Amalia, desde el espejo del tiempo

Jackeline Rojas Heredia

Amalia despierta, las voces que la nombran interrumpen su eterno sueño, presta atención a las voces que hablan sobre ella. ¿Es el olvido? Su ser, o parte de lo que alguna vez fue, está presente en la inauguración del Acervo Histórico de las Fuerzas Aéreas de Bolivia “Coronela Amalia Villa de la Tapia”. Como un eco lejano se escucha de fondo las palabras de inauguración del director general de Relaciones Públicas, coronel Maldonado Guzmán: “…Valiosas obras…jamás deberían pasar al olvido”, remarca.
A partir de ese instante, Amalia revive niña, ávida de conocimiento. Había nacido en Potosí un 22 de junio de 1893, pero vivió en Perú por la migración de su familia. Desde pequeña soñó con tener alas, no alas de pájaro o de ángel, alas de madera o metal, un aparato que pudiera surcar los cielos. Su familia se burlaba de su imaginación. Ya más adelante, con la existencia de los globos aerostáticos, verían que los sueños de Amalia no estaban lejanos de cumplirse.
Es la biografía novelada escrita por la cochabambina Gaby Vallejo Canedo, sobre la base de una investigación ardua y tenaz que hizo lo posible por acumular la mayor información de quien fue la primera piloto boliviana y sudamericana.
Y la biografía narra que la joven Amalia no pudo evadir el marcado destino que, en su época, era señalado para toda mujer (convento, matrimonio o maestra). Se tituló como maestra de primaria y al surgir la primera escuela de aviación en Lima, Perú, “Escuela Civil de Aviación de Bella Vista”, se inscribe con sus propios recursos y aprende a dominar el  aparato.
Descubre más, la sensación de llegar al cielo, de recorrerlo sola, ella y el avión como un todo, el avión como extensión de sí misma, como sus alas soñadas. Y el lector recorre, acompaña los vuelos de la primera piloto, las acrobacias y a través de las descripciones que ella narra en primera persona, los ojos se trasladan hacia el control de mando de la nave, el dominio de los vientos contrarios, la detección de desperfectos, el despegue de la tierra, la destreza en el aterrizaje y más. El saber, de pronto, que para hacer las acrobacias el piloto debe tener el estómago completamente vacío y sentir ese hueco interno, la sensación de caída libre que se cruza, además, con la imagen de nubes dispersas en medio de rayos brillantes de sol.
La mujer tenaz
Es indescriptible vivir ese tiempo a través de las palabras y luego los elogios, el asombro, el amor de peruanos y bolivianos ante las hazañas de una mujer piloto, pero con ello se revelaría también, y con todo su poder destructor, el machismo, la envidia, los celos, la mezquindad, sentimientos, ideas y concepciones que en más de una ocasión frustraron los sueños y metas de mujeres de espíritu indomable. Aún existe ese “monstruo barrera” que no permite al ser femenino desenvolverse con total libertad en un mundo aún dominado por hombres.
Amalia nunca se rinde, jamás se doblega. Y su reconocido ímpetu a través de la prensa, tanto internacional como nacional, despierta en el pueblo potosino el orgullo de tener una hija piloto, voluntad contagiante a otras ciudades como Oruro y La Paz. Se arma una colecta que en una primera instancia tiene el objetivo de recaudar fondos para que Amalia pueda tener un avión con el cual dar su examen final.
 Su hermana Rosa Villa de la Tapia, conocida concertista de piano, se une al proyecto y da varios conciertos procolecta. 
Pero al final nunca se supo qué pasó con todo lo recaudado, qué destino tuvo, lo que se sabe es que la piloto jamás tuvo su avión.
“Hay dolores en la vida tan grandes…yo no sé” (del poeta César Vallejo), frase que acompaña la obra y que resume el profundo dolor de la boliviana aviadora. Bolivia duele y volvería a dolerle cuando ya piloto, con licencia otorgada por la escuela de aviación peruana (15 de marzo de 1922), decide desafiar en vuelo a la también piloto Adrianne Bolland, una francesa que fue la primera mujer que cruzó los Andes volando desde Mendoza, Argentina, hasta Santiago de Chile. Todo estaba arreglado, pero el embajador de Bolivia en Francia no otorgó el permiso y una vez más los sueños de Amalia son frustrados.
Previamente, la obra de Vallejo rememora en especial el apoyo que la piloto recibe de la revista editada por mujeres en Oruro, Feminiflor, la que sin embargo parece nunca haber sido leída por los hombres, sobre todo por los militares. En esa revista se pondera el valor de Villa de la Tapia y sus muchas hazañas acrobáticas en el cielo.
Varias son las anécdotas que se narran en esa primera parte. Ya en una segunda, con el título de Dos extrañas visitas, la fantástica recreación de un diálogo entre la escritora Vallejo y el espíritu o la energía invisible de Amalia genera un asombro perpetuo, transformado en hambre, anhelo, curiosidad por la vida íntima de la piloto, por aquellos secretos, los mínimamente revelados y los que quizá nunca podrán saberse. 
En ese diálogo el lector conoce más detalles de lo que fue la Guerra del Chaco y sus protagonistas, la vívida descripción que hace Amalia de quien fue “el amo de los cielos chaqueños”, el teniente aviador Rafael Pabón, temible por los paraguayos y muerto, junto a su compañero, al caer su avión por un desperfecto luego de haber vencido a las naves enemigas. Amalia seguía todo lo que aconteció en esa guerra en la que no se le permitió participar como piloto por ser mujer, pese a su entrenamiento.
Sobre los afectos y decepciones
También surge la figura de otro héroe de guerra, el militar Bernardino Bilbao Rioja, a quien Amalia admiró pero a quien expulsó de su vida luego de que éste le pidiese matrimonio. Y se tiene la descripción del afecto especial que la piloto sintió por quien fue el presidente de Bolivia René Barrientos Ortuño, llamado “el general del pueblo”, muy querido por los campesinos y por otros sectores del país, y odiado por la clase minera a la que castigó cruelmente en la masacre de Catavi, la noche de San Juan.
Hoy quisiera morir es uno de los capítulos más breves, pero de una intensidad que hace imposible controlar el aguacero amenazante en los ojos. Amalia enamorada  de Thiaguino, Amalia con el corazón en pedazos corre a través de los jardines del Palacio Marsano en Perú.
Existen muchos otros acontecimientos rememorados en esas páginas, como el primer accidente aéreo en el país (1921), la fundación de la primera escuela de aviación en la ciudad de El Alto, la adquisición de los aviones Curtis y más; hechos, vuelos, anhelos, sentimientos que el lector deberá descubrir si se atreve a iniciar vuelo en el avión pilotado por Amalia Villa de la Tapia.
“Que vuelva a volar por los cielos del país gracias a ti”, solicita la dedicatoria que la autora de la obra escribió para quien, a su vez, escribe la presente reseña. Amalia vuela en muchas otras pilotos y yo sé que volé en sus alas a través de la lectura de este singular libro, Amalia desde el espejo del tiempo. 
La obra, publicada por la editorial Kipus, estará presente en las ferias internacionales del libro en Santa Cruz, La Paz y Cochabamba.

 

Como afirma M. Lourdes Zabala: “Amalia, la mujer que legó a las mujeres la conquista de los cielos”.