El estado actual del capitalismo según Lenin

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

Cuando Karl Marx escribió su obra cumbre titulada El capital (Das Kapital - Kritik der politischen Ökonomie, su título original en alemán), destinada a cambiar la faz política de nuestra civilización, abrió las compuertas para un entendimiento científico y riguroso sobre los mecanismos que subyacen en la organización económica propia del capitalismo. Pero Marx no sólo abordó cuestiones económicas en su obra, sino también políticas y de filosofía social.

Y aunque Marx solamente pudo ver impreso en 1867 el primer tomo de los tres que componen El Capital, su inmediata difusión y el rigor de sus estudios produjeron un sismo en la narrativa social que hasta ese momento imponía el industrialismo y la explotación capitalista.

Karl Marx pudo concluir la mayor parte de su obra antes de morir en 1883, la cual, no obstante, tuvo que ser asistida por su gran amigo y compañero de ideas Friedrich Engels, quien completó los textos del tercer tomo, añadió referencias y finalizó los temas esbozados que Marx no alcanzó a desarrollar.

Los tomos I y II fueron publicados de forma póstuma en 1885 y 1894, respectivamente. Fue a través de esta ambiciosa obra filosófica, política y de análisis socioeconómico que Karl Marx desentrañó y explicó las dinámicas históricas, siempre impregnadas por la lucha de clases como motor ineludible de sus acontecimientos.

Entre los muchos aportes que Marx realizó con El Capital, están sus estudios sobre los vicios ocultos enquistados en la mecánica capitalista y en la deriva monopólica que las fuerzas productivas y la concentración de la riqueza imponen.

Marx nos advirtió que las relaciones de intercambio propuestas por el capitalismo no son equitativas como la ortodoxia librecambista pretende, convirtiéndolo en un sistema fallido desde múltiples perspectivas.

No obstante su potente mirada analítica, Marx no alcanzó a dimensionar el carácter transnacional y mundializado de esa concentración monopólica, pues el filósofo alemán analizó el fenómeno circunscribiéndolo a las respectivas economías industriales del escenario europeo.

Pero 50 años más tarde, Vladimir Lenin, uno de los fundadores de la Rusia soviética y responsable del diseño político y doctrinal que se impondría tras la Revolución de 1917, publicó una obra que complementó y profundizó los postulados ya planteados por Marx en El Capital.

En 1916 entró en imprenta su libro Imperialismo, fase superior del capitalismo, un texto en el que Lenin describe con una lucidez casi profética el estado actual de la economía mundial concentrada en pocas manos y convertida en un instrumento de dominación de características claramente imperialistas. O como lo califica el autor en su libro, parte de una “cadena imperialista”, en donde las potencias que se reparten el mundo en la puja monopólica por los recursos naturales y los mercados, deben competir entre sí y asumir el lugar que esa cadena imperialista le asigna a cada potencia.

En el juego de apropiación internacional que las economías desarrolladas juegan en detrimento de las periferias, Lenin vio claramente el sustrato imperialista que el capitalismo tendría en su fase final, tal como hoy podemos constatar.

Para Karl Marx, los agentes económicos y la burguesía capitalista actuaban de manera anónima influyendo en la dinámica mercantil en un contexto de libre competencia. Sin embargo, el filósofo alemán advierte que la propia tendencia concentradora del capitalismo induce de forma natural hacia las prácticas monopólicas.

Como ya señalamos, Marx no alcanzó a ver la plenitud de este fenómeno, el cual predijo teóricamente y lo describió a escala nacional; algo que Vladimir Lenin expuso de manera más abarcativa con una mirada más allá de las fronteras estatales. Lenin alcanzó a ver la monstruosidad concentradora global a la que el capitalismo se encaminaba.

A finales del siglo XIX y principios del XX, las grandes economías industriales como Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos comenzaban sus propios procesos de monopolización, sustentadas en las premisas más radicales del capitalismo laissez faire y fue a partir de ello que Lenin predijo la formación de monopolios internacionales, que es lo que hoy define a nuestra modernidad.

En su libro Imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin anuncia que el capitalismo de competencia horizontal estaba en una fase terminal o directamente superada y en cambio emergía un tipo de mecánica competitiva en donde el inusitado nivel de producción y desarrollo tecnológico hacía posible una concentración cada vez más cerrada de la economía.

Por otra parte, analizó con enorme lucidez la creciente influencia de los bancos en la ecuación económica global y el surgimiento de un tipo de capitalismo financiero que terminaría fusionándose con el capital industrial (tal como vemos en la actualidad), creando una oligarquía financiera internacionalizada que terminaría por ordenar y disponer la agenda de los Estados y las políticas nacionales en todos los países.

En este esquema, los bancos ya no se caracterizaban por ser pequeños prestamistas, debido sobre todo a los enormes volúmenes que su actividad genera, convirtiéndolos en nuevos actores indispensables para la producción capitalista a gran escala.

Vladimir Lenin, igual que un nigromante del pensamiento, supo describir hace ya una centuria la realidad que hoy nos toca, en la que los países periféricos y las potencias de menor gravitación se ven sometidos por los mecanismos financieros que Lenin vislumbró en sus tesis.

Hoy sabemos que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, junto a los grandes bancos mundializados, cumplen ese papel.

En la profundidad de su visión analítica, Lenin comprendió que el intercambio de capitales adquiriría con las décadas una posición predominante respecto al intercambio de mercancías, facilitando la penetración y el expolio de las grandes potencias contra los países menos desarrollados por efecto de la dominación y la asimétrica distribución internacional del trabajo (naciones industrializadas productoras de manufacturas contra países productores de bienes primarios).

Esta organización transnacional de un capitalismo adueñado de mercados, fuentes primarias y flujos monetarios y energéticos, es lo que define para Lenin un statu quo claramente imperialista, en el que unos pocos deciden el rumbo de los Estados y el destino de las grandes mayorías sociales. Es decir, una fase imperial que no se rige por la ‘mano invisible de los mercados’, por la oferta o la demanda, sino a través de planificaciones macroeconómicas de una élites —oligarquías globales— dueñas de las decisiones.

La obra y el pensamiento escrito del ruso Vladimir Ilich Uliánov —conocido como Lenin—, que murió en 1923, hoy está reunida en más de 50 tomos. Sin embargo, su libro Imperialismo, fase superior del capitalismo, brilla con especial fulgor en ese monumental legado y debemos acercarnos a sus páginas para entender este presente ya descrito magistralmente hace más de un siglo.