El racismo como arma política

 

Un diputado brasileño, Rodrigo Amorim, anclado en los siglos XVIII y XIX, cuando a pocos se les reconocía su condición de seres humanos, sostuvo hace pocos días: “A quien le gusta el indio, que vaya a Bolivia, que, además de ser comunista, sigue presidida por un indio”. Más claro, difícil.

Las reacciones de indignación no se dejaron esperar. Las palabras ofensivas del legislador de las filas del partido del mandatario Jair Bolsonaro han merecido un rechazo categórico del gobierno del presidente Evo Morales y de los movimientos sociales bolivianos. 

Un recorrido general al carácter de la campaña electoral de quien resultó ganador en segunda vuelta en el vecino país expone, en demasía, la naturaleza de ese gobierno y de sus actores políticos, tanto en lo referente a su política interna como a su política exterior. Es un gobierno de ideología extremadamente conservadora que califica de “enemigos” a las posiciones de izquierda e incluso a sectores democráticos, y que rechaza los postulados que cualquier democracia del mundo debería defender,  así sea sólo como enunciado, como es el de la plena igualdad ante la ley, sin que medien consideraciones de raza, color de la piel y opción sexual. 

Pero no es Brasil ni la política que llevará adelante lo que pretendemos analizar. Lo que llama la atención es la doble moral de la oposición boliviana ante hechos de esa naturaleza. Los principales referentes de la derecha boliviana (Carlos Mesa, Samuel Doria Medina, Jorge Quiroga y Víctor Hugo Cárdenas) saludaron con marcado optimismo el triunfo de Bolsonaro, a quien le encontraron atributos de defensor de la democracia y de libertador de América Latina. Particular importancia tienen las palabras de Víctor Hugo Cárdenas, quien a través de su cuenta en Twitter sostuvo: “El pueblo brasileño dictaminó: ¡Bolsonaro Pdte! Mis respetos a su sabiduría, a su lucidez democrática, a su institucionalidad judicial y a su capacidad de resolver problemas mediante su voto libre e informado. ¡Dios bendiga a Brasil y a su nuevo gobierno!”.

La empatía de los opositores bolivianos con el Jefe de Estado brasileño y con diputados como Amorim no es gratuita ni accidental. Y aunque no lo digan explícitamente, porque los efectos políticos les serían adversos, tampoco existe una distancia entre lo que dijo ese diputado y lo que piensa la inmensa mayoría de la derecha boliviana. Y ése es el tema de fondo que hay que desenmascarar. 

La oposición boliviana es racista por naturaleza. Lo es históricamente. El viejo Estado respiraba por sus poros discriminación ante todo lo que oliera y simbolizara lo indio, más aún si lo indígena representaba una amenaza a su control material y simbólico del poder. Desde la invasión colonial, pasando luego por conservadores, liberales, nacionalistas y neoliberales, se pusieron en práctica políticas orientadas a garantizar el “blanqueamiento” del poder y los privilegios para una minoría, por un lado, y de cerrarle las puertas de acceso real a la inmensa mayoría indígena campesina, obrera y popular.

Todo eso empezó a cambiar al cabo de 181 años de caricatura republicana. La llegada a la presidencia de Evo Morales y junto a él de los hombres y mujeres de la Bolivia profunda, fue un malísimo hecho político para el viejo bloque de poder, capitalista y señorial. Después de cinco siglos de resistencia anticolonial y de casi dos siglos de república para una minoría privilegiada, las mayorías nacionales abrieron con su lucha las puertas cerradas, instalaron un gobierno del pueblo y han venido construyendo el país para todos, con crecimiento económico, justicia y equidad social, y con plena soberanía nacional.

Contra eso es lo que se moviliza la oposición: contra los indios en el poder. Su rechazo a Evo Morales es su desprecio a la presencia del indio en todos los campos de la realidad. No hay que engañarse. Ahí hablan el mismo idioma Amorim y la oposición boliviana.