La búsqueda de lo desconocido como fuente de inspiración

Hechos que dejan cuestionantes que se convierten en motores de búsqueda y se hacen luego palabras, creaciones literarias que conectan la vida con la muerte.

jackeline Rojas Heredia

Recién iniciada la XXIII Feria Internacional del Libro en La Paz tuve la oportunidad de conversar con el escritor brasileño Bernardo Carvalho. Previamente leí varias entrevistas que le habían hecho en otros eventos internacionales. El autor llegó para compartir con otros escritores y poder dialogar sobre su reciente obra Simpatía con el Diablo, pero curiosamente nuestra charla se centró en su libro Nueve noches.
La narración gira en torno a la historia real de un antropólogo norteamericano que llegó a Brasil para estudiar una etnia poco conocida, pero al estar en contacto con esa población, en algún momento y por causas desconocidas, se quita la vida.  
Carvalho compartió que una de las motivaciones para su escritura o carrera literaria es aquello que le es extraño, lo incomprensible, lo desconocido; en ese caso en particular el misterio está en esa “fuerza” que lleva a un ser humano a consolidar la acción de quitarse la vida. Compartió que la antropología es un tema que le interesa porque es como una narrativa que se inventa para comprender el mundo, hay una ficción ahí también. 
“Cuando leí a Lévi Strauss (antropólogo) me gustó mucho la idea de crear un mundo que no existía, algo para mí ligado a la ficción, pero que tiene que ver con la verdad”, dijo.
“El suicidio es para mí una cosa impresionante y no es una cosa que esté fuera de mi perspectiva, no está fuera de las posibilidades de mi vida, depende de lo que pase en ella, pero yo creo también que la fuerza que empuja, que hace que uno llegue al suicidio, es una fuerza que yo no conozco. Puedo pensar en suicidarme por distintos motivos, porque estoy solo, porque me encuentro enfermo, no sé,  pero esa fuerza es algo que está fuera de los límites de mi comprensión”, aclaró Carvalho.
El autor brasileño explicó que Nueve noches está basado en un hecho real y contó que para escribirlo tuvo que investigar, indagar en los apuntes dejados por el antropólogo suicida, y quiso sentir ese pánico que su protagonista experimentó, así que también visitó un pueblo indígena.
“Él llegó a Brasil con mucha arrogancia, con toda una instrumentalización de la razón occidental, formado en Nueva York en la Universidad de Columbia, y tenía una visión y arrogancia de la superioridad de la razón, de las cosas objeto de estudio. Cuando entró en contacto con los indígenas  hubo algo que hizo que la razón se perdiera; los indígenas le pasaron algo que lo pondría en contacto con la muerte,  es como si los indígenas despertaran en él  su estado frágil, suicida”, narró.
“En literatura, como en todo lo que me interesa más, tiene que ver con la búsqueda de cosas que no conocemos; me interesa hacer un trabajo que me empuje a un territorio que para mí es desconocido y el suicidio para mí está ubicado en ese mundo desconocido”, remarcó.
Un año atrás, en la Feria Internacional del Libro en Santa Cruz de la Sierra, conocí a la escritora colombiana Piedad Bonnet, ocasión en la que el sello Mantis de Plural Editores publicó y presentó su obra Lo que no tiene nombre. En mi memoria quedó la impresión que me produjo conocer la historia que originó la creación de esa obra. El hijo de la autora se había quitado la vida en 2011, en una ciudad norteamericana en la que hacía una maestría. La colombiana, con varios reconocimientos y premios por sus poemarios, decidió narrar ese suceso trágico en su vida, no como especie de terapia, como críticos y otros escritores afirman, sino como una forma de “entender” el motivo, aquella fuerza que concreta la decisión de renunciar a la vida, y en el caso del hijo de Bonnet, a una vida artística prometedora. 
Esa fuente desconocida expresada en distintos trabajos literarios y artísticos es también lo que motivó a Piedad Bonnet a reescribir Lo que no tiene nombre al menos una decena de veces. “Cuando hallaba algo que no sabía o no entendía, lo incluía e incluía varias cosas más, era una recolección de cosas, testimonios de las exnovias, amigos, palabras que se quedaron en el aire, sensaciones, esa infinita tristeza que él llevaba por dentro”, explicó Bonnet en 2017.
La novela le abrió una puerta a la escritora para dialogar con un público más amplio, con padres y jóvenes que quizá busquen esa misma fuente, la comprensión de lo desconocido que al final los inspire para continuar con la vida.

