Los interminables ríos de la épica literaria

La construcción de los relatos épicos por las sociedades primigenias.

Aitor Arjol*

Un héroe espada en ristre, dotado de poderes sobrenaturales, deambula por el mundo recién creado o el reino oprimido por algún tirano. Después de un largo sacrificio y de muchos muertos atrás, el héroe llega al desenlace final: una proeza que cambiará el destino de su pueblo, así sea la consecución de la libertad o la liberación del yugo al que estaban sometidos los suyos.
El argumento descrito no difiere demasiado de la épica, esto es, relatos en verso en los cuales se narraban grandes hazañas por parte de determinados héroes. En tales gestas solían mezclarse hechos verdaderos que no hacía fácil distinguir entre la realidad y lo insólito y eran narradas oralmente por rapsodas o por quien tuviera la función de transmitir oralmente esas historias.
Al principio de los tiempos tales historias estuvieron protagonizadas por héroes que diferían del común de los mortales, y mucho más adelante las epopeyas pasaron a ser de carácter escrito, basando la figura del protagonista no ya en un ser trascendental, sino en un hombre común cuyas hazañas eran más limitadas en cuanto a su escenificación (sobrevivir, salir adelante, luchar contra circunstancias hostiles, etc.) y desde luego, adoptaron una estética mucho más realista.
¿De dónde vienen aquellas antiguas historias, que terminaron formando parte indiscutible de la mitología y poblando las primeras creencias de los pueblos? Un simple y sencillo libro de Lengua y Literatura de Bachillerato editado en 1973, es capaz de aclarar una posible respuesta con mayor sencillez y transparencia que la oscuridad terminológica de un catedrático de universidad. “Con estos hombres desaparecidos resulta imposible hablar. Para comprenderlos es necesario lo que dejaron sus restos: las ruinas de las ciudades que habitaron, los escritos que de ellos quedan…”.
En su parte pertinente, el libro también se refiere al carácter errante y nómada de los primeros grupos humanos. También miraban al cielo y a todas partes. Se preguntaban por el sentido de todo aquello y ante la magnitud de lo desconocido, surgió el correspondiente conjunto de creencias, supersticiones y otras menudencias para “influir en los acontecimientos”. Cuando se sedentarizaron y surgieron los primeros conglomerados habitados “también cambiaron por dentro”, y sus preocupaciones divinas pudieron derivar hacia el propio sentido de la vida, de donde venían y finalmente desembocaban.
Es posible que en aquel contexto los sacerdotes ostentasen el privilegio de monopolizar determinados conocimientos, interpretar el mundo y sujetarlo a la intervención de seres divinos superiores y que, en algún momento, todo ello se transmitiera oralmente o por escrito. Por ello que religión y literatura permanecieron íntimamente unidos en aquellos primitivos nudos de la historia.
En relación al mundo occidental y mucho antes de que la cultura griega nos legase la Ilíada y la Odisea a través de Homero, otras civilizaciones ya habían construido sus propios relatos épicos con otros héroes y similares argumentos. El caso de la civilización sumeria es bello y paradójico. Sus orígenes hay que buscarlos en el propio desierto. Dos ríos en forma de abrazo, el Tigris y el Éufrates, en un extenso territorio que actualmente se corresponde con Irak entre otros países, donde hoy la guerra se reproduce indiscriminadamente y otro nombre resuena como un eco lejano: Mesopotamia.

Lírica antigua
En aquel contexto surgió la llamada “Epopeya de Gilgamesh”, considerada como la primera obra literaria escrita de la que se tiene constancia, pues data hacia los años 2500-2000 a. C. El poema fue cincelado en escritura cuneiforme, sobre tablillas en lengua acadia y en forma de verso. Narra las peripecias del héroe Gilgamesh, que termina vagando por todo el universo conocido en busca de la inmortalidad, hasta ver lo que le espera detrás de la muerte. 
Parte de los acontecimientos narrados en Gilgamesh, como los relativos a la torre de Babel o el gran diluvio, bien pudieron servir de inspiración a los textos religiosos hebreos. Los relatos de Homero también están inspirados en las aventuras de Gilgamesh. Incluso hay un evidente paralelismo con los grandes relatos épicos propios de otras mitologías: el mito maya del Popol Vuh; la epopeya tibetana del rey Gesar; Mahabharata y Ramayana de la India; y toda suerte de mitologías que se pierden en los largos tiempos de la imaginación humana.

*Escritor español