Bolsonaro, ¿una amenaza?

 

Víctor Alonzo Gutiérrez Flores

La asunción al gobierno de Brasil por parte de Jair Bolsonaro marca una enorme interrogante para América Latina en particular, dado que durante la campaña electoral lanzó una serie de “ofrecimientos electorales” que en caso de verdaderamente cumplirse y/o materializarse efectivamente, traerían sin duda alguna tiempos de incertidumbre no sólo para el hermano pueblo de Brasil, sino también para los países vecinos en general. Y es que de manera muy abierta Bolsonaro propone al mundo una vuelta al viejo conservadurismo en casi todos los horizontes de la vida social, una vuelta al pasado, una reedición de viejas visiones que durante décadas sirvieron de paraguas para el sometimiento de los pueblos del mundo, para el ejercicio y práctica de una abierta injusticia social, así como dicho discurso político sirvió para la abierta injerencia e intromisión en asuntos internos de los Estados del mundo.

A menos de 10 días de ejercicio de la presidencia de Brasil, Bolsonaro ya ha emitido varios “pronunciamientos”, casi todos ellos orientados a transgredir la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pronunciamientos que comienzan a preocupar a la sociedad civil brasileña en primer término y que estamos seguros de que motivarán a mediano plazo su rearticulación para enfrentar las nuevas agresiones que se planean desde el Ejecutivo en Brasil. Pero las “advertencias” no sólo se profirieron en contra de las grandes masas brasileñas, sino que también  llegaron mucho más lejos, más allá de sus propias fronteras, amenazas que por cierto ponen en peligro la paz regional. 

Antes de que jurara al cargo, abrigábamos la esperanza de que sus planteamientos iban a disiparse una vez él se encuentre en el gobierno, y que la sensatez primaría en su accionar.  

Pero para pesar nuestro las primeras señales que ya emitió son nada más que una confirmación de las muchas cosas que ya dijo en campaña electoral, razón suficiente para que los latinoamericanos encendamos la alarma y comencemos a forjar una estrategia para enfrentar la regresión, que así como van las cosas cada vez más apuntan a pretender convertirse en un plan de aplicación en la región.

Esta afirmación que me permito lanzar tiene mucho asidero si miramos, por ejemplo, con algo de detenimiento el accionar de la llamada “oposición” en Bolivia; si lo hacemos nos encontraremos con que existe un accionar planificado desde afuera y ejecutado desde adentro por los eternos enemigos de la patria, aquellos que fueron derrotados en octubre de 2003 y que desde el “autoexilio dorado” pretenden dar un zarpazo en contra del pueblo boliviano, con la clara y abierta cooperación de sus agentes locales y la complicidad de varios que se esconden detrás de diversas siglas o razón social.

Dichas estas cosas hasta aquí, es que por tanto no debe sorprendernos ni extrañarnos para nada el pronunciamiento de un diputado brasileño que raya con el racismo.

Razones suficientes todas éstas y que las esgrimimos y que deben servirnos como verdadero acicate para salir en defensa del Proceso de Cambio. Sólo la unidad del pueblo boliviano podrá hacernos vencedores frente a la antipatria, a la antinación que hoy aparece diseminada en la mayoría de las plataformas ciudadanas, así como en las demás esmirriadas candidaturas que se plantean como “adversarias” al Proceso de Cambio como tal.