Solidez y estabilidad

Una prueba de que los tiempos han cambiado es la singular declaración del presidente de los banqueros del país en sentido de no mover ni tocar el tipo de cambio boliviano respecto al dólar dado que, sencillamente,  no hay razones para hacerlo porque el sistema financiero boliviano está fortalecido.

Hubiera sido inimaginable, especialmente en etapas últimas de la otrora vida republicana, que agentes privados acostumbrados a medrar de la franja de topes máximos y mínimos para las cotizaciones de compra y venta del dólares, y en general de la especulación cambiaria, se pronunciaran por mantener inalterable el precio de la divisa cuando su angurria los compelía azuzar el alza de la moneda norteamericana en desmedro de los que quedaban desamparados ante la inflación.

En cambio, ahora, los agrupados en Asoban —uno de los sectores privados que más utilidades han percibido en los años de vida del Estado Plurinacional, según lo destacan los reportes de la economía oficial— resaltan además que el sistema financiero se mantiene sólido y estable desde hace mucho y que no siente el drama de la crisis argentina.

No hay, por tanto, necesidad de alarmarse respecto a la cuasi debacle en que se agita nuestro vecino del sur, coinciden los banqueros bolivianos, que han hecho conocer estas percepciones al Jefe de Estado y al Vicepresidente compartiendo una satisfacción mutua sobre los efectos de la bolivianización de la economía nacional con un total predominio del boliviano (80%) en las carteras de ahorros de depósitos, y marginal aunque significativa presencia del dólar (20%) en esas mismas captaciones. 

La política económica del Gobierno dio estabilidad al sistema financiero, reconocen los empresarios de la banca, recurriendo a verdades incontrovertibles que, según sus términos de caja e interés, se explican por sí solas —cuando se tiene un sistema financiero estable se tiene todo estable, aseguran—, aunque en el fondo se encuentran el excedente producido por las nacionalizaciones y recuperaciones  de recursos naturales y empresas estatales, que se derrama, en mayor o menor proporción, entre gasto corriente, inversión y bonos sociales.