Encuentros en el Arcón

Con señas primarias me saludó, tosía a destiempo, me pidió ayuda para desensillar la alforja que traía el Arcón.

Luis Mérida Coímbra*

El Arcón enviado por Pedro Balestra Honolundo me fue entregado sigilosamente esa madrugada en las tinieblas de la alta Amazonia por un extraño jinete, quien dejó el cofre mencionado; yo atizaba fuego en la floresta henchida de vegetación, belleza, candor, misterio. Fue un acontecimiento que me marcó para siempre, dejándome una huella perenne e imperecedero estigma.
El templario personaje de la luz y las tinieblas llegó cabalgando en un rocín azabache; llevaba ropaje de cuero pulimentado, muy raído. Su constitución del montaraz era dura como el ébano, su rostro de una palidez preocupante: mostachos tibios, níveos, una chiva mosquito amarillenta de nicotina barata, sus manos huesudas, callosas. Llevaba puestas unas botas desalmadas con espuelas bruñidas.  Tenía un capote descolorido, salpicado. Sus ojos de ceniza con un iris inflamado que denotaba vileza y brillantez. Un sombrero alón lleno de soles y lluvias.
En su corcel trajo el Arcón labrado con madera noble; venía amarrado con un cuero rudimentariamente trenzado, tenía aldaba inservible, quebrada; tablón con incrustaciones de cobre sedimentado, vilmente oxidado.
Con señas primarias me saludó, tosía a destiempo, me pidió ayuda para desensillar la alforja que traía el Arcón; tenía fuerte sudor azufrino y tufo alcoholizado. Sus labios tenían infección, por lo que parecía estar privado de oralidad, repitiendo varias veces: “Sin Oxte ni Poxte”.  Se negó a beber el café ofrecido, dejó la encomienda, firmé un papelucho, montó su chúcaro caballo y como diablo que lleva el viento desapareció por el sendero a galope tendido. 
El Arcón fue depositado junto al fogón, llevaba incrustado en su tapa el nombre de Florilegios de la Tierra Pura: Esa madrugada me encontraba solitario, reflexionando, cavilando, calentaba café amargo, lo bebería con alcohol para ilustrar la madrugada, cuando se aproximó aquel potro espueleado por el caballero de la siniestra figura y noble imagen. Abrí la caja de Pandora, lo que produjo un silencio sepulcral en el monte, la grillada dejó de serruchar sus violines, el fuego se congeló en solemne llamarada. Todo era mustia calma. Del Arcón salió un sonido selvático con tinte melancólico: parecía Silvano semidiós de la selva, cuyo olor salicílico emanaba un penetrante silúrico.
En el interior encontré, entre otras alhajas, dos conos cilíndricos, uno de bambú y el otro de un obús recortado. En el obús están depositados los documentos privados, su fe de bautismo, certificados, edictos, sentencias, casi todos ilegibles, a no ser por sus titulares y los sellos de rigor, unos brasileños, otros de Bolivia. Hay uno clarísimo de Portugal. Venían empastados en cuero bermejo, de algún venerable venado.
Muchos periódicos vienen al fondo, tales como el Noroeste, La Gaceta del Norte, La Prensa, El Siringuerito, El Eco de Riberalta y El Beni, fundada por un doctor Zabala. Notas dispersas; gracias de muchachas que desfloró Pedro Balestra Honolundo. Textual; nombres de caballos, de perros, de puertos.  
En el cono de bambú hay litigios de procedencia dictatorial, al parecer, usurpaciones de territorios indígenas, folios escritos por amanuenses con infinidad de rúbricas indescriptibles. Aporías del pensamiento.
Lo restante de la caja es un fajo de fotos sepiadas, descoloridas, también hay piezas de brujería, de santería, frascos de tinta china, plumas fuentes, espejuelos rotos, dos libros deshojados de Sor Juana Inés de la Cruz, otro de los  poetas brasileños Manuel Bandeira y Oswald de Andrade; sellos, canutos; una brújula, un pisapapeles, una dentadura postiza con tres dientes de oro, un amarro de cabellos castaños. No deja de llamar la atención una campañilla bañada en oro, tallada con arabescos, su repique es fino y retumbante a la vez, posee una connotación auditiva como disparo de arma corta. Existe una carta ajada e introducida en una de sus páginas del libro de poemas, misiva al parecer de la madre de Pedro Balestra Honolundo, de nombre Ubalda del Perpetuo Socorro De Balestra, dirigida a su hijo;  escrita en Santa Cruz e informando el  fallecimiento de su padre por causa palúdica, acontecida en el río Madre de Dios, cerca de la cachuela Palacios, en el Perú; falleció en una barcaza que llevaba cargamento de oporto lusitano y coñac francés a las barracas de la bolacha, fue enterrado en una de sus riberas.
En esta caja, separada de los tubos cilíndricos, hay un cartapacio, forrado en cuero negro, con titular en pan de oro: “Espaços de Sabedorias Iluminadas”, son cuarenta páginas, versos escritos a mano, letra palmer, textos sintéticos, semejantes a lecturas espiritistas, todas en portugués que se editarán posteriormente.

*Cineasta y escritor