Beber para recordar

 

Pablo Cingolani

La relación entre tomar alcohol y los pueblos indígenas siempre causa urticaria a lo largo de todo el arco ideológico bien-pensante, sea la derecha racista o sea entre la izquierda que se cree predestinada a acabar con las taras alienantes que, según ellos, asolan y someten a los desposeídos.

La verdad que dicta la etnohistoria y la antropología no comulga ni con visiones genocidas y/o excluyentes ni con las políticamente correctas. Si el alcoholismo causa estragos, entiéndase: no es por culpa del alcohol, es obra y gracia del capitalismo, sobre todo de ese capitalismo calvinista cuya moralina es la que viene dominando al mundo desde hace siglos.

La izquierda, como reacción, termina siendo más papista que el Papa, más abstemia que los predicadores de AA. El peronismo, movimiento nacional y popular argentino, no le esquivaba el bulto al alcohol y es así que, otrora, una de sus consignas más populares en sus actos masivos era esa que decía pan y vino/ el que no grita Perón/ para qué carajo vino. Pan y vino: el menú de la Última Cena.

La cosa es que frente a la idea instalada de que “los indios son unos borrachos incurables”, impuesta por los españoles y recitada a coro por todos los culo-blancos del antiguo Abya Yala, las fuentes de la historia nos brindan otra imagen de la ingesta de estimulantes líquidos por parte de los indígenas. Y esa imagen, desde ya, desaloja y desmiente cinco siglos de dominación e imposición cultural.

Resulta que indagando en libros —para algo, hermano, tienen que servir los libros— uno puede comprobar, apelando a las mismas voces que los condenaban, que el consumo de alcohol entre los pueblos indígenas tiene que ver con dos ejes claves de la construcción de humanidad: uno era compartir y el segundo era recordar.

Es un hecho sin contrastes: el consumo de las esenciales chichas —nuestro “alcoholatum” telúrico, de maíz o de yuca, de acuerdo con la partición biogeográfica de nuestro continente entre los Andes y las llanuras— siempre se hacía en un contexto ceremonial, ritual, nunca aislado, siempre compartido por toda la tribu, el ayllu, la aldea, la comunidad. La imagen del ebrio solitario —la imagen triste de la cantina— no es de los pueblos: es la imagen del sometimiento de los pueblos a un modo de producción foráneo e impuesto a sangre y fuego.

Lo otro, lo del recordarse, es lo que voy verificando con nueva data, de ahí la felicidad que me envuelve al escribir este escrito.

Ya sabía que los aymaras —epítome de decir andino— bebían, ch’allaban, ofrendaban a la Madre Tierra para recordar los caminos. Partir de viaje es como morir —por eso es perverso el capitalismo y el dichoso turismo que emana de éste: te venden seguridad, no playas; te venden seguridad, no montañas; te venden seguridad y vos vas y la compras.

Partir de viaje, para los aymaras, merecía una buena borrachera para recordar todas y cada una de las circunstancias del viaje por venir. El viaje aymara, el homo viator andino, no era el Odiseo occidental. No era la errancia: era la secuencia siempre recurrente de lo que Murra definió como un máximo aprovechamiento de los pisos ecológicos. Pero eso, así sea reincidente, siempre significaba riesgo: las cordilleras se interponían entre el hombre y sus designios de sal, de cuero, de frutas tropicales, de coca. Había que ch’allar la ruta, había que chuparse para recordarla y para ofrendar de manera previa, anticipatoria, a cada apacheta, a cada sitio, a cada lugarejo para que te ampare. Una verdadera mística de la naturaleza. Frente a la hostilidad, comunión, humanización, meta trago.

Bajando de los Andes, la llanura infinita. Leo en otro libro una correspondencia maravillosa: los guaraníes se tomaban toda la yuca escupida para recordar sus combates y rememorar a sus muertos, a sus vencidos. Es más: el nombre de sus vencidos se sumaba a su nombre original, vía estas ceremonias etílicas de recordar y honrar.

Es algo impensable en estos oscuros tiempos de B&W al pedo democrático: yo te derroto, pero yo me llamo igual que vos; que tú el derrotado, tú el muerto, tú el vencido. La antropofagia estaba en la misma onda. Te como para ser como vos: el enemigo noble, el enemigo que enaltece, el enemigo que pelea con las mismas armas con las que uno pelea. Tupí or not tupí, como escribió Oswaldo de Andrade en su Manifiesto antropófago.

Eso se fue al carajo: el desarrollo desigual y combinado del capitalismo, lo que pregonaba don Trotsky y el señor André Gunder Frank, conlleva lo mismo para todos los efectos prácticos de la guerra. No hay guerra justa, no hay guerra entre iguales, no hay enemigos que se puedan comer, ni llevar, con orgullo, su nombre.

Conclusión, muchachos: chupen todo lo que quieran, pero chupen con sentido, con gracia y, sobre todo, beban con memoria.