Osvaldo Bayer: adiós a un hombre libre

 

Por Alejo Brignole/Edición impresa    

A principios del siglo XIX, el coronel prusiano Friedrich Rauch —al servicio del Gobierno argentino— escribió un informe sobre sus acciones en la frontera que separaba lo conquistado de lo aún sin conquistar. “Hoy, 18 de enero de 1828, —anotó— para ahorrar balas degollamos a 27 (indios) ranqueles”.

Como fue trágicamente habitual en nuestra América, la memoria del coronel Rauch hoy goza de monumentos, de toponimias en calles y avenidas. Hasta un pueblo fue fundado con su nombre en la campaña bonaerense, en esa antigua frontera, escenario de sus cobardes masacres.

Medio siglo más tarde, el presidente y militar Julio Argentino Roca completaría el genocidio indígena arrasando definitivamente las comunidades mapuches, ranqueles, pampas y tehuelches. Y lo que la historiografía oficial denominó heroicamente como Campaña del Desierto, fueron apenas incursiones mercenarias con uniformes del Estado a cuenta de los terratenientes amigos del poder que buscaban expandir hasta el infinito sus latifundios en un país de enormes dimensiones, como Argentina. No hubo allí gloriosas cargas militares ni batallones dispuestos morir. Entre 1878 y 1884, aquellas infames campañas se limitaban a tomar por asalto las tolderías indias y masacrar a sus pobladores. Antes de la noche y al amanecer eran las horas predilectas de los genocidas. En los momentos crepusculares del día, las comunidades originarias estaban más indefensas. De todos modos, poca chance tenían armadas con lanzas frente a una caballería numerosa y provista de fusiles Remington de fabricación estadounidense. Y tal como el genocida Friedrich Rauch había escrito en 1828, muchas veces ni hacía falta gastar pólvora. Los lactantes y sus madres —intolerables obstáculos para la modernidad capitalista— eran degollados a golpe de sable o atravesados por bayonetas sin gran esfuerzo y —por supuesto— sin ninguna misericordia. Civilización o barbarie era la consigna de las clases ilustradas argentinas. Entonces, los civilizados procedían a la carnicería que les dictaba su enfermiza idea del progreso.

Igual que en otras trágicas latitudes, la nación Argentina se fundó en esa sangre inocente que permitió expandir las fronteras para que unas oligarquías despiadadas pudiesen explotar para sí las riquezas del suelo. Si ayer masacraban indios, hoy lo hacen de idéntica manera con los pobres, los activistas y los silenciados del sistema.

Sin embargo, y a pesar de esa narrativa oficial que esculpe en bronce a los asesinos y borra de la memoria colectiva los padecimientos de los pueblos originarios, siempre han surgidos pensadores y creadores dispuestos a rescatarla. Intelectuales, artistas, escritores y cineastas que indagaron entre las sombras siempre incompletas del poder. Hombres de ideas libres empecinados en hurgar en los sótanos de la historia para devolver la luz —y casi siempre el horror— al patrimonio intangible de una nación.

De esta bella y justa raza fue Osvaldo Bayer (1927-2018), un viejo “anarquista y pacifista a ultranza”, como él mismo se definía, que hizo de su vida un combate de ideas y de libros escritos para rescatar esa memoria sumergida por los vencedores.

Osvaldo Bayer fue, a su manera, un romántico que no dudó en abandonarse a los desastres que el mundo les reserva a los que dicen la verdad. No temió a las dictaduras, ni al ostracismo, ni a las burlas de las mayorías colonizadas, hijas y valedoras del relato único.

Una hermosa anécdota nos aproxima a la naturaleza rebelde de este intelectual comprometido con un humanismo sin concesiones. Fue en 1963, a sus 35 años, cuando dio una conferencia sobre historia en el pueblo de Rauch (aquella localidad bautizada en honor al degollador de indígenas). En su ponencia, siempre políticamente incorrecta, siempre humanista y sin dudas subversiva, propuso efectuar un plebiscito para cambiar el nombre del pueblo y rebautizarlo como Arbolito, que era el nombre del cacique indio que le dio merecida muerte —por degüello— a Friedrich Rauch en una batalla de 1829.

Karl Marx siempre advertía que “la verdad engendra odio”. Osvaldo Bayer lo pudo comprobar cuando se quedó solo en aquella sala cuyos asistentes se fueron retirando escandalizados ante semejante afrenta al patrono genocida de la localidad. Colonialismo cultural que le dicen.

Y como una constatación de que los dueños del poder permanecen y mutan a través de los siglos, Bayer fue arrestado en Buenos Aires tras la disertación. La orden vino de Juan Enrique Rauch, el bisnieto del carnicero que a la sazón era Ministro de Interior del dictador José María Guido, que por entonces gobernaba en Argentina.

Pero el anarquista Bayer era ya un rebelde curtido en eso de bogar contra del sistema, a contracorriente de la historia y de los valores burgueses. Cuando a sus 18 años fue reclutado al servicio militar se declaró objetor de conciencia y se negó a cumplir con una obligación que consideraba inmoral. Dispuesto a pagar el precio de sus convicciones, fue destinado a realizar tareas humillantes de servidumbre y maestranza durante un año y medio.

Luego de esa pequeña batalla personal y a partir de 1952 estudió Historia en la Universidad de Hamburgo, en Alemania, de donde provenía su familia. Ya entregado de lleno a la labor intelectual, Osvaldo Bayer legó a la cultura latinoamericana una decena de libros, entre ensayos, novelas y guiones cinematográficos, más una voluminosa obra periodística plena de reflexiones y valientes denuncias. Su obra de no-ficción en cuatro tomos, Los vengadores de la Patagonia trágica, es hoy un clásico de la literatura social en todo el continente. De ella se hizo una aclamado filme, La Patagonia Rebelde, cuyo guión contó con la colaboración del propio Bayer y en el que se narra la matanza y la persecución del anarco-sindicalismo de aquella época en el mundo de los trabajadores rurales, brutalmente oprimidos por los latifundistas.

Bayer fue eso: un desenterrador de verdades dormidas, sepultadas bajo toneladas de tierra ensangrentada y páginas de papel con el relato apócrifo de los vencedores. Un hombre que hasta sus 91 años iba a las marchas y protestas —en silla de ruedas si era preciso—  y que a pesar de conocer el exilio, la marginalidad académica y las amenazas de muerte, jamás dejó de escribir y denunciar en favor de las víctimas del sistema. Nos obsequió páginas imprescindibles para entender nuestro pasado y fue también un modelo existencial de enorme valor ejemplificador.

En una entrevista años atrás, Osvaldo Bayer señaló: “Me he propuesto no tener piedad con los despiadados. Mi falta de piedad con los asesinos, con los verdugos que actúan desde el poder, se reduce a descubrirlos, dejarlos desnudos ante la historia y la sociedad y reivindicar de alguna manera a los de abajo, a los que en todas las épocas salieron a la calle a dar sus gritos de protesta y fueron masacrados, tratados como delincuentes, torturados, robados, tirados en alguna fosa común”.

Un día Bayer contó cómo aplaudió frente a la tumba de su abuelo alemán, un viejo luchador anarquista como él. Lo hizo sin testigos, en la soledad de ese cementerio europeo para rendir tributo a ese abuelo combativo que fue su ejemplo de vida. Por eso hoy desde Bolivia, compañero Osvaldo Bayer, te aplaudimos a ti porque fuiste martillo cultural de los opresores y portavoz de la justicia callada que a los pueblos siempre les es negada. Adiós y gracias, maravilloso hacedor de otro mundo posible.