América Latina, en busca de ciudades más inteligentes

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El uso de la tecnología mejoraría la calidad de vida de la población.

 

Rocío Aguilera Vázquez / El País

Buenos Aires, Santiago de Chile, Ciudad de México y Sao Paulo son algunas de las urbes de América Latina que cada año aparecen en los rankings de ‘smart cities’, y sin embargo ninguna pudo siquiera acercarse a los primeros 50 lugares de las listas. En una región donde casi el 80% de la población vive en zonas urbanas, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), y en las que se enfrentan problemas comunes de movilidad, contaminación ambiental y seguridad, por mencionar algunos, la inteligencia no acaba de llegar por completo.

Listas como el Smart Cities Index de EasyPark y el Cities in Motion Index de la Escuela de Negocios de la Universidad de Navarra califican desde la sostenibilidad de las urbes hasta la participación ciudadana, pasando por la digitalización del gobierno, el número de puntos de acceso a Internet y la conectividad 4G. Pero una ciudad no es inteligente porque tiene cámaras de seguridad en cada esquina, sentencia el exalcalde de Barcelona Jordi Hereu. “Una smart city es aquella que incluye la definición de la utilización intensiva de las tecnologías, pero que se concibe como un instrumento de los objetivos básicos de cualquier urbe en el mundo que es intentar ser un espacio donde sus ciudadanos puedan conseguir los bienes materiales y valores como la libertad en un marco de desarrollo”, asegura Hereu, que de 2006 a 2011 estuvo al frente de la ciudad que es considerada como la segunda más inteligente de España.

En una región como América Latina, donde hasta 2012 todavía 22 millones de personas carecían de acceso a la electricidad, según los Indicadores del Desarrollo Mundial, los primeros obstáculos a sortear para que haya cada vez más ‘smart cities’ son la falta de proyectos políticos de mediano y largo plazo y de planificación: “En general, hubo poca planificación y la que ha habido no se cumplió, que es peor”, señala el actual presidente de IdenCity, una consultora especializada en desarrollar proyectos de ciudad.

Esta falta de planificación, aunada a la brecha digital de la región y la ausencia de estrategias de digitalización son los retos a vencer de las ciudades latinoamericanas, coincide Sergio Arredondo, director general de la Escuela de Gobierno Municipal, un organismo creado en México con el objetivo de profesionalizar el servicio público municipal. “Construir una ciudad inteligente es el resultado de un plan de gran visión y la implementación de la arquitectura necesaria para que funcione requiere de la suma de esfuerzo de actores gubernamentales, sociedad civil organizada y de la iniciativa privada, y esto solamente es posible si se dan las condiciones que den certidumbre que es un proyecto al que se le dará continuidad sin importar los cambios políticos”.
Las urbes latinoamericanas que aparecen primero en los rankings de ‘smart cities’ son megaciudades de más de 10 millones de habitantes, y aunque para el exalcalde de Barcelona las grandes manchas urbanas son “la antítesis de la smart city”, cree que con la tecnología se puede mejorar la eficiencia de sistemas que estructuralmente no son muy inteligentes. “Con la tecnología seguro que podemos mejorar la movilidad de una ciudad, pero desde el desastre. Me parece mucho más smart planificar qué estructura urbana daremos, qué densidades, qué tipo de mancha urbana vamos a generar para que la constitución urbana de una ciudad ya tenga la base de muchos beneficios. De manera que no tengamos que utilizar la tecnología para arreglar males que son más profundos”.

¿Qué necesitan las ciudades latinoamericanas para volverse inteligentes?

No existe una poción o varita mágica para volver inteligentes a las urbes, dice Jordi Hereu, pero se puede hablar de algunos ejes rectores que las pongan en el camino correcto:

1. Voluntad colectiva: “De querer ser mejor y de que la transformación es posible. Esto significa que las ciudades son protagonistas de nuestras historias y no escenarios de todos los males del mundo”.

2. Exigencia de la buena política: “Es derivado del primero y lleva al buen gobierno. Gobiernos no corruptos. Esto te lleva a un tema de planificar bien el territorio, que significa que si definimos que aquí habrá un espacio público —una zona verde, una calle, un equipamiento— que esto pasará y el mercado se adaptará a lo que determine la voluntad política, no al revés”.

3. Diálogo, colaboración público-privada: “Creo en la planificación urbana con poder, no teoría que después no se hace. La seguridad no la lograrás metiendo camaritas solamente, tienes que generar las condiciones urbanas y sociales para que sean fuente de la misma, no el escenario de la inseguridad”.

4. Estrategias de mediano y largo plazo: “Esto, muchas veces, va contra el esquema legal, institucional y político de las ciudades donde, en muchos países, no hay reelección. Los que mandan están muy poco tiempo entre que entran y se van, esto va en contra del pensamiento estratégico de las ciudades. No debemos intentar reinventar las ciudades cada tres o cuatro años. Sólo el tiempo te da un proceso de transformación”.

5. Inversión en tecnología: “No estoy en contra de la tecnología, si una cámara es útil en una calle y va como disuasión. Pero pensar que la solución está en la cámara para dejar de hacer el resto de deberes, esto es lo que diría que no. El smart es tener una estrategia y además utilizar cámaras”.