El atentado contra Jair Bolsonaro

Amílcar Salas Oroño / Alainet

Con la conmoción mediática propiciada por su transmisión en vivo y en directo (y la reproducción constante del hecho), el atentado al candidato presidencial Jair Bolsonaro deberá marcar un punto de inflexión en los términos de la competencia política de cara a la disputa presidencial de este año. De hecho, ya lo está haciendo: luego de conocerse las noticias del atentado, la asesoría de campaña de Gerardo Alckmin decidió retirar todos sus spots en los que se criticaba a Bolsonaro, cosa que ocurría en buena parte de ellos. Es que Bolsonaro se había convertido en el principal obstáculo para la candidatura de Alckmin y en una seria amenaza para la supervivencia posterior del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). Pero el atentado ha despertado esa cordialidad ética que no se sabe muy bien qué otras intenciones y fundamentos tendrá.

El hecho ha dado espacio mediático y social al siempre posible discurso moralista de consternación y solidaridad con el agredido político (aunque no sucedió lo mismo hace unos meses con los disparos a la caravana de Lula), olvidando por momentos el carácter del agredido en cuestión que, en menos de una semana, pateó entre risotadas a un muñeco con la cara de Lula en la capital Brasilia y propuso, simulando disparar un fusil con un trípode fotográfico, “terminar con todos los petistas de Acre”, en un evento en ese Estado.

Campaña electoral

No sería la primera vez que en Brasil un atentado personal cambia el curso de los acontecimientos políticos. Algunos ejemplos son la muerte de Joao Pessoa —gobernador de Paraíba— en julio de 1930, que abrió el proceso a la denominada “Revolución del 30” y el “atentado de la Rua Tonelero”, episodio estridentemente conducido por los medios de comunicación de entonces en el que la supuesta tentativa de asesinato al periodista Carlos Lacerda culminó, luego de acusaciones cruzadas, con el suicidio de Getúlio Vargas 19 días después, en 1954. Si es cierto que, como dicen algunos médicos involucrados, Bolsonaro no podrá hacer campaña por los próximos 30 días, el panorama general de las elecciones 2018 se modifica de forma significativa, tanto en lo que respecta a las pautas de las discusiones y la agenda del debate, como en las formas y los contenidos por donde irán los posicionamientos de rivales y contrincantes.

En el nuevo escenario electoral sin Lula todavía no se sabe muy bien dónde está parado cada uno: en los pocos sondeos realizados con posterioridad a la impugnación de la candidatura de Lula por parte del Tribunal Superior Electoral (TSE), Bolsonaro es derrotado por todos los otros candidatos en un hipotético segundo turno, circunstancia que agrega más elementos a considerar en relación con el atentado, y más suspicacias a las ya establecidas —sobre todo respecto de lo que la propia Policía Militar comentó sobre su planificación previa.

Al margen de las bravuconadas posatentado de Gustavo Bebianno, presidente del Partido Social Liberal (PSL), partido que impulsa la candidatura de Bolsonaro, de que “ahora es la guerra, la guerra está declarada”, en alusión a los grupos (indescifrados) que estarían por detrás del ataque, uno de los aspectos más llamativos de estos días —previos y posatentado— han sido los comentarios e interpretaciones de algunos militares sobre la convulsionada coyuntura: comenzando con el general Heleno Ribeiro, que admitió que el Ejército no iría a aceptar pasivamente ser comandado por el (entonces todavía candidato y eventual) expresidente Lula; siguiendo con el general Hamilton Mourao, compañero de fórmula de Bolsonaro que, luego del incidente en Minas Gerais, implicó sin mediaciones como culpable “fue el PT (Partido dos Trabalhadores)”; o el propio comandante en jefe del Ejército, Eduardo Villas Boas, que dejó filtrar la información sobre una reunión de emergencia del Alto Comando para evaluar el contexto posatentado, con objetivos no declarados.

En ese sentido, es importante observar lo que recubre al episodio del atentado: hay una democracia distorsionada, con actores que asumen una presencia en el espacio público sin estar habilitados para ello. Protagonismo militar in crescendo, ahora en el ámbito de un contexto de competencia electoral, y en continuidad con lo que sucedió al momento de la definición de la Corte Suprema de Justicia sobre el hábeas corpus de Lula, o los días previos a la militarización del estado de Río de Janeiro. Empujando esta tendencia el propio Jair Bolsonaro, militar retirado del Ejército. Un protagonismo preocupante, propio de un Estado de derecho desequilibrado.