La estrategia imperial del satélite privilegiado

Espacio de Formación Polítíca

Por Alejo Brignole

El germano-estadounidense Henry Kissinger, del que ya nos hemos ocupado en este mismo espacio (véase la edición del domingo 6 de agosto de 2017), fue secretario de Estado de los gobiernos de Richard Nixon y Gerald Ford entre 1969 y 1977, y asesor de seguridad nacional también en esas mismas presidencias.

Kissinger fue un político sin carrera electoral que se destacó por su aguda inteligencia estratégica, la cual estuvo siempre signada por una total ausencia de ética para aplicar ideas y metodologías útiles a la política exterior que comandaba por esos años.

Durante el apogeo de su influencia —siempre la tuvo, incluso hoy a sus 95 años—, el mundo estaba partido por la Guerra Fría y Kissinger formuló muchas de las directrices que EEUU implementó en su lucha por la hegemonía mundial. Sus recomendaciones y análisis se extendían sobre temas tan diversos como las políticas nucleares, los yacimientos estratégicos mundiales, el control demográfico, la cuestión cubana, África, China o el dominio de los electorados europeos peligrosamente volcados hacia la izquierda. También el rol de Estados Unidos en un futuro eventual, con o sin la Unión Soviética.

Fue en este sentido un hombre brillante y dotado de una mirada profunda, capaz de ver más allá de las coordenadas de su tiempo. Una mirada que proyectaba sin los incómodos planteamientos que impone una lógica humanista. Henry Kissinger era un profuso escritor de informes y papers reservados o clasificados, seguidos de recomendaciones claramente criminales, como reducir la población mundial u organizar grupos de represión y tortura en países del tercer mundo. La Operación Fénix, en el sudeste asiático, y la Operación Cóndor de terrorismo de Estado, en Sudamérica, son hijos de la urdimbre intelectual de este alemán arrepentido que abrazó a Estados Unidos con fervor.

El clamor de millones de vidas —desaparecidos, torturados o asesinados por fuerzas estatales– fue el producto de las concepciones estratégicas de uno de los hombres más oscuros que dio la humanidad. Un político extraordinariamente perspicaz que ejerció un poder omnímodo en una nación igualmente poderosa, como Estados Unidos. De allí que sus pensamientos más tenebrosos hayan podido aplicarse con casi total impunidad en medio planeta.

A finales de la década de los años 1960 —cuando Kissinger comenzó a destacar en los ámbitos de la alta política norteamericana—, América Latina era un hervidero de ideas y movimientos liberadores, tanto en el ámbito social como intelectual. Bajo la influencia bienhechora de la experiencia cubana que había roto el mito de la supremacía estadounidense —incapaz de derrotar a una pequeña y obstinada isla—, Latinoamérica bullía de iniciativas que buscaban crear una arquitectura soberana en la región. Era, pues, una región rebelde, en tanto rebelde significaba opuesta a las premisas intervencionistas de Washington.

El intento del Che en Bolivia en 1967, el extraordinario experimento socialista chileno bajo Salvador Allende a partir de 1970, las fuerzas sandinistas de Nicaragua (que engendrarían nuevo Estado revolucionario en 1979) o las presiones populares e insurgentes en Argentina para que retornase Perón de su exilio forzoso, creaban en Washington la percepción de un ‘patio trasero’ fuera de control. Idea además reforzada por una generación de pensadores sociales que daban forma a un nuevo corpus doctrinal –económico y político– peligrosamente sólido para los intereses corporativos estadounidenses.

La respuesta a esta efervescencia descontrolada y alarmante en el hemisferio fue la muerte programada. Una maquinaria genocida pergeñada y lubricada por hombres como Henry Kissinger, que se ocuparon de pensar los diseños necesarios para aplacar tales tendencias y eliminar el problema mediante la supresión democrática en todos los países.

Con dictadores entrenados por el Pentágono y la CIA en la Escuela de las Américas se iniciaron verdaderos baños de sangre con torturas masivas y desapariciones programáticas de opositores. Basándose en el modelo vietnamita de la Operación Fénix aplicado entre 1965 y 1972, en América Latina se desarrolló la Operación Cóndor entre 1970 y 1980. Este último, a imitación del atroz organigrama asiático, no fue sino una planificación transnacional para producir un exterminio selectivo entre las sociedades latinoamericanas a fin de cesar y neutralizar cualquier intento liberador.

Pero las estrategias estadounidenses eran mucho más abarcativas que la eliminación física y la instauración del terror en toda la región. Lo que estaba en juego —principalmente— era la organización futura de la economía regional. Fue para ello que Henry Kissinger concibió la llamada Estrategia del Satélite Privilegiado.

Pero… ¿En qué consistía? ¿Qué describía este nombre?

Se trataba, ni más ni menos, de una concepción imperial de la economía hemisférica, centrada en el supuesto de que los países latinoamericanos eran apenas satélites de un poder central representado por Estados Unidos, como un sistema Copernicano en el que todo giraba alrededor del centro de gravedad hegemónico.

Bajo esta lógica, Kissinger lanzó una idea bastante radical que buscaba fortalecer a uno de esos satélites hasta niveles dominantes,y debilitar así a las demás naciones del entorno.

El país elegido por Kissinger fue Brasil, que en 1976 continuaba bajo sucesivos gobiernos militares iniciados por la tenebrosa dictadura del general Castelo Branco, en 1964. Brasil sería, por tanto, ese satélite privilegiado, y hacia él Washington volcaría una serie de prerrogativas industriales, arancelarias y estratégicas para que la nación se convirtiera en una suerte de delegado imperial. Un país subordinado, pero también industrializado con el apoyo corporativo estadounidense. Desde allí, Washington dominaría las economías regionales a través de estas corporaciones convenientemente asentadas en el satélite designado como favorito. Ello implicaba que las dictaduras vecinas también cooperasen con la agenda marcada por Washington.

En este contexto, Argentina —el otro país industrializado de América del Sur— debía rendir sus políticas a esta doctrina. Ello incluía cerrar fábricas y trasladar las plantas productoras al Brasil, además de derribar restricciones aduaneras y privatizar áreas claves de la economía. Algo que la dictadura argentina hizo con obediencia de la mano de su ministro José A. Martínez de Hoz, un hombre formado en la Escuela de Chicago y sumiso colonizado, perteneciente a una vieja élite ganadera y empresarial argentina.

La intención era reducir a la Argentina a su rol de país exportador de carnes y granos, así como Bolivia debía hacerlo con su gas o Chile con su cobre. Según esta doctrina, Brasil y sus oligarquías fungirían como una empoderada sucursal de la hegemonía norteamericana dotada de nuevas prebendas, aunque siempre bajo las directrices de Washington.

El programa incluía además —tal como hoy ejecuta Macri en Argentina o Temer en Brasil—una precarización del sistema laboral y un deterioro gradual del sistema educativo regional para desalentar la producción de técnicos calificados. En Brasil ello generaría también una dependencia a la formación externa otorgada por las mismas transnacionales asentadas en el satélite, como premio a su fidelidad. Como vemos… los tiempos no han cambiado tanto, ni tampoco las batallas pendientes.