Efecto Bolsonaro, se apagó la alegría en el país de la samba

Foto: Tjeerd Royaards / Rebelión

 

José F. Cornejo / Alainet

El triunfo incontestable del exparacaidista y ultra derechista Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil, el domingo 28, desata una ola de profunda conmoción e inquietud en el país y a escala internacional. Todavía nos cuesta mucho entender cómo el país de la samba, el jogo bonito y el carnaval puede haber plebiscitado como presidente a un político dictatorial como Bolsonaro, que representa las antípodas de las imágenes que tenemos de Brasil. Queda pendiente una labor de investigación para conocer mejor este “lado oscuro” que nos muestra hoy la sociedad brasileña y que se camuflaba agazapado detrás de la postal del “maravilloso país tropical”.

En su primer discurso, luego de ser proclamado presidente, Bolsonaro se esmeró en resaltar su apego a la Constitución, la democracia y las instituciones brasileñas. Palabras que se las llevará el viento, ya que muy difícilmente pueden  anular su conducta política durante 27 años como diputado federal en la que se presentó como el ardiente defensor de la dictadura militar instaurada en 1964. A las muchas proclamas autoritarias y marciales que la prensa nos mostró para intentar describir a este oscuro personaje, me gustaría solamente añadir sus declaraciones hechas el 25 de julio de 1993 al periodista James Brook, del New York Times, en la que Bolsonaro se declara un ferviente  admirador de Alberto Fujimori por su decisión de haber clausurado el Congreso peruano con el auto-golpe de 1992, y señalaba que “la fujimorización es la salida para Brasil”.

Hay que entender muy bien que junto con los sectores evangélicos, y los del agronegocio, la columna vertebral del bolsonarismo son los militares. Con el triunfo de Bolsonaro se instaura en Brasil una mascarada de democracia cívico-militar. ¿Cuáles son los previsibles impactos para la región con el increíble ascenso de Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil? Rápidamente podemos vislumbrar lo siguiente.

Sometimiento de América Latina

Henry Kissinger no se equivocaba cuando afirmó “hacia donde se incline Brasil se inclinará Latinoamérica”. Por su masa continental, su población y su peso comercial de octava economía mundial, recuperar al gigante suramericano al redil de países alineados con los EEUU fue el objetivo principal de toda esta ola de “guerras híbridas” para deshacerse de los gobiernos progresistas y de izquierda que hemos tenido en la región. Con la caída de Brasil se pone punto final a los intentos de articular un bloque soberano de países latinoamericanos capaces de participar con protagonismo en el rediseño de un mundo multipolar en gestación. A diferencia de los militares golpistas de 1964, que defendían posiciones nacionalistas y proteccionistas, los asesores militares de Bolsonaro son neoliberales, al estilo de Pinochet, y defienden un rol subordinado de Brasil bajo el paraguas del liderazgo americano. Bolsonaro manifestó públicamente su admiración por Trump y por los EEUU. Fue uno de los pocos parlamentarios brasileños que se opuso a la moción de condena a las operaciones de espionaje que realizaron los servicios secretos americanos sobre la presidenta Dilma y Petrobras. En su viaje a EEUU, Bolsonaro fue recibido por el senador Marco Rubio, uno de los cercanos consejeros para la política exterior latinoamericana del presidente Trump, y conocido por sus posiciones agresivas y belicosas en contra de los gobiernos progresistas de la región.

Con este alineamiento, Brasil buscará posicionarse como el gendarme regional de los EEUU en América del Sur, una vuelta al subimperialismo de los años 60. No descartaría que Brasil siga los pasos de Colombia y solicite su incorporación como socio de la OTAN.

Hay que estar alertas sobre si se concretizan las bravuconadas de una intervención militar en Venezuela, proferidas por el hijo de Bolsonaro durante su campaña electoral. Es previsible que siguiendo a pie a juntillas la política de Washington, Brasil jugará un rol más activo en las campañas de desestabilización en contra de Venezuela y Bolivia en un futuro cercano. 

En el plano comercial, su virtual ministro de economía, el ultra liberal Chicago Boy Paulo Guedes, ya manifestó su desinterés por el Mercosur, al que calificó como “regionalismo ideológico”, y su disposición por iniciar una agresiva política de privatizaciones de las empresas públicas brasileñas que han despertado el entusiasmo de Wall Street. En su línea de mira está firmar un TLC con EEUU que culminaría la subordinación de la economía brasileña a la economía americana.

El fortalecimiento del eje Brasil-Chile

En la disputa geopolítica regional, entre Chile y Perú, sobre cuál será el nodo de articulación de las relaciones comerciales de América del Sur con el nuevo centro de la economía mundial en Asia, la elección de Bolsonaro inclina la balanza a favor de Chile. Desde a unos 20 años está en disputa si Ilo en el Perú o Arica o Iquique en Chile serán el nodo portuario para el inmenso comercio que se abre con los países del pacífico asiático. Durante los gobierno de Lula y Dilma, la apuesta era por un eje articulador Brasil-Perú vía Ilo. 

Uno de los primeros en saludar el triunfo de Bolsonaro en la primera vuelta fue el presidente Piñera, que cautelando las declaraciones homofóbicas y xenófobas del candidato brasileño, elogió su política económica. Seguidamente, envió a dos parlamentarios de la UDI a visitar a Bolsonaro, quienes se tomaron una foto con él, teniendo en sus manos una foto del puerto de Arica. El mensaje era bastante claro.

Luego del triunfo en La Haya, el objetivo de Chile es bloquear la iniciativa de Bolivia de dirigir su pujante capacidad exportadora al Asia vía el puerto de Ilo, manejando la carta del puerto de Arica con la intención de que Bolivia abandone definitivamente sus reclamos a una salida al mar. 

Nos espera sobrellevar una larga noche para conseguir que regrese la alegría.