Escritores del fin del mundo

Aitro Arjol*

Cuando era niño, siempre me venían a la cabeza aquellas cuestiones geográficas acerca del lugar donde quedaba el fin del mundo, ya fuera por lo inhóspito o porque aquellos territorios estuvieran poblados por monstruos de grandísima cola y aparatosos dientes que se comían de un solo bocado todo galeón y bucanero.
Por si fuera poco, el mar siempre nos ha dejado tristes recuerdos de naufragios y huesos rotos, pese al inusitado gozo de sentarse a la orilla donde las olas lamen los pies, al punto de que tus ojos observan el grandioso espectáculo del amanecer, azul para más señas.
Pero el mar también nos ha dejado a lo largo de la historia una entrañable relación con los narradores y sus templanzas. Lobos de mar con una larga barba y dejando el fundamento de su vida mercante en el humo de la pipa que cubre su duro rostro.
Jóvenes grumetes que se apostan a un costado de proa para contar el número de gaviotas y charranes que agitan sus alas. Un ojo de cristal en cuyo reflejo se teje el perfil de un tesoro escondido. Hasta un cuaderno de bitácora que apunta tu largo nombre y parece decir así: “Hoy es 9 de diciembre de 1905. Hemos atravesado el inmenso Cabo de Hornos. El fin del mundo. Al fondo Tierra de Fuego. Huele a sal y caléndula muerta. La soledad bosteza y yo, a punto estuve de ser arrojado por una borda debido al último golpe de mar que sufrimos. Sin embargo, estamos bien. Firmado, el capitán”.
Todos deben acordarse entonces de Herman Melville, aquel escritor nacido en Nueva York en 1819 que a los diecinueve años de edad decidió embarcarse en busca de oportunidades y de tragedias, pues en una de ellas subió a bordo de un ballenero —el Acushnet— del cual desertó y a punto estuvo de costarle la vida cuando cayó en manos de unos nativos con fama de caníbales. 
De ese y otros desesperados sucesos nacería la novela Moby-Dick. Una vida a la altura de otro clásico del mar y sus naufragios, como Daniel Defoe; o, por razones de proximidad, otros mundos donde era frecuente que el aliento de piratas y corsarios oliera a ron y algas, como los descritos por el escocés Robert Luis Stevenson en La isla del tesoro. La vida de Joseph Conrad también transcurrió a bordo de las letras y del mar, bajo los mástiles y la mirada atenta de los rudos marineros que aseguraban las velas o del cocinero que de vez en cuando salía al exterior a resquebrajarse un poco los huesos, pues tanta cazuela y fogones lo dejaban absorto. Además, al caso de Joseph debían añadirse otros aspectos íntimamente relacionados con la dureza del marino alejado de tierra. 
Era un hombre definitivamente solitario, con un halo de misterio y convencido en su condición de exiliado: un polaco lejos de su país natal que adopta el idioma inglés en su vida cotidiana y escritos, y a los 17 años también se sube a un barco —el Mont Blanc— que le vinculará el resto de su vida como oficial de la marina mercante inglesa en otros tantos surcadores de océanos. De ahí nacerían clásicos como Lord Jim, Nostromo o El negro del Narciso. En la lápida de su tumba figuran además estos versos: “El sueño tras el esfuerzo / tras la tempestad el puerto, el reposo tras la guerra / la muerta tras la vida harto complacen”.
El propio Edgar Allan Poe también dejó un oscuro y severo retrato del mar en La narración de Arthur Gordon Pym, precisamente también su única novela donde el personaje homónimo del título se sube a un barco ballenero de forma clandestina y termina recorriendo los interminables y cadavéricos parajes del océano Antártico. La misma historia de Poe fue recogida a modo de homenaje o secuela por Julio Verne, en La esfinge de los hielos, que narra la búsqueda del desaparecido Pym en el Polo Sur y aparecen nombradas islas tan remotas como las Kerguelen o Tristán de Acuña.
El tenebroso mundo de la Antártida tampoco podría despedirse sin la referencia a otra novela de H. P. Lovecraft, En las montañas de la locura, en la que el imaginario geólogo William Dyer narra en primera persona la desastrosa campaña realizada a la Antártida por parte de un grupo de exploradores. Y finalmente, a quien la tradición parece haber reservado el título honorífico del ‘Jack London chileno’, es decir, el escritor Francisco Coloane, nacido en Quemchi el 19 de julio de 1910 y fallecido en 2002, después de una vida personal y literaria vinculada íntimamente a la Patagonia. Un hombre de mirada profunda. Un magnífico cuentista al que todavía todos los niños leen en los colegios. Ballenero de voz bronca y hermosa. Nacido en un solitario puerto de la Isla Grande de Chiloé, una zona insular, aislada, “golpeada por un invierno permanente”. Su padre había sido capitán de barcos balleneros y mercantes. Su madre provenía de un palafito. 
Desde muy joven, abocado a la cavernosa Patagonia, donde ejerció en los más diversos oficios como ovejero, marinero, cazador de lobos marinos y ballenas. Pero desde luego: un escritor que también ofreció testimonio de la barbarie cometida por los colonos contra los indios onas y yaganes.

*Escritor español