Magnificar los claros y ocultar los oscuros

Eduardo Ibarra / Alainet

El presidente Enrique Peña Nieto deja, según su rendición de cuentas básicamente ante los suyos y durante 90 minutos en Palacio Nacional, un México “con resultados tangibles y mejor del que recibí hace seis años”.

Esto es: “un país con importantes fortalezas: estabilidad económica, política y social; finanzas públicas sanas, con 78% más de contribuyentes que hace seis años y una deuda manejable y en tendencia decreciente; la inflación más baja para un sexenio desde hace casi 50 años; nuevos empleos formales, que crecen a un ritmo de 800 mil por año; un nuevo modelo energético, que nos permite recuperar nuestra condición de potencia en ese sector y liberar recursos públicos para fines sociales; la mayor inversión extranjera directa, por casi 192 mil millones de dólares e inversiones comprometidas por casi 200 mil millones de dólares”.

Con el brillante panorama presentado por Peña Nieto —apoyado en cinco videos y estimulado con 28 tandas de aplausos, tres de ellas con la mayor parte de los exclusivos invitados de pie, así como el llanto de su esposa e hijas—, es una tarea imposible establecer la menor correspondencia con lo sucedido el primer domingo de julio, cuando 45,7 millones de electores no sufragaron por su candidato (José Antonio Meade), su partido (PRI) y la continuación de su proyecto “transformador” (Mover a México), como insistió en llamarlo, y por los que sólo sufragaron 9.289.853 ciudadanos o el 16,40%.

Es imposible establecer las correlaciones entre el México del que Enrique Peña presentó un balance sexenal y la percepción que tiene la absoluta mayoría de los electores. O bien el titular del Ejecutivo y el grupo gobernante viven divorciados y hasta confrontados con la realidad, o más del 80% de los que sufragaron están profundamente equivocados.

Como todo en la cosa pública, existen claroscuros, los llamados vasos medio llenos o medio vacíos. Peña Nieto puso toda la fuerza de sus verbos en los claros, los oscuros los ocultó o bien los endosó a los gobiernos locales, como al informar de la “disminución significativa”, la fragmentación de los consorcios del crimen organizado y culpar a los gobernadores y al Congreso del fracaso del grupo gobernante convertido ya en campeón indiscutible en homicidios.