Colombia, entre el continuismo y el cambio

Tania Peña / Prensa Latina

El 17 de junio, los colombianos elegirán al nuevo presidente del país entre un candidato que representa a la oligarquía que gobernó siempre y otro que se erige en paladín de una sociedad cansada de la violencia y la desigualdad.

Pugnarán por la jefatura del Estado el representante de la extrema derecha Iván Duque y el exponente del movimiento Colombia Humana y de la Coalición por la Paz, Gustavo Petro.

Por primera vez en la historia de la nación, un candidato de la centroizquierda pasa a una segunda vuelta a disputar la jefatura del Estado, en claro desafío al poder de las maquinarias políticas, financieras y mediáticas.

Vamos por el voto de opinión y de las ciudadanías libres, fue la premisa de la campaña del economista de 58 años de edad, quien no sólo promete mantener el acuerdo de paz, sino avanzar hacia una Colombia menos desigual, sin hambre y con educación y salud para todos.

En opinión de Petro, los cinco millones de votos que obtuvo en la primera vuelta (25,09% del electorado) derivaron de una gran base social de jóvenes, campesinos, afros, indígenas y trabajadores, quienes se expresaron contra el peor mal que aqueja a Colombia: la desigualdad social.

Ese resultado electoral sobresale si se toma en cuenta el volumen de propaganda sucia en su contra, atizado de cara al balotaje presidencial y favorecido por el dominio de la oligarquía sobre los monopolios de la información.

Que el exguerrillero del M-19, exalcalde de la capital y excongresista haya logrado desbordar las plazas públicas es asombroso en un país donde la estigmatización en su contra es avasalladora.

Está visto que el candidato de la Colombia Humana resultó ser un fenómeno político insólito para muchos, pero indiscutiblemente renovador de muchos paradigmas de la cultura electoral, afirmó el analista colombiano Alberto López de Mesa.

Sin embargo, como agregó otro politólogo, ese germen de la nueva Colombia, la Colombia Humana, encuentra en su camino al viejo país, al de los intereses y poderes asentados que se ceban en la ignorancia de una gran parte de la sociedad.

Por eso, las maquinarias políticas en torno a los partidos del establishment se unieron a la campaña de Duque, el representante del Centro Democrático, el partido que lidera el expresidente (2002-2010) Álvaro Uribe.

La fuerza del uribismo es grande en Colombia. Quedó demostrado en las pasadas elecciones legislativas, en las que obtuvo el mayor número de escaños en el Senado y en la primera vuelta de los comicios presidenciales, en la que Duque se impuso con el 39% del sufragio.

Hay un factor adicional y no menos importante que ha obrado históricamente en favor de la derecha y en contra de la centroizquierda: la capacidad de la primera para unirse en los momentos cruciales y la miopía de la centroizquierda al anteponer egos a responsabilidades históricas.

Muchos en Colombia no se explican que los excandidatos Sergio Fajardo (Coalición Colombia) y Humberto de la Calle (partido Liberal), con programas de gobierno muy similares al de Petro, hayan optado por el voto en blanco en el balotaje, una estrategia favorable a Duque.