Sumak kawsay: el arte ancestral de vivir en armonía

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

La unión con la Madre Tierra, con la Pachamama, que ha regido la cosmogonía de prácticamente todos los pueblos originarios americanos de una u otra forma, también es compartida por multitud de pueblos y culturas en casi todo el mundo.

La Gaia o Gea de los griegos, la Ñuke Mapu de los mapuches patagónicos o la diosa Amalur de los pueblos vascos del mar Cantábrico son algunas de estas expresiones que entendían la inexorable fusión del hombre con su entorno.

En África y en Asia también hallaremos conceptos análogos, junto a innumerables restos arqueológicos del paleolítico superior —como la estatuilla hallada en Alemania en 1908, denominada Venus de Willendorf y datada con 25 mil años— que exaltan lo femenino y la fertilidad como formas relacionadas con la Madre Tierra.

Todas ellas referencias que describen una verdad inexorable e imposible de ignorar: que el hombre es parte indivisible de su propio entorno. Un eslabón más de la cadena que mantiene unidos los equilibrios indispensables del planeta para su funcionamiento.

Sin dudas el capitalismo, con sus brillantes logros económicos y su ilusoria capacidad de controlar el entorno caprichosamente, ha ido desdibujando esas conexiones indispensables entre los seres humanos y el medio en el que viven.

La ciencia y el industrialismo que crecieron de la mano de la concentración económica capitalista fueron enterrando esta comprensión ancestral hasta hacerla desaparecer del ideario colectivo moderno. En su lugar y desde siglos —pero sobre todo a partir de la Revolución Industrial dieciochesca— las visiones integradoras fueron reemplazadas por las ideas de mercado, de posesión y acaparamiento de riquezas y bienes.

Esta forma individualista de entender el mundo es la que ha ido perfilando la realidad que hoy comienza a preocuparnos como especie: la de un ser humano alienado y solo frente a una sociedad mercantil que lo somete, depredando un planeta exhausto que no podrá garantizar la perpetuación orgánica de la civilización en el mediano plazo.

Quizás una de las pruebas de este divorcio suicida entre el hombre y su propio entorno podamos hallarla en unas declaraciones técnicas realizadas en 1955 por el asesor económico estadounidense y experto en mercados, Victor Lebow, que recomendaba para la economía de posguerra “que hagamos del consumo nuestro estilo de vida, que convirtamos el comprar y utilizar bienes en auténticos rituales, que busquemos nuestra satisfacción espiritual, la satisfacción del ego en el consumir. Necesitamos que se consuman cosas, se quemen, se sustituyan y se desechen. Y todo ello a un ritmo cada vez más rápido” (véase nuestra edición del domingo 28 de mayo de 2017 Ecosocialismo o extinción capitalista).

Las palabras de Lebow y su filosofía implícita permiten visualizar la esencia destructiva del capitalismo respecto de la Madre Tierra: extraer, producir, vender, usar y quemar, para repetir el ciclo indefinidamente. Es decir, utilizar a la Pachamama como un reservorio destinado a satisfacer ambiciones desmedidas y una irracional sed de acumulación.

Es de esta manera que el capitalismo construye, cada día y hora tras hora, un escenario que será de imposible administración en un futuro más bien cercano.

Algo que el sociólogo estadounidense y estudioso marxista John Bellamy Foster denominó la “brecha metabólica” o la incapacidad del medioambiente de metabolizar la actividad económica humana, en tanto parásita, extractiva y lineal de los recursos disponibles.

Bellamy Foster retomó en realidad un concepto marxista contenido en el tomo III de El Capital, en el cual Karl Marx habla de una “ruptura irreparable en el proceso interdependiente del metabolismo social”. Marx se refería a la acumulación capitalista que produce una grieta o ruptura imposible de salvar entre los diferentes actores sociales. También se refería al abismo creciente entre el mundo natural y la actividad económica humana, llena de inocultables consecuencias.

Pero a pesar del giro cultural, social y antropológico que significó la irrupción del capitalismo, en el último cuarto de siglo recobraron impulso viejas visiones para ubicar al hombre en su verdadera dimensión planetaria, social y cultural. El hombre unido a todo y formando parte de ese todo, y por tanto obligado a establecer relaciones cooperativas con el mundo. O bien perecer.

La voz quechua sumak kawsay y su equivalente aymara suma qamaña resultan una suerte de síntesis de ese conocimiento ancestral —a la vez que mandato ético— del hombre en armonía con el mundo. Traducido como Buen Vivir en Ecuador, en Bolivia ha prevalecido la traducción de Vivir Bien para describir el suma qamaña. Incluso en estos dos Estados, el vivir bien ha alcanzado rango constitucional como un derecho y una axiología válida para articular la noción de país y de sociedad que se quiere: cooperativa, centrada en el hombre y el respeto a la naturaleza.

Existen voces similares en otros pueblos indígenas, como los mapuches chilenos que profundizan en su texo kavi (vida buena), mientras que los guaraníes del Paraguay llaman al mismo concepto teko kavi.

Esta idea, que es una brújula para la convivencia entre los hombres y de éstos con el mundo material, se encuentra ya incorporada en la Constitución de Ecuador sancionada en 2008 y en la Constitución del Estado Plurinacional de Bolivia reformada en 2009. Ello significa que ambos países han emprendido un renovado camino (aunque milenario) para entender las relaciones globales desde lo político, basándose en otros parámetros de interacción económica y social.

El problema que enfrenta ese Buen Vivir, y que el género humano deberá transitar indefectiblemente para su propia continuidad como especie, es que debe cohabitar con la filosofía necrófila que hoy impera a escala mundial: la rapacidad sin cuartel contra un planeta seriamente alterado y agotado. La inhumanidad manifiesta, utilitaria y explotadora con que el hombre dirime la relación con sus semejantes forma parte de este pathos que todo lo arrasa.

En la cultura aymara, la pobreza no está relacionada con la falta de bienes o recursos, sino con aquellas personas que carecen de comunidad. Ser pobre significa no poseer apoyo cooperativo, no poder enfrentar la vida sustentándose en la fortaleza de la unión fraterna.

El sumak kawsay y el suma qamaña resultan pues las grandes abundancias del hombre unido irremediablemente a la Tierra que le dio la vida y que lo hace rico si extiende sus manos para recibir y dar en todas direcciones. De eso se trata un Buen Vivir. Una vía de armonía y concordia colectiva que contiene todas las claves para conducir hacia un socialismo horizontal y liberador para la humanidad.

¿Será el sumak  kawsay el camino que finalmente comprenderá el hombre antes de su propia autodestrucción?

Para una introducción más exhaustiva en el pensamiento de Sumak Kawsay, véanse, entre una abundante obra disponible, los ensayos Sumak Kawsay o Buen Vivir como alternativa al desarrollo en Ecuador,  de Santiago Álvarez García – Editado por Universidad Andina Simón Bolívar y Ed. Abya Yala. Y también El Buen Vivir - Sumak Kawsay, una oportunidad para imaginar otros mundos, de Alberto Costa - Ed. Icaria.