derrocamiento de Nicolás Maduro mediante acciones encubiertas fabricadas desde el propio Departamento de Estado que dirige Tillerson.

No podemos obviar que Rex Tillerson es un empresario que hizo carrera hasta lo más alto de la petrolera ExxonMobil y que fue colocado en el gabinete de Trump como representante de esos intereses. De igual manera que la dupla George W. Bush y su vicepresidente Dick Cheney representaban los intereses de la petrolera Halliburton y otras del sector —y por ello propiciaron la invasión a Irak y Afganistán— hoy esas planificaciones siguen vigentes. Sólo cambian los nombres y las empresas mejor posicionadas para arrancar los frutos de la destrucción periférica.

Rex Tillerson, en una de sus múltiples capas representativas, es el embajador encubierto de ExxonMobil, empresa que lo nombró presidente ejecutivo en 2006. La manzana de oro que significa Venezuela en la feroz competencia energética mundial no es un dato menor para interpretar las verdaderas intenciones de su gira colonial por los feudos del sur. Una segura reelección democrática de Maduro complicaría las proyecciones en la ecuación petrolera estadounidense.

Semanas antes, Rex Tillerson hizo afirmaciones peligrosas que expresaron el beneplácito de Washington —verdadera luz verde— a los militares venezolanos para que resolvieran la inducida crisis interna de la nación bolivariana.

Tillerson afirmó que “en la historia de Venezuela y los países de América del Sur, muchas veces los militares son agentes de cambio cuando las cosas están muy mal y los líderes ya no pueden servir al pueblo”. Y agregó para maquillar sus intenciones: “si éste será el caso o no, no lo sé”.

Como vemos, en América Latina comienza a verse un lento pero firme retorno a lo peor de nuestra historia política. Washington, una vez más, intenta avanzar mediante la muerte programática como recurso diplomático.

Apela sin ambages a la opción dictatorial y a los genocidios resultantes de esa fórmula macabra. La destrucción de las naciones ricas en recursos es una vieja receta que ahora parece recrudecer en esta nefasta era Trump. La carga del hombre blanco continúa y —como siempre en nuestra historia— se sustenta en la miseria moral de gobernantes dispuestos a obedecer, igual que siervos feudales, a las órdenes de un ejecutor de nuestros pueblos.

* Escritor y periodista