Eugenia, lo mejor de 2018

 

Claudio Sánchez/Crítico e investigador

Para cuando Eugenia llegó a la pantalla grande en Bolivia, la película ya había tenido un interesante paso por festivales internacionales. El filme de Martín Boulocq asomaba como una estrella del alba en este siempre nuevo amanecer del cine nacional. El nuevo largometraje del cineasta cochabambino llegó a la cartelera comercial el 19 de abril de 2018.

Si cada cinta fuera un nuevo día y se pudiera ver en función de la luz de sus propias horas, entonces habría siempre algo más que queda por ser descubierto/encubierto. Eugenia es una de esas propuestas que “siempre” dice “algo más”. Su dimensión no es, en ningún caso, única; sino que más bien —­­como las grandes obras de arte— brinda siempre nuevas respuestas a preguntas que interpelan a la sociedad y al individuo.

Boulocq ha conseguido llevar a la pantalla grande el retrato de la clase media urbana del Proceso de Cambio. He ahí el mayor logro del filme. Con particular sensibilidad social y una mirada reflexiva sobre su propio entorno, el artista ha conseguido crear el espejo que devuelve la imagen más incómoda que se haya hecho hasta ahora sobre este estrato social, que dentro de los fenómenos culturales queda relegado a un lugar de privilegio por su pasado, enfrentando a un grupo que en su ascenso veloz está desposeído de cierta memoria sociopolítica asociada con el pasado de los períodos dictatoriales.

Eugenia de Boulocq es uno de los ejercicios más importantes de reflexión sobre el país desde un personaje único. La posibilidad de pensar a la protagonista como una analogía de la propia Bolivia que se hace a la luz del “Proceso de Cambio” permite entender una época que está condicionada por la nostalgia de lo que fue la lucha por la democracia, y lo que esto ha significado como un valor asignado a una generación que reniega frente a lo que sucede sin que ellos sean los protagonistas. Ahí está Eugenia, ella es la figura que tiene siempre encima el Estado patriarcal —aquel que exige ser reconocido sin haber sido parte de los nuevos tiempos— y es en su incomodidad donde radica el gran valor de su propia existencia.

En la cinta, Eugenia está en un momento de transformación; ella quiere dejar atrás un pasado, pero no sabe qué viene adelante. En este ejercicio es cuando enfrenta a su mundo inmediato, este lugar pequeño-burgués, aquel que parece inalterable y, además, protegido por aquella condición de ser heredera de una “lucha”, consecuencia de lo que pudo haber sido la defensa de la democracia. Eugenia es Bolivia. Eugenia se encuentra en un tiempo (que queda registrado por la forma en la que se filma la película, cuando en Cochabamba se desarrollan las elecciones del referendo) en el que la dinámica política es efervescente y cuando lo que sucede en el fuera de campo es el propio latido de lo que ocurre como una cuestión escenográfica. El cambio está en lo profundo de Eugenia; no se trata de lo que está afuera, es un momento en el que todo lo que acompaña ayuda a que el personaje crezca, independientemente de lo que sucede en el contexto y también como consecuencia de éste. En esta particular dicotomía.

Boulocq consigue hacer el retrato de la clase media acomodada de Bolivia, y esto es un paso adelante en la creación de un nuevo imaginario; es ver desde un lugar propio el entorno más inmediato y, desde ahí, hacer el discurso más comprometido con su tiempo que se podía haber hecho. Eugenia es la mejor película de 2018 y puede inscribir con letras mayúsculas su nombre en la lista de las 10 mejores cintas de los últimos 20 años.