¿Qué es el capitalismo Laissez Faire?

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

La esencia del capitalismo se basa en un principio vertebral, sagrado y de profundas raíces doctrinales: el lucro y la obtención de plusvalías.

Y aunque la plusvalía fue un concepto creado por Marx en pleno siglo XIX —es decir, muy posterior a los postulados del capitalismo clásico expuestos por Adam Smith en el siglo XVIII—, en realidad ya había sido introducido por el economista británico David Ricardo (1772-1828) bajo otras denominaciones.

Ricardo elaboró la teoría de valor-trabajo, en la que explicaba el valor añadido a un producto por efecto de la mano de obra aplicada en él. Este plusvalor (el que convierte, por efecto del trabajo, unos pedazos de madera en una mesa o una silla) constituye la base del sistema capitalista, cuyos excedentes y ganancias —la propia plusvalía— permiten ampliar la base de riqueza.

Esta consolidación del mecanismo ganancial es lo que en economía se denomina lucro y que forma una de las columnas primordiales del sistema. El lucro se halla, pues, en la cúspide de la ecuación capitalista y hacia ese fin concentra todos sus esfuerzos. Todo lo que se interponga, obstaculice o demore la sustanciación del lucro resulta un enemigo declarado para los dogmas capitalistas.

Por eso Adam Smith desarrolló en su tratado de economía La riqueza de las naciones el concepto de laissez faire, o dejar hacer. Smith lo tomó de la locución francesa “laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même” que podría traducirse como “Dejad hacer, dejad pasar, el mundo va solo”, la cual fue usada por primera vez por un contemporáneo de Smith, el economista fisiócrata francés Vincent de Gournay, para explicar y condenar el intervencionismo del gobierno en la economía.

En esencia, este tipo de teorías económicas defendidas y expuestas durante la ilustración por Adam Smith y muchos otros que le siguieron hasta la actualidad lo que buscan es la renuncia por parte de los Estados a intervenir en la economía, dejando una plena libertad de comercio, de manufacturas, de aduanas y de precios para que los mercados funcionen solos, se autorregulen y se rijan por efectos de la oferta y la demanda. O lo que Adam Smith llamó “la mano invisible de los mercados” en su obra de 1776.

Para Smith, los nichos naturales que crean las necesidades humanas generan tanto la producción como la demanda de productos y ello motoriza la economía. Smith también consideró la existencia de un “egoísmo responsable”, cuyo eje consistiría en la satisfacción de las propias necesidades y del enriquecimiento personal.

Según el pensador británico, este impulso individual terminaría generando un efecto de derrame hacia abajo cuando la copa propia se llena. Así ésta volcaría sus excedentes hacia el conjunto de la sociedad, aunque para ello resulte necesario un liberalismo económico total, irrestricto y con una virtual inexistencia del Estado en los asuntos del comercio.

Estas teorías, que en realidad presentan grietas profundas en su praxis, fueron furiosamente discutidas y analizadas hasta la extenuación en estos dos siglos que nos separan de sus formulaciones, lo cual nos brinda una muy eficaz matriz de análisis: la propia realidad y la historia económica de los últimos 200 años, tan llena de contradicciones y asimetrías.

Las evidencias que ha dejado la praxis capitalista, si se analizan sus relaciones con los Estados nacionales, nos conducen a una interpretación clara en cuanto a la necesidad que tiene el capitalismo de sustentarse en la cosa pública para solventar sus desequilibrios e incluso para no desaparecer.

Ya señalamos que la doctrina capitalista busca siempre desregular los mercados. Ello implica que existan la menor cantidad de leyes, ordenanzas o reglamentaciones para su actividad mercantil. Sin embargo, la historia económica del siglo XX (y mucho antes también) nos dice que cuando hubo grandes períodos desregulatorios con ausencia de control normativo estatal se originaron profundas crisis macroeconómicas con consecuencias atroces para las economías y los tejidos sociales. Crisis que pusieron en jaque al propio sistema debido a sus flagrantes excesos.

A inicios de la década de 1980 hubo dos grandes procesos liberales auspiciados por las doctrinas de Milton Friedman y su Escuela de Chicago, fuertemente desregulatorias.

El primero con Margaret Thatcher en el Reino Unido y poco después con Ronald Reagan en Estados Unidos. Fue entonces que se construyeron los cimientos de la actual economía mundial, gravemente deteriorada por dos factores propios del laissez faire: la concentración económica desmedida y la especulación financiera. Y si antes de la era Reagan y del llamado thatcherismo las transacciones globales se repartían en un 70% de economía real (intercambio de bienes y servicios) contra un 30% de economía financiera (intercambio de valores nominales y dinero), hoy esa ecuación se ha invertido, siendo el intercambio financiero mayor que la economía real. El mundo está actualmente asentado sobre una economía especulativa que operan los grandes concentradores de la riqueza, desvirtuando así el principio fundamental de la economía, que debería ser una herramienta para la organización humana.

Ante estos desequilibrios que se potencian y crecen cíclicamente hasta entrar en crisis —las denominadas burbujas— y que ponen de manifiesto la flaqueza estructural del sistema capitalista para sanear sus defectuosos mecanismos, los representantes del sistema no dudan en acudir al Estado para que repare los desmanes producidos por el laissez faire. Es aquí cuando el capitalismo aparca sus dogmas librecambistas y ruega al Estado medidas proteccionistas, subvenciones y estímulos diversos (que regulen, en definitiva) a fin de evitar las cuantiosas quiebras que podrían hacer tambalear al sistema. El llamado keynesianismo es una corriente propia de esta línea, ya que incluye al Estado como último garante del sistema capitalista aplicando, precisamente, todo lo que el capitalismo abomina. Cuando John Maynard Keynes publicó su obra en 1936, Teoría general del empleo, el interés y el dinero, lo hizo como una respuesta a la crisis bursátil de 1929 que produjo la Gran Depresión luego de unos años previos en los que el mercado financiero estadounidense careció de regulaciones y se abandonó a un liberalismo irresponsable que destruyó la economía no sólo de ese país, sino de las economías más desarrolladas.

El llamado New Deal (Nuevo Acuerdo) implementado por el presidente Franklin D. Roosevelt desde 1933, y su gran programa de medidas estatales, férreas regulaciones y un crecimiento tutelado y monitoreado desde el Estado, puso fin a la depresión. La sociedad estadounidense dejó atrás el hambre, la miseria y el desempleo masivo provocado por ese laissez faire que tanto defienden las corporaciones en épocas de bonanza.

La crisis de 2008 tuvo grandes analogías con la de 1929, pero con una diferencia abismal: si en 1929 el Estado intervino para reparar el daño, en 2008, los Estados de las economías capitalistas desarrolladas concurrieron al sector privado para rescatarlo de ominosas quiebras, pero sin exigirles un cambio de rumbo. Hoy las democracias de los países ricos, ampliamente secuestradas por el poder corporativo, hacen del laissez faire y de la desregulación de los mercados una religión intocable, permitiendo de esa manera verdaderos monstruos jurídicos donde el sistema político sacrifica a la ciudadanía para resguardar la riqueza de los dueños de las economías.