Un ejemplo para las nuevas generaciones

Este 12 de junio, el presidente Evo Morales cumplió la palabra empeñada en nombre del Estado y como se había comprometido, entregó los premios pecuniarios a los 59 atletas bolivianos que alcanzaron un gran rendimiento en los XI Juegos Suramericanos —que entre el 26 de mayo y el 8 de junio se realizaron en Cochabamba— y obtuvieron medallas de oro, de plata y de bronce.

“Cumplimos con nuestra tarea de premiar, este reconocimiento por su esfuerzo, esperando que sigan preparándose y sean, además de eso, un ejemplo para nuevas generaciones” de deportistas, aseguró el Jefe de Estado.

El Gobierno premió con $us 30 mil por cada una de las medallas de oro conquistadas, $us 20 mil por cada presea de plata y $us 10 mil por cada medalla de bronce. En total, la premiación demandó una inversión de $us 570 mil.

El cumplimiento del compromiso es producto de una política deportiva con claros y definidos objetivos, lo que ha posibilitado que los XI Juegos Suramericanos hayan sido considerados los más grandes y espectaculares nunca antes organizados en nuestra región.

Ahora bien, la participación boliviana en los últimos Juegos fue de lejos la mejor de las últimas cinco versiones, ya que en Cochabamba cosechó 34 medallas (4 de oro, 15 de plata y 15 de bronce), mientras que en Brasil 2002 consiguió nueve; en Argentina 2006, siete; en Colombia 2010, 11; y en Chile 2014, cuatro.

Al innegable éxito deportivo, Bolivia sumó un legado de oro en beneficio de su niñez y juventud: escenarios deportivos dignos de cualquier competencia de nivel mundial. Así lo certificaron deportistas y dirigentes del área que participaron en los Juegos de Cochabamba.

Bolivia dispone hoy de una infraestructura para la formación de sus futuros deportistas que nunca más acudirán a una cita deportiva sólo como testimonio, sino que irán a rivalizar con gente de alta competencia.

Y si hoy Evo entregó $us 570 mil a 59 jóvenes que consiguieron una presea para Bolivia, uno de los ganadores de la medalla de oro en los Juegos de 1978, el ciclista Édgar Cueto, testimonió que en aquel entonces “a mí no me dieron ni un pan duro”.