El desayuno

Pablo Cingolani*

.....y justo esa mañana de marzo de 1781 eso, eso estaba sucediendo…
 
Martín Lipe, natural de Chanca, que esa misma mañana no había desayunado nada, ni siquiera un puñado de maíz tostado, fue el que arrojó la primera piedra. Luego se le sumó Gregoria, su esposa, pacajeña, que poseía la misma destreza que Martín para manejar la honda. Luego fue una lluvia de piedras y dos docenas de guerreros los que cayeron sobre la hacienda.
El alzamiento general de indios contra la corona española en la Intendencia de La Paz había empezado hacía algunos días, un mes largo, sumándose a las rebeliones de Chayanta, en el norte potosino, y a las del sur peruano. Los Andes habían comenzado a arder, pero don Salvador no supo o no quiso angustiarse y huir a La Paz para atrincherarse, como le imploraba su capataz, un señor Loayza, que no cesaba de injuriar a “ese maldito y malnacido caudillo Amaru, a esos malvados hijos del demonio de los hermanos Katari y a ese indio de mierda de Julián Apaza”.
“Vámonos don Salvador, vámonos así sea hasta la casa de los Obrajes, pero salgamos de aquí, vámonos de Huaricana, por Dios y por sus hijos don Salvador”, le rogaba el tal Loayza, pero don Salvador no lo escuchaba o hacía que no lo escuchaba porque no supo o no quiso irse de allí, de Huaricana, de ese tapiz verde que engalanaba las montañas ocres y bermejas, y desde donde, a lo lejos, se divisaban las nieves eternas y puras de la Montaña Grande, esa que los indios de la hacienda veneraban en secreto y que llamaban Illimani con reverencial respeto. 
Un oidor de la Real Audiencia anotó en su diario con tortuosa gramática:
 “Día 7 (de marzo de 1781): dicho, entró el motín al precitado pueblo de Mecapaca, donde se dejaron subyugar los indios y no dejaron español ni blanco a vida. Y habiendo encontrado en el camino entre las haciendas de Guaricana y Guayguasi a unas españolas con sus maridos, hijos, negros y criados, con dos cargas de plata sellada, porción de oro, plata labrada, alhajas y homenaje, los pasaron a cuchillo, hasta 19 personas, sin exceptuar los arrieros, y les hurtaron todos sus bienes y mulas. Lo que también ejecutaron con otros arrieros que del pueblo de Irupana conducían dos pearas de coca a la ciudad y se habían acampado la noche anterior, poco más abajo del puesto de aquella desgracia, sin que pudiese salvar más que el mayordomo de Guayguasi, don Casimiro Loyola, que dudoso de la sublevación pasó a reconocer aquel suceso y se halló acosado de los indios de la rebelión, que lo aguardaban emboscados en una encañada, hasta que picando la bestia y atropellando a varios pudo salvarse su persona y de paso arrebatar a su mujer e hijos, aunque se le desgració uno, tierno de edad, a quien no tuvo tiempo de conducirlo y lo mataron los alzados que venían por la retaguardia, con sangrientas carnicerías en las haciendas de tránsito y en los inocentes que viajaban o que huían de su furia, pero con la desgracia de ser asaltados”. [1] La venganza de los españoles contra los insurrectos será aún más violenta. [2] Será el principio del fin de casi trescientos años de dominación colonial. 
Al principio, los confundió con cactus, pero los cactus no se movían. Clemencia vio cómo los indios bajaban por las laderas de los cerros que se alargaban hacia el sur. Pensó en gritar, pero no lo hizo, siguió cantando para sí las tristezas de África, los recuerdos de África.
Mientras aquellos se acercaban, empezó a sentir un estremecimiento por todo su cuerpo, como si los cantos le retumbaran adentro, empezó a oír otros tambores de guerra, los de aquellos guerreros del rey Bembé, que también habían sido vencidos, que también habían sido humillados, y supo entonces que lo irremediable ya estaba sucediendo y que nada detendría el dolor de la historia, y la sangre y la sed de justicia. Supo, a su vez, que eso que no podía ni debía ser detenido, que esos afanes subversivos de los indios se asemejaban mucho a su propia redención, a la de su propio pueblo, a los árboles que añoraba desde que la secuestraron del África cuando ella era Kianda. [3]
Entonces, ella, Kianda, que no lloró nunca en su cautiverio, empezó a llorar secamente, empezó a llorar unas lágrimas escasas y duras pero tristes, tan tristes que hubieran podido inundar el mundo.
Esas lágrimas, esas lágrimas definitivas, no eran para ella: eran para el niño Joaquín, que aún estaba desayunando en la mesa, mostrando complacido a sus padres el dibujo del toro. Luego no supo más. Una piedra certera le acababa de astillar el rostro.
 
Río Abajo, 25 de abril de 2018

*Escritor argentino

 

(1] Tomado del Diario del alzamiento de indios conjurados contra la ciudad de Nuestra Señora de La Paz, provincia de Charcas en el Perú, escrito por el oidor Francisco Tadeo Diez de Medina, edición de María Eugenia del Valle de Siles, publicado en La Paz, Bolivia, 1994.
[2] Para ser ecuánimes con la historia, transcribiremos otra entrada del diario referido. “Sábado 27 (de octubre de 1781). Salió el comandante de La Paz, Río Abajo, con sus gentes a Mallasa, cuyas casas incendiaron con muerte de algunos rebeldes y por las cabezadas hacia el pueblo de Achocalla; hizo nuestro General una correría contra un motín de rebeldes que hacían muchas extorsiones y averías en el camino; hurtaron 12 pearas de harinas en él y aún corre con una parte de los cochabambinos que clandestinamente destilaron del campamento por hurtar y saquear las casas de dicho pueblo y dar pábulo a su genio adherido al pillaje, a quienes los sorprendieron dispersos entre las casas; y parece que en opinión juiciosa pasaron de 200 y tantos los indios que murieron en dicha correría, huyendo y desbarrancándose muchos por aquellos lugares ásperos de serranías gredosas, torreones, agujeros profundos y conejeras”.
[3] Sirena en lengua bantú.