(Propiciando) Un fin y un principio

Pablo Cingolani*

El momento en que dejemos de creer en el mundo, éste desaparecerá y con él se irán su encanto, su gloria y la belleza de las piedras; con él se perderán todas las arenas y todos los muelles, y el mundo, ese mundo en el cual creíamos, será sólo espanto, sed, dolor, olvido
 
De ahí, mi dios, que lo único que te pido es que no dejes que nos abandone la fe, la fe en el mundo, ya que no podríamos soportar tanta miseria, tanta tristeza, tanta culpa
 
[El ritual] Éste es el instante en el que antiguas divagaciones son abolidas y aparece la colosal presencia de la realidad, la realidad-real
 
Esta realidad-real ha licuado viejos sueños (que fueron merecidos), pero que ahora se convirtieron en un pequeña moneda de cobre, oxidada y olvidada en el medio de un desierto.  Ni sabemos su nombre: no podemos ir a buscarla. Sólo sabemos que allí debe encontrarse y que su rescate ya no importa
 
La realidad que se devela entonces es como todo comienzo, todo lo que principia, todo lo que renace persiste en tu convicción, pero vuelve a encenderse como si el faro de Alejandría volviese a iluminar el oscuro mar y escuchases los gritos de alegría de los marineros, de las naves que buscan el puerto para descargar la lana de Anatolia y el vino de Chipre que guardan en sus bodegas
 
Es un final que es un principio
 
La lana abrigará a los niños
El vino agitará las voces y promoverá la poesía
Así son las cosas de este mundo
Nada, verdaderamente, muere
Nada muere
 
Todo tiene un final, pero cada final es una alborada, una albufera donde van a procrear los delfines, un arrecife donde los corales se aferran, un adiós que ilumina nuevas bienvenidas, ausencias que acompañan presencias, aludes que arrastran virtudes, almejas que se alejan y luego regresan, Artaud resucita, los niños no pasan frío y el vino, siempre el vino, se derrama, generoso y fiel, en las tabernas.
 

Detrás de mí 
Detrás de mí sólo se elevan los cerros, que han caminado conmigo, y el salitre que los hace brillar como si fueran faros
 
Detrás de mí, en las oquedades, resistirán
mis manos aferradas a toda la luz que bebieron las vizcachas al crepúsculo
 
Detrás de mí se aquietarán arenas
y los molles las celebrarán en silencio
 
Delante de mí, el viento susurra el nombre
de extrañas piedras
 
Delante de mí, el cielo refleja huellas de nuevos sueños.
 
Pablo Cingolani
Río Abajo, 2 de julio de 2018

*Escritor argentino