La llama

Era el animal que podía caminar por tierras frías y calientes sin mayores problemas...

Carlos F. Toranzos Soria*

Durante las festividades del solsticio de invierno, en el Cono Sur, estaban reunidos los grandes dioses y diosas y pequeños dioses y pequeñas diosas. Se reunían dos veces al año: en el solsticio de invierno y en el solsticio de verano.
Estas reuniones eran para ver cómo seguía funcionando la línea diagonal que cruzaba el universo. Hacían las mediciones necesarias. Medían y veían si el camino (qhapaq ñam) entre el oeste infinito y este profundo estaban alineados. Calculaban los grados entre el punto norte, a 45 grados entre el punto del oeste y el este profundo a 22 grados y 30 minutos entre el punto este y la Gran Diagonal. La Gran Diagonal es la línea de la verdad y la vida, y está a 22 grados y 30 minutos entre ésta y el sur.
Este cálculo era fundamental para definir las fechas de los solsticios.
Como se sabe, el universo se mueve todo el tiempo y los grados y los minutos son importantes para que la reunión sea en el punto de convergencia.
Esta reunión era donde se definirían los pasos por dar: unas veces más lluvia, otras más viento, otras más nieve, a veces granizo y meteoritos nuevos y estrellas fugaces. Todo se definía en esas reuniones. Wirakocha las presidía y con Él/ Ella, el dios Inti y la diosa Killa.
Recibían sugerencias y actuaban al instante si eran aprobadas por mayoría, si no, reconsideraban y veían si era posible rectificar o ratificar más tarde. Nunca dejaban de ser claros en los acuerdos y nadie tropezaba o desistía con lo que se acordaba.
Se cree que Wirakocha tenía la palabra final, y no era así. Él siempre consultaba con todos y muchas veces se convertía en mujer u hombre, o perro, o rana, y veía cómo iba todo, analizaba y discutía con los otros dioses.
Esta vez, lo más lamentable era que los habitantes de su planeta favorito no tenían apoyo para sus trabajos de carga, ni tampoco para vestirse ni para comer mejor. Puma dijo y comentó que los humanos estaban muy abandonados, sin apoyo claro de los dioses. Eran independientes, pero necesitaban apoyo. Puma y Katari habían visto cómo cargaban los frutos sobre sus espaldas y era un trabajo muy duro. 
Katari había sugerido la donación de algún animal que fuera amigo de los humanos. Puma dijo que era buena idea, Cóndor lo mismo. No sabían qué animal sería.
Pensaron en la tortuga, en el mono, en el camello, en el caballo, en el burro. Todos tenían algo de bueno y algo de malo. La tortuga era muy lenta, el caballo tenía las patas muy débiles para la carga grande, el camello era incómodo para llevar carga. El burro era muy útil pero también lento en las montañas. Pero quizá era lo más cercano a la idea de animal útil.
Wirakocha dijo: “El camello es lo mejor, tiene lana, tiene patas fuertes. No es un animal malo y le gusta trabajar. Así que pondremos el camello en el altiplano y los valles”. Una diosa menor dijo que quizá era buena idea, pero que en las tierras altas sus patas podían ser un problema. 
Esa diosa dijo que ella tenía un modelo de animal muy bonito y era como un camello, pero no era un camello. Ella dijo que lo llamaba “llama”, y eso era porque era casi como la palabra camello, pero si se mezclaban las letras daba llama. Camalla no sonaba bien y mezclando y quitando le pareció que “llama” era mejor y se quedó como su nombre.
Les mostró su animal y todos estaban muy satisfechos. Sólo había un problema, la llama era algo temperamental, escupía si estaba enfadada. 
Los dioses dijeron que los humanos sabrían, perfectamente, qué hacer en casos de enojo de la llama. 
Este animal daba lana, carne y apoyo llevando carga. Era el animal que podía caminar por tierras frías y calientes sin mayores problemas. Su lana sería utilizada. Mama Ojllo y Manco Kapaj enseñarían a tejerla en ropas que cubrirían sus cuerpos y los protegerían del frío. Junto a la llama otras diosas dijeron que quizá sería aconsejable crear amigos y amigas. Así nacieron la vicuña y la alpaca. Una, la vicuña, era muy tímida y muy asustadiza, y la otra menos, y su lana era algo más fina que la de la llama.
Entonces dijeron: “manos a la obra”, y así nacieron los camélidos en los Andes. A una diosa menor se le ocurrió otro animalito ágil y guapo, lo aumentó en la lista. Éste era el guanaco, que viviría en tierras más frías y altas. La diosa que diseñó la llama impuso un detalle. Dijo que no serían todas del mismo color, las pintó negras, blancas, marrones, marrón con blanco, blanco con negro. Y las alpacas y vicuñas también, pero menos coloridas. Los humanos se sintieron felices de recibir ese gran regalo de los dioses. 

*Docente emérito de la Universidad Anglia Ruskin, en Cambridge, Reino Unido.