¿Por qué hubo dictaduras militares en América Latina? I

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

El fenómeno histórico de las dictaduras militares en América Latina presenta algunos problemas de interpretación debido a que, en general, ha predominado un enfoque local para su análisis. Si bien hubo golpes de Estado y gobiernos militares autóctonos desde las primeras décadas del siglo XX en varios países, fue a partir de la segunda posguerra (desde 1945 en adelante) cuando comenzó una sistematización periódica tutelada por Washington de estos procesos políticos. Eso significó que las interrupciones democráticas respondían a metodologías que poseían patrones similares, sin importar la nación del evento.

En un contexto internacional dominado por la Guerra Fría, Estados Unidos instaló en las sociedades periféricas de América Latina, África y Asia una preocupación por la “amenaza roja”. Un eufemismo para definir el peligro que significaba —desde la óptica estadounidense— la expansión comunista en los países en desarrollo. Fuertemente afectados por los diseños capitalistas y sus asimetrías estructurales, estos países periféricos resultaban un caldo de cultivo propicio para generar movimientos sociales de izquierda, pues la propia opresión implícita en el desigual sistema mundial generaba las condiciones de lucha, incluso armada.

Debido a estos delgados equilibrios, donde sociedades enteras podían generar sus propias luchas revolucionarias para la liberación económica, Estados Unidos elaboró una serie de mecanismos represivos destinados a asegurar que los movimientos sociales fueran debidamente contenidos e incluso aniquilados.

Sin embargo, bajo esta confrontación aparente (mantener la mayor cantidad de países bajo influencia occidental y alejados de órbita soviética) se encubrieron otras estrategias que tenían en lo económico su verdadero eje: garantizar la sumisión jurídica y la dependencia de decenas de naciones en el llamado Tercer Mundo para así facilitar un extractivismo salvaje de sus recursos y asegurar zonas de influencia militar.

En un sentido amplio, afirmamos que las metodologías aplicadas en América Latina tuvieron analogías muy claras con las registradas en África, aunque ambas regiones posean matices específicos diferenciados.

África salió masivamente de su condición colonial a principios de la década de 1960, luego de las exigencias del nuevo orden mundial estadounidense. Europa, y sobre todo Inglaterra, debían abandonar sus posesiones coloniales obtenidas durante el siglo XIX. Esta suerte de Pax Americana abrió en África un período de inestabilidad política que continúa hasta hoy, donde los dictadores de las empobrecidas naciones subsaharianas (el África negra) son sostenidos por el poder corporativo europeo.

Esta simbiosis entre dictaduras africanas y gobiernos occidentales con sus empresas trasnacionales permite a las economías industrializadas de Europa acceder a minerales, petróleo, diamantes, coltán, uranio o cualquier otro recurso a precios de saldo. La fragmentación actual africana, sus periódicas luchas interétnicas y golpes de Estado resultan así el escenario perfecto para que sus sociedades devastadas no defiendan orgánicamente sus patrimonios.

En el caso latinoamericano, si bien los contextos son distintos, la etiología de su dependencia y subdesarrollo responde a esquemas muy similares. Y si África es el patio trasero de Europa, América Latina lo ha sido de Estados Unidos. En ambos casos, el hegemón dominante obtiene beneficios mientras los países de su periferia padecen cataclismos sociales y políticos graves. Genocidios incluidos.

En América Latina, región mucho más desarrollada y homogénea culturalmente, las divisiones internas fueron históricamente menores y por eso el recurso de las artificiales guerras civiles o divisiones étnicas instaladas en África debió ser suplido por otro tipo de dictaduras militares, diseñadas ex professo para la región.

La irrupción del fenómeno cubano en 1959, que logró alcanzar con éxito la deuda histórica pendiente latinoamericana —la revolución social—, sirvió de base axiológica y excusa táctica para que Estados Unidos lanzara una serie de doctrinas que justificaran la represión interna en nuestros países.

El genocidio entre el campesinado indígena guatemalteco y los 30.000 desaparecidos en Argentina fueron una muestra cabal de estas metodologías amparadas por la Doctrina de Seguridad Nacional, la Doctrina Kirkpatrick, la Teoría del Dominó y la Teoría del Enemigo Interior (el enemigo comunista no sólo venía de afuera, sino que debía ser neutralizado en el seno de las propias sociedades intervenidas).

El instrumento elegido para cumplir tales estrategias fueron los ejércitos nacionales, que durante décadas habían recibido instrucción estadounidense gracias a la compra de armamentos y a la criminal Escuela de las Américas con asiento en Panamá (actualmente en funcionamiento en Fort Benning, en el Estado de Georgia).

Allí el Pentágono instruía a oficiales latinoamericanos (muchos serían luego presidentes de facto en sus respectivos países) en técnicas contrainsurgentes, métodos de torturas y protocolos para la desaparición de personas. La CIA ya había editado en la década de 1960 sus siete trágicamente famosos manuales KUBARK. Algunos de ellos, verdaderos compendios medievales sobre cómo arrancar confesiones a detenidos, quebrar su resistencia o lograr su cooperación mediante brutales técnicas de despersonalización (desnudez y exposición al frío durante semanas, sesiones interminables de picana eléctrica, tabicamiento, despellejamiento de pies o apaleamientos masivos reiterados durante meses). Bajo éstas técnicas de terror yacían, no obstante, otras planificaciones complementarias igualmente lesivas de los derechos fundamentales. El terrorismo de Estado era pues un instrumento vital para inhibir la respuesta social ante el expolio económico.

Pero también se yuxtaponía una tercera planificación, quizás la más macabra y perversa de todas. Ésta era eliminar mediante aquel terrorismo de Estado a los mejores elementos sociales (intelectuales, sindicalistas comprometidos, artistas, obreros y militantes políticos) que son el germen del progreso social a largo plazo.

De este modo, las dictaduras militares cumplían el cometido de rediseñar el mapa socio-político para proyectarlo según los intereses de Washington. Esto ocurrió sobre todo a partir de 1973, luego del golpe de Estado en Chile. De esta manera, nuestras Fuerzas Armadas fungieron como guardianes internos del imperialismo norteamericano y de sus intereses. Lo cual constituye, sin dudas, uno de los períodos más vergonzantes en la historia de los ejércitos regionales.

Hoy sabemos que es un imperativo inhibir las influencias doctrinales estadounidenses en nuestras Fuerzas Armadas que siempre y sin excepción buscan la represión interna y el mantenimiento del statu quo económico dependiente para todo el hemisferio. De allí que iniciativas como la Escuela Antiimperialista Juan José Torres, creada bajo el gobierno del MAS-IPSP, signifique una nueva etapa filosófica y estratégica para nuestros ejércitos, que a partir de ahora pueden (y deben) abrevar de otras fuentes doctrinales verdaderamente alineadas con el papel original para el que fueron creados, que es la defensa nacional expurgada de todo diseño foráneo. (Continuará en la próxima edición)