Luis Reyes Mercado, testigo de las masacres mineras

 

Luis Oporto Ordóñez (Historiador y docente) - Carla Rueda Colque (Universitaria e investigadora)

Nació en Siglo XX, el 25 de agosto de 1934. Asistió a la escuela Jaime Mendoza de Llallagua. Solía acompañar a su padre en las manifestaciones de protesta contra la Empresa Minera Catavi, dependiente de la Patiño Mines. El 21 de diciembre de 1942, su padre lo llevó sin percatarse de que ese día se suscitaría una masacre: “Desde Siglo XX nos trasladamos a la pampa María Barzola y llegamos al lugar vivando”. Su testimonio es revelador pues días previos el campamento fue ocupado por el Ejército, ante la declaratoria de huelga de los trabajadores. Las amas de casa no podían salir a comprar víveres en el abasto. Antes de la masacre se había suscitado una sangrienta represión en Catavi: “Un compañero gritó: ‘aquí tengo la bandera, iremos directamente a la gerencia; estamos pidiendo la libertad de nuestros compañeros, como también el aumento de salarios’”. En la escuela Germán Busch estaba el Ejército: “El compañero Salinas fue el primero que recibió un balazo en ese momento y la gente se alteró, y las señoras empezaron a gritar. Hubo más disparos de ametralladoras, cayeron muchas personas y todos se dispersaron. Estos disparos se escucharon en Siglo XX, entonces los compañeros dijeron: ‘no podemos permitir que masacren a nuestros compañeros de Catavi, llamaremos a las demás secciones’. Y así fue, se reunieron y en masa se trasladan a la pampa María Barzola, y yo agarrado de mi padre”. La masacre de 1942 traumó al niño. Su madre lo llevó a la iglesia de Llallagua, ante el padre Luis Buitrago. De esa manera se convirtió en monaguillo-sacristán. Conoció a los oblatos Lino Grenier, cura anticomunista: “Ha construido la iglesia, ha creado la emisora Pío XII”, y Mauricio Lefebvre (asesinado en La Paz durante el golpe de Estado de Banzer Suárez, el 21 de agosto de 1971), quien percibió la vocación religiosa de Reyes y empezó su adoctrinamiento sobre la defensa de los derechos humanos. “Gracias, diría, a los padres se me ha despejado un poco, ya no tenía esas pesadillas. Por eso escribí La pesadilla de un milico” (Su testimonio de los hechos ocurridos en el distrito minero hasta 1942 fue grabado por radio Pío XII, que lo difundió en formato de una novela de 20 capítulos).

Su padre le relató la historia del primer sindicato de trabajadores mineros de Siglo XX, que funcionaba en la Plaza del Minero: “Ahí arribita había tres viviendas nada más, ahí funcionaba”. Es un documentalista nato: “A veces, como mi padre me contaba, en un papelito me guardaba esa información”. Con base en esas anotaciones afirma que el Gobierno mandó a apresar a varios dirigentes: “Los trabajadores tomaron a dos gringos y al jefe de campamento de la Empresa Minera Catavi. Era quien conocía dónde vivían los dirigentes, era uno de los verdugos. ‘Si no devuelven a nuestros compañeros sanos, les vamos a liquidar a los gringos’, y con más le liquidaron a uno, y el resultado es que le ha enfurecido al Gobierno, una serie de tres o cuatro regimientos han mandado, totalmente le aplanaron el sindicatito”.

El padre M. Lefebvre lo llevó a La Paz. En el ínterin su padre murió con mal de mina y su madre cayó enferma: “Me la llevé, y la tuve que internar en el Hospital General”. En esa ciudad presenció la extremaunción del dirigente Óscar Únzaga de la Vega: “Estaba botado, bien limpiecito y tuve que ponerle la unción que corresponde”. A sus 23 años un incidente sentimental hizo que dejara la congregación: “Me lo tuve que llevar a mi madre de retorno y logré trabajar en la Empresa Minera Catavi”. Su primera labor fue de adobero: “No importaba, era costoso ingresar a la empresa”.

Relata la masacre de Sora Sora, en la que perdió la vida el secretario de milicias mineras Octavio Torrico, lo que motivó la intervención de las milicias  —en las que participó—contra el comando campesino de Wilge Nery, en Irupata, Uncía, donde el cacique perdió la vida. Fue militante del Partido Comunista de Bolivia, luego de un período de prueba en el que difundía Unidad, periódico del Partido Comunista de Bolivia. Uno de sus mentores fue Federico Escóbar. En 1965 fue elegido delegado seccional, hecho que provocó su exilio en Rawson (Argentina).

Escapó con dos compañeros a Buenos Aires, de allí a Villazón y Oruro, haciéndose pasar por universitarios. De retorno a Llallagua vio que los trabajadores incendiaron el cuartel de la Policía; fue apresado por delación de un agente y enviado a “un campo de concentración, prácticamente rodeado por el Ejército”. Luego se reincorporó a la mina, sección Beza (Azul); fue elegido secretario de Cultura de la Federación, que lo nombró director general de las emisoras 21 de Diciembre y La Voz del Minero, trinchera de combate donde escribió editoriales y difundió sus obras contra el militarismo: “Esto les hacía rascar a los militares y me buscaron, siempre estuve en la clandestinidad. Decían: ‘A este carajo hay que matarle, el capitán Juanco me buscaba’”. Un coronel ‘Nollan’ lo golpeó con violencia en el oído y ordenó su residenciamiento en La Paz. Allí se involucró con la ONG Justicia y Paz de Derechos Humanos. Asumiendo esa representación volvió de forma clandestina a Siglo XX, con la misión de organizar asociaciones regionales, convocando a ampliados y congresos en Cochabamba, La Paz y Oruro.

Fue secretario de Cultura de Cirilo Jiménez (‘El T’aracu’), miembro del Partido Obrero Revolucionario, participando en las gestiones de creación de la Universidad Obrera Siglo XX, durante el gobierno del general J. J. Torres (1970-1971). Afirma que “la UNSXX es producto del trabajo de los secretarios de Cultura, liderados por el compañero Liber Forti, secretario de Cultura de la Federación” (El 1 de agosto de 1985, Cirilo Jiménez gestiona la firma del Decreto 20979, por el doctor Hernán Siles, elevado a rango de Ley 2937 el 15 de diciembre de 2004.)

Participó en la organización de la huelga de hambre de cuatro mujeres mineras: “Antes del 25 de diciembre, Domitila Chungara no estaba perseguida y dijimos: ‘esta señora que sea la presidenta’, y hemos salido públicamente y dijimos: ‘la señora Domitila es la presidenta de Derechos Humanos de Llallagua’. De ese modo le dimos una tarea y que se traslade a La Paz”.

Domitila instaló el histórico piquete de huelga en el periódico Presencia. Luis Reyes y su grupo lo hicieron en la iglesia María Auxiliadora. Luego de 20 días los piquetes fueron intervenidos violentamente, excepto el de María Auxiliadora, porque el “curita tenía directo contacto con el Ministerio del Interior. Vinieron dos curitas con sus movilidades, ‘vámonos a El Tejar, del cementerio más arriba’. El padre Julio Tumiri, el doctor Luis A. Siles y un tal Ribera, creo que era, nos pidieron levantar la huelga afirmando que se logró una apertura en el diálogo”.

Luego de la relocalización participó en el Comité de Vigilancia de la Cooperativa Multiactiva y fue dirigente de la OTB de Colcapirhua, municipio de Quillacollo, Cochabamba.