Luis Posada Carriles, el terrorista predilecto

Por Alejo Brignole

Muchas veces, para entender una época, un momento histórico o la naturaleza política de una nación, basta asomarse a unas pocas biografías, pues éstas son el reflejo de su tiempo. Tal es el caso del cubano Luis Posada Carriles, un hombre que transitó las cornisas más tenebrosas del ser humano, convirtiéndose en un terrorista fiel y en un mercenario obediente de las agencias estadounidenses que lo reclutaron para herir y desestabilizar a la Cuba revolucionaria.

Su crimen más sonado fue el que le aseguró un recordatorio ruin en la historia de la humanidad: el atentado del 6 de octubre de 1976 que derribó el vuelo 455 de Cubana de Aviación, en el que murieron 73 personas, mientras cumplía la ruta Barbados-La Habana.

La aeronave fue abatida con explosivos C-4 y en el atentado perdieron la vida 57 ciudadanos cubanos entre otras nacionalidades, incluidos los 24 miembros del equipo nacional juvenil de esgrima de la nación caribeña. Todos ellos —apenas jóvenes que cumplían los 20 años— retornaban a su país luego de haber ganado todas las medallas de oro en el Campeonato Centroamericano y del Caribe. También perdieron la vida algunos funcionarios surcoreanos.

El criminal atentado fue ordenado directamente desde la Casa Blanca —ocupada por Gerald Ford en ese momento, luego de la destitución de Richard Nixon por el caso Watergate, dos años antes— y significó el primer derribo de un avión de pasajeros ocurrido en Occidente. De esta manera, Estados Unidos inauguró una modalidad de terrorismo que hoy es temida en todo el mundo y que contabiliza terribles episodios en muchos países.

El caso de Luis Posada Carriles merece una mención detallada —y que nos resulta forzosamente odiosa— porque su biografía explica con claridad los mecanismos dispuestos por Estados Unidos en América Latina —y en todo el mundo— cuando se trata de obtener resultados en su política exterior. En este sentido, Posada Carriles fue un alumno típico, un mercenario avanzado de los ejércitos invisibles financiados por las agencias norteamericanas para esconder sus crímenes tras fachadas apócrifas o de bandera falsa.

Nació en 1928 en la localidad de Cienfuegos, en Cuba, y debido a su afición a las armas y sus conocimientos de química la CIA se fijó en él tras el triunfo de la Revolución que derrocó al dictador Fulgencio Batista el 1 de enero de 1959. Tras ser entrenado en 1960 en Fort Benning —en el estado norteamericano de Georgia— es enviado a Guatemala para preparar a los exiliados cubanos que fueron seleccionados para la llamada Operación Mangosta, cuya culminación sería la fallida invasión en Playa Girón (Bahía de Cochinos) en abril de 1961.

Hombre tan perspicaz como cobarde en la acción, este terrorista evitó participar en los ataques directos de la fracasada invasión, negándose incluso a concretar un segundo desembarco cuando la primera cabecera de playa fue aplastada por las fuerzas revolucionarias.

A pesar de esta condición mezquina de su naturaleza, ausente del valor físico necesario a la hora de ejecutar las órdenes de sus amos, Luis Posada Carriles fue ampliamente utilizado por la CIA en diferentes escenarios mundiales, siempre para cumplir tareas de lesa humanidad, terrorismo de Estado o atentados con bombas.

Relacionado hacia mediados de los años 60 con el empresario cubano anticastrista Jorge Más Canosa, estuvo implicado en una planificación que intentaba la voladura de un barco soviético en aguas mexicanas. Su historial de acciones fue extenso y en él destacaron colaboraciones como asesor de seguridad u organizador de grupos desestabilizadores en diversos contextos latinoamericanos.

Llegó a actuar en El Salvador, Argentina y Guatemala. En octubre de 1967, el Gobierno estadounidense envió a Posada Carriles a Venezuela, donde se incorporó a la Dirección General de Policía (Digepol). Bajo el seudónimo de ‘Comisario Basilio’, se encargó de tareas contrainsurgentes, entrenando a torturadores en el aparato estatal y organizando centros de detención con grupos de tareas para neutralizar y desaparecer a activistas venezolanos de tendencias comunistas o socialistas.

En 1971, durante la extensa visita que realizó Fidel Castro como invitado del gobierno socialista de Salvador Allende, fue enviado a Chile con la misión expresa de matar al líder cubano. Según estos planes, Posada Carriles y su equipo arribaron a Santiago de Chile con documentación falsa, como periodistas y camarógrafos de Venevisión —canal venezolano—, pero una vez más la cobardía del mercenario cubano le impidió cumplir sus órdenes: estuvo a muy poca distancia de Fidel y a último momento no tuvo el valor de perpetrar el magnicidio, temeroso de las consecuencias inmediatas que podría sufrir, incluido un linchamiento.

El nombre de Luis Posada Carriles estuvo asociado a lo más lúgubre de la historia secreta del siglo XX en el contexto de la Guerra Fría, instruyendo y estructurando equipos de asesores especializados en los famosos Manuales Kubark de la CIA (manuales de torturas y desestabilización).

Estuvo involucrado en el llamado Plan Cóndor de represión transnacional en América Latina —entre 1970 y 1980—, cuyo programa fue alentado por el asesor en Seguridad Nacional Henry Kissinger, a imitación del Plan Phoenix llevado a cabo unos años antes en el sudeste asiático para desaparecer y torturar a elementos izquierdistas en Vietnam del Sur, Camboya y Laos.

La influencia de Posada Carriles llegó también a Europa, en donde la CIA lo conectó con elementos de la Operación Gladio, orquestada como una red anticomunista europea con agentes de los servicios secretos de Europa Occidental —el MI6 británico y los servicios italianos y franceses, entre otros.

Esta vinculación entre el terrorista cubano y la red europea produjo en 1976 diversos atentados, como el del 22 de abril en la legación diplomática cubana de Lisboa, en Portugal, en donde fueron asesinados dos diplomáticos cubanos. Otros atentados en Colombia, en Jamaica y Costa Rica dan cuenta de la logística y la movilidad que poseía este emisario del aparato criminal que Estados Unidos utilizaba en todo el mundo. También operó desde El Salvador contra la vecina Nicaragua, donde la Revolución sandinista en 1979 puso fin a cuatro décadas de dictadura somocista.

Con casi 70 años, en 1997, Posada Carriles fue el organizador de una ola de atentados explosivos en diversos hoteles de La Habana. La inteligencia cubana logró identificar a los autores materiales —que resultaron ser centroamericanos— y tras su detención confesaron haber actuado por orden de Posada Carriles.

Pero como es propio de los colonizados que actúan a cuenta de sus amos, Posada Carriles también conoció la cárcel en Estados Unidos, a la vez que era protegido por su sistema judicial evitando extradiciones y las consecuencias indeseadas de sus actos terroristas. Ya cuando su carrera declinaba, este genocida comenzó a aparecer en listas terroristas del FBI y en documentos desclasificados de la CIA, que es la forma que tiene el Gobierno estadounidense de sacudirse a sus sirvientes más abyectos.

Y como no podía ser de otra manera, el terrorista cubano Luis Posada Carriles murió en Miami —considerado un ghetto gusanero donde concurren los colonizados culturales de toda América Latina— el 18 de mayo de 2018, a los 90 años, de un cáncer de garganta. Falleció impune tras una vida torturando, destruyendo vidas humanas y trabajando como esclavo privilegiado de una nación que lo utilizaba como el brazo ejecutor de sus crímenes imperiales.