“América Latina se halla a las puertas de una profundización del esquema neocolonial”

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Entrevista: Atilio Borón (Analista internacional)

Atilio Borón, uno de los más calificados y consultados analistas internacionales de América Latina, reflexiona y explica los desafíos que ya se perfilan para la región en este siglo y cómo Estados Unidos mira hacia el sur como un área de expansión y reservorio neocolonial para asegurar su economía.

Entre supuestos analistas internacionales y medios de comunicación sobrevuela siempre la idea de que América Latina carece de importancia en el esquema mundial o que Estados Unidos nos considera apenas un simple patio trasero sin valor estratégico… ¿Comparte esta visión?

No la comparto en absoluto. Este tipo de falsos diagnósticos, cuando no son intencionados, no solamente están geopolíticamente descaminados, sino que además son ahistóricos. Y con ello quiero decir que para comprobar su falsedad basta recurrir a los libros de historia militar, política y económica de los Estados Unidos o de la propia América Latina. Desde el Tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848 para legalizar la anexión de un vasto territorio mexicano, o desde el Corolario Roosevelt de 1904 que ampliaba la Doctrina Monroe, vemos que Estados Unidos ha afianzado diversos procesos expansivos o bien perpetró terribles y sangrientas injerencias en nuestra región, acompañadas siempre de avances económicos neocoloniales y de subordinación jurídica de nuestros Estados.

Sin embargo, hubo progresos en la contención imperialista estadounidense, sobre todo desde 1999, cuando se inicia el “período bolivariano” inaugurado por Hugo Chávez Frías en Venezuela…

Hubo avances, sí. Pero no suficientemente consolidados ni del todo efectivos. Si bien la creación de la Unasur, del Banco del Sur, la Celac en 2010 o el ALBA fueron hitos históricos, hoy presenciamos cómo se intenta desmantelar lo conseguido durante una década y media. Esto demuestra claramente cómo Washington no solamente no ha renunciado a su influencia en América Latina, sino que sigue reforzando muchos mecanismos reactivos que ahora son aplicados en países ganados para la derecha.

El golpe blando dado en Brasil a Dilma Rousseff, el intento de inhabilitación de Lula, la persecución jurídico-política del kirchnerismo en Argentina o los golpes de Estado como el de Honduras en 2009 o en Paraguay, en 2012, son un claro indicio de que los mecanismos imperiales siguen lubricados y con voluntad de ejercicio. El hostigamiento metódico a Venezuela, y por supuesto a Cuba, es otra muestra de esa voluntad hegemónica y lesiva del derecho internacional.

En su libro América Latina en la Geopolítica del Imperialismo usted hace pronósticos ciertamente preocupantes para este siglo XXI sobre las relaciones de fuerza entre Estados Unidos y la región sudamericana, ¿Qué debemos esperar de un Estado como Estados Unidos cada vez más poderoso en el campo militar, pero menos gravitante en lo económico?

Si nos guiásemos por aquella lectura necesariamente histórica señalada al principio, no me caben dudas de que Estados Unidos reeditará nuevos avances geoestratégicos utilizando viejas metodologías, pero también aplicando nuevas tácticas innovadoras que la tecnología y el estudio psicosocial permitan. La supremacía informativa desplegada en nuestras democracias al servicio de los intereses estadounidenses se encuadra en este análisis. Sin embargo, no debemos caer en la inocente tentación de pensar que Estados Unidos ya no recurrirá a nuevos genocidios, intervenciones militares directas y otros instrumentos de choque para cumplir su agenda corporativa y política en nuestra región. El deterioro de las condiciones jurídicas internacionales hace temer lo peor para las periferias mundiales. Lo que hoy sucede en el norte de África, en Oriente Medio y otras regiones debe verse como un aviso de las muy probables políticas futuras que el imperialismo económico-militar aplicará también aquí.

