La carta de la Libertadora

 

Ricardo Palma 
(1833-1919)

Los limeños, que por los años de 1825 a 1826 oyeron cantar en la catedral, entre la Epístola y el Evangelio, a guisa de antífona: 

De ti viene todo 
lo bueno, Señor; 
nos diste a Bolívar, 
gloria a ti, gran Dios. 

transmitieron a sus hijas, limeñas de los tiempos de mi mocedad, una frase que, según ellas, tenía mucho entripado y nada de cuodlibeto. Esta frase era: la carta de la Libertadora. 

A galán marrullero que pasaba meses y meses en chafalditas y ciquiritacas tenaces, pero insustanciales, con una chica, lo asaltaba de improviso la madre de ella con estas palabras: 

—Oiga usted, mi amigo, todo está muy bueno, pero mi hija no tiene tiempo que perder ni yo aspiro a catedrática en echacorvería. Conque así, o se casa usted pronto, prontito, o da por escrita y recibida la carta de la Libertadora. 

—¿Qué es de Fulano? ¿Por qué se ha retirado de tu casa? —preguntaba una amiga a otra. 

—Ya eso se acabó, hija —contestaba la interpelada—. Mi mamá le escribió la carta de la Libertadora. 

La susodicha epístola era, pues, equivalente a una notificación de desahucio, a darle a uno con la puerta en las narices y propinarle calabazas en toda regla. 

Hasta mosconas y perendecas rabisalseras se daban tono con la frase : “Le he dicho a usted que no hay posada, y dale a desensillar. Si lo quiere usted más claro, le escribiré la carta de la Libertadora”. 

Por supuesto que ninguna limeña de mis juveniles tiempos, en que ya habían pasado de moda los versitos de la antífona, para ser reemplazados con estos otros. 

 

Bolívar fundió a los godos 
y desde ese infausto día 
 un tirano que había 
se hicieron tiranos todos; 

por supuesto, repito, que ninguna había podido leer la carta, que debió de ser mucha carta, pues de tanta fama disfrutaba. Y tengo para mí que las mismas contemporáneas de doña Manolita Sáenz (la Libertadora) no conocieron el documento sino por referencias. 
El cómo he alcanzado yo a adquirir copia de la carta de la Libertadora, para tener el gusto de echarla hoy a los cuatro vientos, es asunto que tiene historia y, por ende, merece párrafo aparte. 

II
El presidente de Venezuela, general Guzmán Blanco, dispuso, allá por los años de 1880, que por la imprenta del Estado se publicase en Caracas una compilación de cartas a Bolívar, de las que fue poseedor el general Florencio O’Leary.

Terminada la importantísima publicación, quiso el Gobierno completarla dando también a la luz las Memorias de O’Leary, y, en efecto, llegaron a repartirse 26 tomos.

Casi al concluirse estaba la impresión del tomo 27, pues lo impreso alcanzó hasta la página 512, cuando, por causa que nos hemos fatigado en averiguar, el Gobierno hizo un auto de fe con los pliegos ya tirados, salvándose de las llamas únicamente un ejemplar que conserva Guzmán Blanco, otro que posee el encargado de corregir las pruebas y dos ejemplares más que existen en poder de literatos venezolanos, que, en su impaciencia por leer, consiguieron de la amistad que con el impresor les ligara que éste les diera un ejemplar de cada pliego a medida que salían de la prensa. 

Nosotros no hemos tenido la fortuna de ver un solo ejemplar del infortunado tomo 27, cuyos poseedores dizque lo enseñaron a los bibliófilos con más orgullo que Rothschild el famoso billete de banco por un millón de libras esterlinas. 

Gracias a nuestro excelente amigo, el literato caraqueño Arístides Rojas, supimos que en ese tomo figura la carta de la Libertadora a su esposo, el doctor Thome. Éste escribía constantemente a doña Manolita solicitando una reconciliación, por supuesto sobre la base de lo pasado, pasado, cuenta nueva y baraja (ídem). 

—El médico inglés —me decía Rojas— se había convertido de hombre serio en niño llorón, y era, por tanto, más digno de babador que de corbata. Y el doctor Thorne era de la misma pasta de aquel marido que le dijo a su mujer: 

—¡Canalla! Me has traicionado con mi mejor amigo. 
—¡Malagradecido! —le contestó ella, que era de las hembras que tienen menos vergüenza que una gata de techo—. ¿No sería peor que te hubiera engañado con un extraño? 
Toro a la plaza. Ahí va la carta. 

III
“No, no, no, no más, hombre, ¡por Dios! ¿Por qué me hace usted faltar a mi resolución de no escribirle? Vamos, ¿qué adelanta usted sino hacerme pasar por el dolor de decirle mil veces que no? Usted es bueno, excelente, inimitable; jamás diré otra cosa sino lo que es usted.

Pero, mi amigo, dejar a usted por el general Bolívar es algo; dejar a otro marido sin las cualidades de usted, sería nada. 

¿Y usted cree que yo, después de ser la predilecta de Bolívar, y con la seguridad de poseer su corazón, preferiría ser la mujer de otro?, ni del Padre, ni del Hijo, ni del Espíritu Santo, o sea de la Santísima Trinidad. 

Yo sé muy bien que nada puede unirme a Bolívar bajo los auspicios de lo que usted llama honor. ¿Me cree usted menos honrada por ser él mi amante y no mi marido? ¡Ah!, yo no vivo de las preocupaciones sociales. 

Déjeme usted en paz, mi querido inglés. Hagamos otra cosa. En el cielo nos volveremos a casar; pero en la tierra, no. 

¿Cree usted malo este convenio? Entonces diría que es usted muy descontentadizo. 

En la patria celestial pasaremos una vida angelical, que allá todo será a la inglesa, porque la vida monótona está reservada a su nación, en amor se entiende, pues en lo demás, ¿quiénes más hábiles para el comercio? El amor les acomoda sin entusiasmo la conversación, sin gracia; la chanza, sin risa; el saludar, con reverencia; el caminar, despacio; el sentarse, con cuidado. Todas éstas son formalidades divinas; pero a mí, miserable mortal, que me río de mí misma, de usted y de todas las seriedades inglesas, no me cuadra vivir sobre la tierra condenada a Inglaterra perpetua. 

Formalmente, sin reírme, y con toda la seriedad de una inglesa, digo que no me juntaré jamás con usted. No, no y no. (358) “Su invariable amiga, Manuela”. 

Si don Simón Bolívar hubiera tropezado un día con el inglés, seguro que entre los dos habría habido el siguiente diálogo: 

—Como yo vuelva a saber 
que escribe a mi Dulcinea... 
—¡Pero, hombre, si es mi mujer! 
—¡Qué importa que lo sea! 

¿No les parece a ustedes que la cartita es merecedora de la fama que alcanzó, que más claro y repiqueteado no cacarea una gallina?