Dos miradas distantes a la obra de Jaimes Freyre

 

Reynaldo J. González 
 

Aunque desde mediados del siglo XX la poética de Ricardo Jaimes Freyre es tenida como una de las cumbres del modernismo americano y de la literatura boliviana, su estudio ha tenido un tránsito azaroso entre la crítica y la historiografía literarias. Una revisión exhaustiva de la crítica dedicada a la obra de Jaimes Freyre es una tarea imposible en sus matices, pero no tanto en la contraposición de dos de sus tendencias: la que ve en ella un genial ejercicio formal sobre el lenguaje, y la que, más atentamente, ve en ese ejercicio formal la mimetización de un discurso crítico y descolonizado sobre la problemática de la alteridad en nuestro país. 

Entre quienes valoran su trabajo en una dimensión exclusivamente formal se encuentra ejemplarmente Enrique Finot, quien en su clásico Historia de la literatura boliviana (1975) reduce la obra del autor de Castalia Bárbara a una renovación del lenguaje poético americano en métrica y uso del verso libre. Para el cruceño, Jaimes Freyre es un parnasiano exotista de lenguaje musical, “artífice de la palabra y cincelador de la frase […] un ejemplo de lo que puede producir el afán de superación de la forma, aliado congénito del buen gusto”.

A esta visión enfocada exclusivamente en  lo formal se inscribirá la crítica literaria “oficial” de la segunda mitad del siglo XX, léase aquella enunciada desde las élites intelectuales atrincheradas en la Academia Boliviana de la Lengua y en el importantísimo suplemento cultural Presencia Literaria: Juan Quirós, Carlos Castañón, Carlos Coello Vila, Raúl Rivadeneira, a la cabeza. Esta visión coincidirá con la de Jorge Luis Borges, quien referirá en varias ocasiones el poema Siempre de Jaimes Freyre como un ejemplo de un texto que no dice nada, que es “pura música”. 

Un lector acaso más inquisitivo y analítico de nuestra historia literaria es Fernando Diez de Medina, ejemplo de la tendencia opuesta en la lectura de la obra de Jaimes Freyre. En su libro de ensayos Literatura boliviana (1953), además de exaltar la poética modernista del “mago musical de la forma” e “inventor de leyes métricas”, adscribe su posición a la de Carlos Medinacelli y Óscar Cerruto, quienes habían observado “que aun tomando el tema de la mitología escandinava, en el fondo late abscóndito el sentimiento andino del cosmos y la tradición secular: Jaimes Freyre es boliviano de emoción, aunque busque el exotismo del símbolo”.

Esta tendencia en la lectura de Freyre difiere de la primera al no dejarse encandilar por la perfecta forma de la poética del modernista y leer en ella un gesto que Blanca Wiethüchter y Alba María Paz Soldán calificarían, medio siglo después, como “crítico” y “descolonizado”.

Es precisamente la obra dirigida por estas dos estudiosas —Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia (2002)— la que consolidará una lectura otra de la obra de Jaimes Freyre. Ésta, sustentada teóricamente en la importancia constitutiva de la ironía en el modernismo y en el análisis detenido de imágenes de Castalia Bárbara y Los sueños son vida, afirma que además de ser plenamente moderna (y por lo tanto, adelantada a su tiempo e incomprendida), es la primera en Bolivia en tratar el tema de la alteridad desde una perspectiva crítica que “recupera la historia de los marginados”. 

Wiethüchter y Paz Soldán sostienen este criterio al señalar que el pensamiento de Jaimes Freyre nace de una actitud crítica y descolonizada en al menos tres dimensiones: su enunciación desde una marginalidad autoimpuesta, la instauración de una autonomía del lenguaje americano con respecto a España, y su cuestionamiento a la imposición violenta del cristianismo sobre otras culturas.

Esta última característica es quizás la más importante haciéndose evidente, sobre todo, en Castalia Bárbara, obra en la que se constata un cuestionamiento a la invasión y destrucción de las culturas ajenas al cristianismo, que “involucra por extensión a todas las culturas que han sufrido el mismo destino”. El tratamiento de esta temática, en criterio de Wiethüchter y Paz Soldán, “implica, para su tiempo, una puesta en escena de las relaciones entre la cultura andina y, digamos, la criolla cristiana que, gobernante, extermina todo el sistema de valores ajeno apoyado en la ‘verdad’ católica”.

La lectura que las autoras ensayan de la poética de Jaimes Freyre es, pues, radicalmente distinta a la de la crítica “oficial” de la segunda mitad del siglo XX. Si ésta veía en ella un mero ejercicio formal, la de las investigadoras identifica en sus contenidos un  discurso que propone la recuperación de la alteridad en la historia y una toma de posición crítica con respecto al meollo cultural boliviano y las condiciones de la diversidad cultural de nuestro país.   

En esta interpretación, la importancia de Jaimes Freyre trascenderá la de la literatura “sociológica” de los letrados (Tamayo, Arguedas, Mendoza), pues se constituirá en el hito inaugural de un nuevo territorio crítico en la literatura boliviana: el de la modernidad y las vanguardias de la primera mitad del siglo XX. Éste es, precisamente,  otro aspecto en el que difieren las dos lecturas de la obra del autor, pues mientras la clásica la aísla en nuestra historiografía literaria, la propuesta por Hacia una historia crítica... la posiciona como el comienzo de una nueva etapa.