Adiós al neoliberalismo

 

Ángel Guerra Cabrera

La toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) como presidente ha confirmado la telúrica voluntad de cambio de régimen expresada el 1 de julio por más de 30 millones de mexicanos. La desbordante manifestación popular en la capital y otras ciudades, las lágrimas de emoción de muchas personas. Los valientes y sustantivos discursos de AMLO en el Congreso y en el Zócalo, muchas de las promesas de campaña ya convertidas en leyes. No hay duda de que México se adentra en el cuarto eslabón de su trayectoria de enormes cambios políticos y sociales, iniciada por Hidalgo y Morelos, continuada por Juárez, los Flores Magón, Madero y Carranza, Zapata, Villa y el general Lázaro Cárdenas.

Desde su elección, AMLO aprovechó los cinco meses transcurridos hasta ser investido presidente para perfilar su futuro gabinete y avanzar en su plan de gobierno apoyado en la mayoría legislativa conseguida por Morena y sus aliados de la coalición Juntos Haremos Historia. 

Destacan por su simbolismo la creación de la Comisión de la Verdad sobre Ayotzinapa, horrendo crimen impune de desaparición de 43 jóvenes estudiantes, y la desaparición del cuerpo de granaderos de la capital.

Resalta la presencia de una importante representación de jefes de Estado latinoamericanos en la instalación de AMLO, incluyendo entre ellos a los presidentes Miguel Díaz-Canel, de Cuba; Evo Morales, de Bolivia, y Nicolás Maduro, de Venezuela. Éste, a contrapelo de grandes presiones de la derecha y de las bocinas mediáticas. Al presentar al primero, AMLO mencionó a la “hermana” Cuba, y lo sentó a su lado en la comida. México, aseguró, no dejará de pensar en Simón Bolívar ni en José Martí, quienes junto con Benito Juárez nos siguen guiando.