“En estos casos, trágicos y sorpresivos, el lenguaje nos remite a una realidad que la mente no puede comprender. Antes de preguntar a mi hija los detalles, de rendirme a la indagación, mis palabras niegan una y otra vez, en una pequeña rabieta sin sentido. Pero la fuerza de los hechos es incontestable: ‘Daniel se mató’, sólo quiere decir eso, sólo señala un suceso irreversible en el tiempo y el espacio, que nadie puede cambiar con una metáfora o con un relato diferente”.
(Párrafos escritos por Bonnet en Lo que no tiene nombre)

Días atrás, varios escritores rememoraron un año más de la muerte de Marilyn Monroe, la diva más aclamada de todos los tiempos, cuya muerte está rodeada por una nube de misterio. Unos afirman que se le pasó la mano con los barbitúricos que ingirió; otros no descartan que pudo ser asesinada, y también se plantea que se quitó la vida. Monroe es una de las figuras más populares y conocidas en el mundo de la farándula, pero pocos saben que la diva también hizo poesía: escribió algunos poemas en los que se revela la inmensa soledad y tristeza que existía en su interior.
No pocos son, por otro lado, aquellos grandes autores que optaron por el suicidio. 
En más de una ocasión he pensado en todas las creaciones que ha perdido la humanidad tras la desaparición de figuras tan amadas como Alfonsina Storni o Violeta Parra, por nombrar  a las latinas más conocidas. Otros autores queridos y suicidas fueron Silvia Plath, Virginia Woolf y Cesare Pavese.
En alguna parte leí un titular que hacía referencia a que vidas tan intensas que despiertan la construcción de obras sublimes no resisten continuar con sus existencias: “Tan intensa como su obra fue su vida que decidió acabar con ella”, o “No resistió la intensidad de lo que le tocó vivir y se mató”.
La franco-argentina Alejandra Pizarnik es otro ejemplo, claro que en este caso la muerte parece manifestarse en todas sus letras, es como un anuncio constante. Alejandra tiene una convivencia permanente con la muerte, tanto en su prosa (La condesa sangrienta, por citar un ejemplo) como en su poesía.

La pequeña viajera moría explicando su muerte, 
Sabios animales nostálgicos visitaban su cuerpo caliente (El árbol de Diana).

La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de / decirlo. Aun si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.

Una atracción irresistible hacia la muerte, a la que terminó cediendo un 25 de septiembre de 1972. Aún me genera hambre su letra, quiero leerla más y ya no está.
Ahora bien, existen obras tan increíbles que pueden iniciar con o por una muerte inesperada o concluir en una. Entre mis libros favoritos está la novela de la también colombiana Ángeles Becerra, El penúltimo sueño. La obra se inicia con el hallazgo de los cuerpos sin vida de una pareja de ancianos (hombre y mujer) vestidos de novios, abrazados y sonrientes. Ellos habían decidido quitarse la vida, juntos, aspirando gas. A partir de ahí la trama fascina a cada paso porque los protagonistas, hijos de los muertos, no paran en la búsqueda del porqué sus progenitores tomaron esa decisión, una búsqueda que los lleva a encontrarse.

Otra invitada a la feria
Estos últimos días de la Feria del Libro en La Paz posiblemente tengamos la oportunidad de compartir con la conocida escritora mexicana Laura Esquivel, autora de un clásico en la literatura latina, Como agua para chocolate, una narración exquisita tanto en su estructura como en la creación de sus personajes ligados a través de las reacciones provocadas por los sabores. El final de esa obra es algo que deja, sin embargo, el sabor amargo de unos fósforos utilizados por la protagonista Tita para quitarse la vida y así seguir a su amado al más allá.

Construcciones narrativas que integran la realidad con la ficción o la ficción con lo real.