Sobre este punto, ¿Cuál sería el objetivo último de Washington en Latinoamérica? Esta pregunta resulta casi obligada si consideramos que buena parte del electorado latinoamericano descree de toda intención hegemónica norteamericana o minimiza su injerencionismo.

Me parece muy oportuna su pregunta. Parte del triunfo comunicacional o propagandístico de Washington reside en hacer invisibles sus mecanismos de penetración y dominio. A lo largo de las décadas, mediante el ensayo y error, los gobiernos estadounidenses aprendieron a establecer nuevas formas de influencia maquillada y hoy cuentan con múltiples agencias y organismos transnacionales (la DEA, Usaid, etc.) que permiten diversos estadios de penetración operacional en nuestros países, sin que parezcan intervencionistas. Incluso gozan de cierto prestigio entre los segmentos ciudadanos más ingenuos o culturalmente más colonizados. Pero tampoco podemos omitir la reactivación de la IV Flota estadounidense (la destinada a dar cobertura operacional en aguas del Caribe, Atlántico y Pacífico sur). Largo sería aquí describir todas las estructuras, bases y mecanismos (encubiertos o no) que el Pentágono tiene desplegados en nuestros territorios. Pero sobre su pregunta puntual, le diría que el objetivo último de las relaciones con América Latina reside en la necesidad estratégica irreemplazable que tiene la economía estadounidense de nuestros recursos naturales, metales y minerales de uso industrial. Los yacimientos de litio boliviano se encuentran también en esa agenda programática. Desde un análisis de economía política, no debemos ignorar que América Latina representa una de las grandes áreas fundamentales para el capitalismo extractivista de los países ricos. Sin nuestros suministros de materias primas exportadas sin valor agregado, las economías industrializadas colapsarían en el corto o mediano plazo. De ahí que el control político y militar utilizando diversos instrumentos hegemónicos sea un tema de primer orden para las sociedades industriales avanzadas. El control de América Latina, África y buena parte de Asia es vital para el sostenimiento de las asimetrías globales en que se funda el capitalismo. Bajo esta lectura, resulta sencillo inferir qué tipo de intercambios intentará imponer Washington en las relaciones norte-sur en este siglo XXI. Ya existen indicativos técnicos inexcusables sobre ello. Podría citar aquí algunas investigaciones como las de la prestigiosa periodista mexicana Ana Esther Ceceña. Observando el mapa de los recursos naturales estratégicos latinoamericanos, Ceceña mostró la coincidencia existente con el mapa de distribución de las bases estadounidenses en nuestra región. Nuestras grandes áreas ricas en recursos se encuentran rodeadas de bases estadounidenses, que siguen aumentando y ya en unos pocos años llegarán al centenar al sur del río Bravo.

