Acerca del pensamiento antiimperialista

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

El imperialismo como forma de dominio tutelar (una nación tutelando a otras bajo diferentes formas y procedimientos) fue una doctrina que gozó de legitimación y justificaciones de diversa naturaleza hacia mediados y fines del siglo XIX, su momento de mayor auge en nuestra modernidad. Por aquellos años, en Europa se vivía una renovación en la filosofía social, sustentada en las nuevas premisas extraídas de la ciencia biológica, las observaciones botánicas y zoológicas que dieron lugar a nuevas teorías sobre la creación y la evolución.

Charles Darwin había publicado en 1859 su revolucionaria obra El origen de las especies (cuyo título completo es El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida), donde expuso novedosas tesis referidas a la selección natural y la adaptación al medio como dinámica evolutiva.

Las observaciones científicas sobre las plantas y los ecosistemas hechas por Darwin (1809-1882) fueron utilizadas más tarde por pensadores sociales para explicar el funcionamiento de las comunidades humanas y sus relaciones civilizatorias. Esto ayudó a consolidar la idea de que existen naciones, razas y sociedades más aptas o evolucionadas que otras, y que estaban llamadas a tutelar a las razas o naciones más primitivas.

Por supuesto, tales interpretaciones carecían de la base, la científica aplicada por Darwin en su libro —verdadera revolución que mejoró la comprensión de la naturaleza. Sin embargo, estas analogías carentes de método sirvieron para justificar la explotación y el arrasamiento de las naciones tecnificadas, por sobre otras de economías no industrializadas o de riquezas fisiocráticas.

Esta nueva visión del mundo material y social generó una corriente que fue conocida coloquialmente como darwinismo social, con Herbert Spencer como uno de sus mayores exponentes. Con su obra de 1863, Principios de la biología, Spencer retomó —o más precisamente reformuló— algunas ideas ya expuestas en El origen de las especies. El propio Charles Darwin elaboraría también un controversial corpus teórico en una obra posterior titulada El origen del hombre, publicada en 1871, en la que traza parámetros hoy considerados claramente racistas y supremacistas.

En esta nueva obra, Darwin estableció bajo un barniz científico diferentes tipologías humanas, diferenciando entre razas civilizadas y razas salvajes, definiendo entre ambas una separación biológica y ontológica (como entidades diferenciadas), y no sólo culturales o de instrumentación socioeconómica. En uno de sus párrafos más discutidos, el padre de la teoría de la evolución afirmaba que: “(…) En algún período del futuro, no muy distante, tal vez en unos siglos, es casi seguro que las razas civilizadas del hombre exterminarán y reemplazarán a las razas salvajes en todo el mundo”.

Charles Darwin, sin duda, estaba influido por la obra de su contemporáneo, el también inglés Thomas Malthus, que había publicado en 1798 su influyente Ensayo sobre el principio de la población, en el que se aborda el problema del exceso poblacional y formas de eugenesia como solución.

En una época de descubrimientos tecnológicos y surgimiento de nuevas clases sociales debido al maquinismo industrial (ya había sido publicado el Manifiesto Comunista de Marx y Engels en 1848), no resulta extraño pues que tales interpretaciones del mundo físico y cultural, realizadas desde una perspectiva eurocentrista, hayan servido de base doctrinal a un voraz impulso imperialista verdaderamente desenfrenado que se desató entre las potencias europeas por esos mismos años.

El reparto colonial de África, del sudeste asiático y amplios territorios insulares del océano Pacífico fue el resultado directo de estas ideas claramente supremacistas, contenidas en aquellas obras revolucionarias para su época y de enorme influencia académica y sociológica, a pesar de que fueron duramente criticadas por corrientes humanistas y científicas más rigurosas.

La idea de un mundo escindido entre naciones evolucionadas y otras sumidas en una difusa barbarie resultaba una plataforma filosófica demasiado atractiva para justificar los avances hegemónicos que el nuevo capitalismo industrial imponía: una división internacional del trabajo en la que unos poco países dueños de la técnica buscarán expandirse hacia unas periferias ricas en recursos esenciales para el maquinismo y el comercio.

El dominio belga sobre el Congo, bajo el reinado de Leopoldo II, y las colonias británicas, alemanas o francesas que competían entre sí fueron creando tensiones internacionales que finalmente eclosionaron en la Primera Guerra Mundial, que fue además la primera gran demostración moderna de barbarie organizada.

El inicio de la Gran Guerra de 1914 significó el fin del expansionismo colonial en África, pero también expuso una situación paradojal desde una perspectiva darwiniana: los países autodeclarados civilizados fueron los precursores y protagonistas de los peores actos primitivos realizados por la humanidad: la guerra de trincheras, los genocidios programáticos, el uso de armas químicas, la utilización de lanzallamas para carbonizar vivas a tropas acantonadas o los inhumanos campos de concentración (que fueron una creación británica en las guerras anglo-bóeres de finales del siglo XIX).

Aquel enfoque doctrinal denominado ‘civilizado’ y perfilado por Darwin, Spencer y otros, halló su cenit de contradicción en los campos de exterminio de la Alemania nazi y la invención de las armas nucleares, con Hiroshima como culminación de esa barbarie. Demostró que la civilización tecnificada no queda así eximida de primitivismo por utilizar metodologías avanzadas. La barbarie fue potenciada por esa idea de lo superior tutelando lo inferior. He allí su paradoja.

Como vemos, las derivaciones de este racismo científico colonial, exportado a diversas regiones del mundo, terminaron afectando no sólo a los pueblos arrasados por el imperialismo tecnocrático, sino también a las propias metrópolis supremacistas, finalmente aplastadas entre sí en un afán de dominio geopolítico y económico, básicamente irracional. Es decir, primitivo.

Este ideario de países tecnificados imbuido de un componente racial (los pueblos caucásicos dominando a otros que no lo son) resulta medular para entender la fenomenología imperialista. Algo que tuvo hondas repercusiones en América Latina y para el propio imperio español que, a pesar de ser una fuerza expansionista, fue considerado la expresión indeseada de una nación inferior a la que había que arrebatarle sus espacios conquistados para dar lugar al avance del hombre blanco puro, entendido como anglosajón o germano, sin las mezclas morunas del sur europeo.

Desde esta lectura, la mestiza raza española quedaba muy por debajo en la escala zoológica del resto de Europa. El avance estadounidense sobre Cuba, Filipinas y Puerto Rico (últimos bastiones españoles importantes a fines del siglo XIX) fue una maniobra apoyada sobre estos supuestos darwinistas.

Estados Unidos se sumó de esta manera a las corrientes europeas colonialistas, tomando los territorios hispanos y a las nuevas repúblicas latinoamericanas como el nuevo espacio por dominar y civilizar, en tanto civilización significaba dominio con subordinación económica y de otros órdenes. (Continuará en la próxima edición)