Kiwis danzantes

Por: José Augusto Yáñez Vargas*

Nuevamente, sentados a la espera de uno de los manjares de la abuela (bien apetecidos y esperados), se va conformando un espacio de intercambio de vivencias de otros años, a manera de las tan necesarias historias orales, donde  este pequeño tiempo de la niñez tenía mucha significancia. Así, sin saber cómo ni por qué, nos encontrábamos sentados en la cocina viendo logrado este espacio para escuchar a la mamá grande, sin importar que sea una primera o quinta vez de estas historias que nos permitían tener viajes imaginarios y conocer otros lugares distantes y lejanos en nuestra temprana edad. Esta vez, junto a las palabras de la abuela, nos dirigimos hasta un lugar acogedor del territorio chicheño lleno de montañas y otras magias, cuando se acercaba el ocaso del día. Ya ubicados y localizados en el espacio o lugar correcto, el relato que ella titulaba como los Kiwi Kiwis concurría de la siguiente manera:
Una vez, en medio de las idas y venidas, por los campos de territorio chicheño, nuestra abuela había sido alcanzada por el final del día y tuvo que buscar algún refugio para este tiempo de sueño. Horas después, a tiempo de aproximarse la salida del sol, y cubierta por una brisa fría, se dio cuenta que era tiempo de despertar y seguir el camino que le planteaba el nuevo día. Así, pudo percatarse de que se encontraba en la cima de una montaña hasta donde, desde lontananza, se acercaban los rayos del sol. Pero las acciones mecánicas y recurrentes del astro no fueron lo más llamativo, para ella, esa madrugada, sino que pudo advertir la aparición de un grupo de pajaritos, graciosos en su aspecto y llamativos en su comportamiento, los cuales comenzaron a salir de algún rincón en consonancia con el acercamiento de los rayos solares. Así, luego de encontrarse todos reunidos comenzaron a formar una especie de ronda, estirando las pequeñas alitas en un ademán de tomarse de las mismas. Posteriormente, empezaron a bailar en círculos, a manera de ronda, tomados de las “manos”, acompañados por su propio canto que parecía decir “kiw, kiw, kiw, kiw/ kiw, kiw, kiw, kiw”; de esta manera proseguían con su recibimiento del nuevo día hasta que sentían posarse sobre ellos el calor del sol, para inmediatamente tirarse al suelo de espaldas, permaneciendo estáticos por algún tiempo. Por último, se levantaban raudamente para escapar y desaparecer por los mismos caminos, tal vez en el intento de borrar sus huellas. Lo que estos singulares danzarines no se habían percatado, es que en esa ocasión habían tenido una atenta observadora de dicho baile, casi ritual, que llevaría consigo esta historia de vida para muchos años después compartirla con niñas y niños de nuevas generaciones que no tuvieron la oportunidad de tener estas experiencias que nos acercan con las maravillas y la magia de la naturaleza. De esta manera, siempre conservé en mi memoria esta historia que nos contaba nuestra abuela Sabita, hace varios años, en tiempos en los que la simplicidad de la vida nos permitía apreciar este tipo de vivencias. Ya en tiempos contemporáneos, una vez tuve en mis manos la música de Luzmila Carpio para escucharla de principio a fin, en medio de canciones cargadas de muchas experiencias en el campo, logrando una sintonía entre el castellano y el quechua. Entre estas canciones advertí la presencia de un tema especial que titulaba Presagio de los pájaros, interpretado magistralmente por la capacidad vocal de la artista, emulando el cantar de un importante número de aves existentes en nuestro territorio, con especial énfasis en el departamento de Potosí. Entonces identifico un canto conocido y guardado en mi memoria que decía “kiw, kiw, kiw, kiw/ kiw, kiw, kiw, kiw”; casi inmediatamente asocié este sonido con las narraciones de mi abuela, como si ella estaría nuevamente relatándonos su niñez en el campo. Entonces “rebobiné” el tema para escuchar este canto varias veces hasta percatarme de que la historia de los kiwis danzantes tenía cierto grado de veracidad y que estas singulares aves todavía rondan por algún lugar del mundo recibiendo al sol, no sé si cada mañana, pero brindándonos estas escenas, seguramente, inolvidables.

*Sociólogo investigador chicheño