Desde su visión analítica, ¿Estados Unidos es una potencia en retirada o bien debemos esperar nuevas expansiones de su poderío?
El ansiado sueño unipolar que abrazó Estados Unidos tras la desintegración de la URSS en 1991 ya no es una realidad posible, en rigor, nunca lo fue. Diversos factores económicos internos estadounidenses, por ahora la mayor economía planetaria, unidos a la emergencia de China como nueva superpotencia industrial y militar, y un afianzamiento de Rusia como polo de poder estratégico militar, hacen que los pronósticos para Estados Unidos sean desalentadores en las décadas futuras. Y aquí debemos hacer dos observaciones: la primera es que debido a estas limitaciones estratégicas, tanto externas como internas, Estados Unidos apuesta por un incremento de su capacidad ofensivo-militar. Este obsceno aumento de su aparato militar-industrial, que es además una de las bases de su economía, resulta letal para la paz mundial. Esta apuesta por incrementar su poderío bélico pone en evidencia el sentimiento de alerta que yace entre los analistas estratégicos de Washington. La solución militarista intenta compensar otros desequilibrios inevitables, como el de una economía en retroceso. Por otro lado, debemos señalar las consecuencias inherentes a este nuevo equilibrio internacional multipolar, pues ante el obligado retroceso en su supremacía global, Estados Unidos intentará un repliegue hacia América Latina, ya previsto en la Doctrina Monroe de 1823. Ello significará que si Washington debe convivir con un escenario mundial complejo que no puede controlar, su estrategia será asegurarse el control hemisférico en la América del Sur, fuente de recursos de gran abundancia y un mercado potencial de 500 millones de habitantes en continuo crecimiento. En los hechos, ya se están estableciendo los mecanismos que aseguren la supervivencia económica estadounidense con base en nuestros recursos. El proyecto Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (conocido como Proyecto IIRSA),  financiado por el BID y otros organismos crediticios, es parte de esa arquitectura del saqueo planificada para este siglo XXI y que Estados Unidos intenta consolidar por múltiples vías: la política, la mediática, la militar (mediante sus bases), y también con nuevas infraestructuras extractivas necesarias para facilitar el expolio regional. El IIRSA no es un proyecto de inversiones modernizadoras e integradoras como se pretende, sino un diseño continental de carreteras, puertos, comunicaciones digitales y fluviales para garantizar a las corporaciones transnacionales la extracción y el transporte de nuestros bienes comunes naturales de la manera más económica y eficiente posible. Es decir, América Latina se halla a las puertas de una profundización del esquema neocolonial y dependiente ya consolidado en el siglo XIX, en el que la extracción de bienes sin manufacturar resulte la base de nuestras economías periféricas y dependientes.

¿Cuál sería entonces el escenario que se debe construir para evitar esta continuación del statu quo?
Indudablemente, mejorar los instrumentos planteados por este período bolivariano que hoy padece un retroceso temporal. Debemos en primer lugar avanzar en los organismos decisionales que excluyen a Estados Unidos, como la Celac, la Unasur y el ALBA. Cualquier coexistencia diplomática e institucional con Estados Unidos en el orden estratégico regional es un suicidio o un trabajo destinado al vertedero de nuestra soberanía. Simplemente observemos el desempeño de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en el último medio siglo y comprobaremos el carácter nocivo de la diplomacia norteamericana en nuestras deliberaciones y decisiones conjuntas. No fue casualidad que el Pentágono decidiera en 2008 reactivar la Cuarta Flota destinada al control marítimo continental, precisamente cuando la Unasur comenzaba a tomar forma orgánica. Washington no dudará en oponer la fuerza a nuestros esfuerzos económicos y diplomáticos autónomos cuando éstos triunfen. De allí la necesidad de avanzar hacia una cooperación internacional latinoamericana mucho más fluida entre los países dispuestos a resistir todo colonialismo encubierto o informal. La tarea no es sencilla, pero tampoco imposible, sobre todo considerando que existen nuevas formas de interdependencia estratégica en las que China, India, Rusia, e incluso Irán, pueden formar parte de opciones cooperativas muy provechosas en diversos campos para América Latina. Sin embargo, nuestra acción fundamental reside en entender cuáles son los mecanismos que históricamente ha padecido Latinoamérica, surgidos de una vocación de dominio estadounidense. Si no comprendemos que ésta es la matriz de nuestros conflictos y padecimientos y no actuamos en tal sentido, cualquier otra batalla será un esfuerzo inconducente.

Perfil

  • Nació en Buenos Aires el 1 de julio de 1943. Politólogo y sociólogo, doctorado en Ciencia Política por la Universidad de Harvard.
  • En la década de los 80 se integra como director del PLED (Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales), y en 1997 es designado secretario ejecutivo de Clacso.
  • En 2004 le fue conferido el Premio de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada de la Casa de las Américas, institución creada en el contexto del gobierno socialista encabezado por Fidel Castro, en La Habana, Cuba, por su libro Imperio & Imperialismo.
  • Es autor de varios libros de ciencia social y filosofía con orientación marxista. De sus publicaciones más reconocidas se destacan Tras el búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo (2000) y Nueva hegemonía mundial. Alternativas de cambio y movimientos sociales (2004).