¿Qué es un genocidio?

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

Al hablar de genocidio concurren a la mente episodios históricos insoslayables, casi todos ocurridos en el tenebroso siglo XX. Una centuria trágicamente rica en sucesos que degradaron la dignidad humana hasta niveles insospechados.

La matanza de un millón y medio de armenios a manos del Ejército turco en 1915, el genocidio indígena de Guatemala o la Shoá, donde perdieron la vida 6 millones de judíos europeos en los campos de exterminio nazi, resultan citas ineludibles para atisbar la capacidad del hombre para perpetrar matanzas programáticas contra sus semejantes.

Ya sea por razones económicas, estratégicas, raciales o ideológicas, la discusión en torno a las masacres programadas muchas veces carece u omite uno de sus ejes fundamentales: que fueron causadas o inducidas por naciones modernas, jurídicamente estructuradas.

Eso significa que las prácticas genocidas no están —como habitualmente instala la historiografía oficial— relacionadas con una fenomenología del subdesarrollo. Se trata más bien de sucesos transversales comunes a todas las naciones y, extrañamente a lo supuesto, íntimamente ligados a los países más desarrollados, pues es en los genocidios donde se sustenta, en última instancia, su bienestar económico.

Bastaría asomarse al papel desempeñado por Bélgica en el Congo desde finales del siglo XIX hasta la década de 1960 para entender que la barbarie genocida (en este caso del propio Estado belga) no surge de estamentos primitivos.

Bélgica está catalogada como una nación supuestamente avanzada y muy arriba en la pirámide mundial. Sin embargo, sus prácticas colonialistas en el Congo basadas en la explotación económica, la tortura y la mutilación sistemática de millones de congoleños la colocan —o deberían colocarla— entre las naciones y las sociedades más vergonzantes del género humano.

De igual manera, Inglaterra, que fue la primera nación en crear y poner en práctica campos de concentración para seres humanos en las dos guerras Anglo-Bóer de 1880 y 1902, hizo grandes aportes para incrementar el grado de deshumanización que generó el siglo XX.

El régimen de Adolf Hitler      —que fue un culmen de barbarie hoy justamente repudiada por las naciones del mundo— fue en realidad un producto de su tiempo. La Alemania nazi nació del racismo científico e ideológico heredado de una Europa colonialista y brutal. Digamos que Hitler y su ideología fue un epítome de esa terrible herencia europea plagada de desprecio por la vida humana, tal como la inapelable historia nos demuestra.

Desde esta perspectiva, debemos analizar el exterminio judío no como un suceso focal que condujo a la civilización a su más bajo peldaño en la degradación humana, sino como resultado de una mecánica social, racial y económica que gozaba de mucha salud en las desarrolladas sociedades europeas al iniciarse la II Guerra Mundial.

Por supuesto, luego de aquella trágica lección de la Alemania nazi, la lista de genocidios en Europa cesó por un tiempo, a excepción de las últimas purgas estalinistas, hasta que asomó la guerra de Croacia en 1991.

No obstante, los genocidios se mudaron a escenarios periféricos: Ruanda, Camboya, América Latina o Argelia por citar unos pocos. Solamente en Ruanda en 1994 murieron cerca de un millón de tutsis a causa del genocidio a mano de los hutus y se estima que fueron 70 millones los muertos mundiales por genocidio durante el siglo XX.

Durante la Guerra por la Independencia de Argelia, entre 1954 y 1962, Francia entrenó escuadrones de la muerte y sistematizó las desapariciones en toda su colonia africana, torturando y asesinando a cientos de miles de argelinos.

Algo similar a lo que hacía en esos mismos años en sus colonias de Indochina, en el sudeste asiático. La eficacia francesa en sus programas de exterminio, sus manuales y prácticas contrainsurgentes crearon la que sería  llamada Escuela Francesa, luego utilizada en diversos escenarios mundiales, sobre todo en América Latina a partir de 1970. De hecho, el genocidio latinoamericano contó con asesores franceses invitados por las respectivas dictaduras para optimizar la represión encargada por la CIA estadounidense en la región.

Estos patrones de conducta estatal por naciones autoproclamadas ‘civilizadas’, con metodologías aplicadas para la muerte masiva, fueron analizados por el sociólogo estadounidense Irving Horowitz en su muy conocido ensayo de 1976 Quitando vidas: genocidio y poder estatal.

Este poder estatal puesto al servicio de la aniquilación ha tenido un efecto replicante en naciones periféricas, sobre todo en África y Asia, donde dictadores como Mobutu Sese Seko, en El Zaire (ahora República Democrática del Congo), o Suharto, en Indonesia, masacraron a decenas de miles de sus compatriotas siguiendo aquellos métodos dimanados desde Europa y por asesores estadounidenses (la lista de genocidas africanos ocuparía toda una página de este periódico). Con el agravante de que esos sangrientos dictadores contaron siempre con el apoyo político y financiero de las potencias occidentales, principalmente de Estados Unidos, Francia e Inglaterra.

Como dato útil se estima que cuando Mobutu Sese Seko murió en 1997 contaba con una fortuna personal de 6 mil millones de dólares en cuentas suizas y estadounidenses. Dinero provisto en su mayoría por los organismos financieros multilaterales como el Banco Mundial y el FMI que aseguraron flujos crediticios a su tiranía. 

No obstante, estos brutales episodios de muerte que nos ofrece la historia reciente fueron conocidos bajo la figura de ‘genocidio’ a partir de la obra del jurista polaco Raphael Lemkin. En su libro de 1944, El poder del eje en la Europa ocupada, fue utilizado por primera vez el vocablo genocidio como figura jurídica para describir eventos que promueven la muerte sistemática de grupos humanos.

Culminada la II Guerra Mundial en 1945, la obra de Lemkin sirvió como impulso jurídico ante la recién creada Organización de las Naciones Unidas (ONU). La Asamblea General de la ONU aprobó en 1946 la resolución 96, utilizando en ella la palabra ‘genocidio’ por primera vez en un documento internacional.

La resolución lo definió como “una denegación del derecho a la vida de los grupos humanos”. También dictaminó que el delito de genocidio es un crimen sometido al Derecho en cualquier lugar, dándole un carácter universal a su condena y persecución. Luego sería ampliado con figuras legales diversas, ubicando a los crímenes contra la humanidad como imprescriptibles, es decir, que no caducan si prescriben a través de los años.

Lamentablemente, las constataciones que nos ofrece la historia más moderna, la de estos años que transitamos, es que los genocidios siguen emergiendo con una terrible frecuencia, e incluso mayor brutalidad debido a un militarismo altamente tecnificado: el genocidio de un millón de iraquíes a manos de Estados Unidos, el Palestino perpetrado por las fuerzas israelíes en Cisjordania y la Franja de Gaza; las prisiones ilegales repartidas en todo el mundo para torturar y recluir a sospechosos de terrorismo sin pruebas ni procesos judiciales, y el confinamiento inhumano de cientos de miles de inmigrantes en toda Europa, sin olvidar los bombardeos indiscriminados que Washington y la OTAN realizan en todo el mundo, nos hablan de que el mundo prepara y abona quizás nuevos Holocaustos a gran escala que, seguramente, florecerán como hierbas negras en este siglo XXI.