La heroicidad del ridículo “guayabero”

Roberto Ignacio Mamani Quispe* 

Hay un viejo arte universal que gusta a todos los niños, jóvenes y viejos. Es tan antiguo como la humanidad misma. No hay un espectáculo de excelencia si en él no aparecen esos maravillosos seres disfrazados, que con su ingenio nos hacen reír a mandíbula batiente. Al finalizar la obra, siempre aplaudimos hasta que nos duelen las manos enrojecidas. Esos grandes artistas son los payasos, quienes con orgullo llevan la profesión y para nada es un término peyorativo. 

Para hacer ese arte hay que ser ingenioso y tener mucha creatividad. Esas son las cualidades que no tiene un señorito conocido como Tuto Quiroga, cuyo nombre parece artístico, pero le falta gracia y arte. 

Quiroga ya sabe que sólo verá la bella plaza Murillo en fotos o postales turísticas. A nadie con sano juicio se le ocurriría colocar nuevamente al cachorro de Banzer en su emblemática esquina. Los sabios indios (valga la redundancia) gozan de muy buena memoria y prefieren el desarrollo nacional que impulsa su cultura, a la mortífera droga que aquellos quisieron dejarnos.

Pero hay que vivir ganando el diario sustento y por eso Quiroga se disfrazó de héroe e ideó un número llamado “Ingratitud”, para demostrar que los 5 mil bolivianos graduados de Medicina en La Habana, las miles de vidas salvadas por médicos cubanos en Bolivia, las 600 mil vistas recuperadas y los centenares de miles de alfabetizados, son simples, vulgares e inmerecidas conquistas indígenas. El Tuto prefiere a los escolares con armas y no con libros. Los profesores apertrechados de engrasados AR-15 y no de tantos inútiles conocimientos. Se dice que lo principal es poder salvar la vida en esta jungla que se llama Tierra.      

Para llevar a escena el número artístico, antes hizo un ensayo general en Caracas, pero el Bravo Pueblo no le aplaudió la gracia. El nuevo escenario sería el área internacional del aeropuerto José Martí de La Habana. Al fin logró integrarse a la troupe la Mala IDEA, una compañía inundada de truhanes, asesinos y corruptos de altos quilates, donde hay pésimo histrionismo, pero hay buena paga y es en billetes tan verdes como la hoja de coca, para mantener disimuladamente aquello del patriotismo que tanto adolece.

El director general de la flamante compañía ya impartió la orden. Revivir el gastado papel cuyo encabezado reza “Doctrina Monroe”. Con todo listo, la completa seguridad de que nada le ocurriría y sin advertir atisbo de peligro, raudo partió a La Habana. No llevó equipaje ni el personalísimo cepillo dental, aunque bueno sería que lo usara con más frecuencia. No lo necesitaba. El show se cumplía al estar risueño, sentado en una cómoda butaca dos cortas horas y solo esperando el próximo vuelo de regreso. Luego vendría la expulsión con apellido non grato, sin confundir con Ingratitud, que es el título de la obra. 

De antemano sabía que los cubanos son tan expertos en hacer campeones olímpicos, eliminar analfabetismo e insalubridad, como acabar con el racista apartheid en África, pero son generosos y practican la máxima del maestro Chávez: “águila no caza moscas”. Después vendría la suma de las 8 horas de tan intensa labor. Tres de ida y tres de regreso, como buen piloto acumulando horas de vuelo y en exquisita silla de Primera Clase de Avianca. Esas 6 horas, más 2 de estancia y espera, hacen 8, que es la jornada laboral completa.   

Seguro pensó que cinco minutos de fama internacional, ganada en tan corto tiempo y al solo costo del ridículo, es un negocio redondo. Si pagan bien, poco importa ofender a 11 millones de indoblegables cubanos, irrespetar a millones de bolivianos agradecidos y a toda la inteligencia humana. Total, eso ya lo ha hecho muchas veces. Si esta puesta queda bien —se dijo a sí mismo—, después la reeditamos en Nicaragua y hasta en Bolivia. Siempre habrá algún Camilo “Engaña” u otro oscuro y simple del Rincón —que tanto honor hacen a sus apellidos paternos— para recrear la aventura hasta la saciedad o el aburrimiento. 

¿Qué importa hacer un mayúsculo ridículo, si los jefes lanzan democráticas bombas contra pueblos indefensos con tal de mantener poder y hegemonía?, seguro pensó.   

Tuti (permítame tratarlo en confianza después de conocer su veta bufonesca), quisiera enseñarle algunas cosas que en su cortísima estancia habanera seguro no tuvo tiempo de aprender. Los castristas tienen la costumbre de cambiar a los mercenarios non gratos por compota. Remember Girón, dicho en el idioma que tanto le gusta. Lástima que no dejan escoger el sabor del fruto. A usted seguro le adjudican la guayaba, exquisito fruto, pero que en el argot popular cubano quiere decir “mentira, falsedad”, razón por la que a los mentirosos empedernidos se les dice “guayaberos”. 

En Cuba Libre corre el riesgo de ser recordado con un nombre impronunciable. También la afamada orquesta Los Van Van lo podría inmortalizar en una sabrosa guaracha, que sin dudas se internacionalizaría hasta llegar a Bolivia en tono de cueca. Remember, ya está advertido.  

•Orgulloso boliviano de origen aymara y asiduo visitante de La Habana.